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La fotógrafa Ruth Matilda Anderson

Fotografía y emoción en la mirada de Ruth Matilda Anderson

El trabajo de la fotógrafa estadounidense para la Hispanic Society of America supone un auténtico y certero retrato de la sociedad española de la primera mitad del siglo XX

24.02.2019 00:00 h.
7 min

Cuando en el transcurso de su expedición a Galicia (1924-1925), la hispanista norteamericana Ruth Matilda Anderson (Nebraska, 1893-Nueva York, 1983) ponía por escrito sus reflexiones sobre la imagen fotográfica, revelaba una muy aguda y precursora concepción sobre el significado y posibilidades de este lenguaje fundamental de la cultura visual contemporánea, cuyo valor documental --más allá de su también indiscutible dimensión artística-- queda hoy fuera de toda duda. Preocupada por hallar el mejor modo de registrar la esencia de una escena --un fragmento de la realidad cuya comprensión requiere la “asociación” con otros-- para transmitir al observador una idea generadora de conocimiento, consideraba la fotografía una técnica precisa y compleja, aunque extraordinariamente dotada de vida y cualidades orgánicas, capaz de reflejar las condiciones y circunstancias en que fue realizada y portadora de significados no visibles y ocultos, tras la aparente materialidad de lo representado.

En este sentido, llegó a decir en otro de sus viajes por España que el “encanto” de la ciudad de Toro residía en las cosas “que se sienten más que en las que se pueden ver”. Defendía por ello el elevado potencial de la imagen fotográfica para transferir y suscitar emociones --de su hacedor y en sus receptores-- y supo vislumbrar los nutricios efectos de su uso instrumental en el proceso de crecimiento del árbol del saber. Una pionera noción de la fotografía como herramienta de investigación y construcción científica, que marcó las pautas de su ingente labor realizada durante más de setenta años para la Hispanic Society of America, particular y ejemplar travesía en la que, partiendo de su inicial formación como fotógrafa, llegó a realizar uno de los más relevantes y completos estudios etnográficos de su tiempo sobre los pueblos y regiones de España y Portugal.

Creada en 1904 por el filántropo e hispanófilo norteamericano Archer Milton Huntington (1870-1955), con el objeto de promover el estudio y conocimiento de la cultura hispánica en su país, la Hispanic Society of America alberga hoy en su sede de Nueva York la mejor colección y centro de investigación sobre arte y cultura española de EEUU, manteniendo un legado que sigue difundiendo los principios de su singular fundador. El sentido y trascendencia de la obra de Ruth M. Anderson no podría entenderse sin la perspectiva de su vinculación a esta entidad durante toda su trayectoria profesional. Iniciada en el estudio familiar junto a su padre, el fotógrafo Alfred Theodore Anderson (1865-1958), completó su formación graduándose en 1919 en la White School of Photography de Nueva York. Y dos años más tarde firmaba su primer contrato como fotógrafa con la Hispanic Society of America, permaneciendo en su plantilla de conservadoras e investigadoras hasta su jubilación e incluso trabajando después como empleada emérita. La ampliación, estudio y conservación del fondo fotográfico sobre cultura española de la fundación fue su principal cometido a lo largo de los años, llegando a realizar en función de ello diversas expediciones destinadas a investigar y documentar sobre el terreno los distintos temas objeto de su especialización --trajes, danzas, folklore, oficios y costumbres--, inspirada y guiada por la idílica y colorista imagen del país que pudo contemplar en los paneles de las regiones Eespañolas realizados por Joaquín Sorolla para Huntington (1911-1919), las descripciones de hispanistas viajeros como George Borrow o Richard Ford publicadas el siglo anterior y las particulares visiones literarias de escritoras, como la recreada por Concha Espina sobre el pueblo maragato o la Galicia de Emilia Pardo Bazán.

Concretamente llevó a cabo seis grandes periplos entre 1923 y 1949 --algunos de ellos de más de un año de duración-- y otros desplazamientos menores durante los años cincuenta y sesenta, que le llevaron a recorrer y conocer prácticamente todas las regiones españolas y algunas zonas de Portugal, Brasil y Norte de Marruecos. Las más de 15.000 fotografías realizadas en estos viajes sobre arte hispánico, tipos humanos, las labores en el campo y la pesca y otros aspectos etnográficos de los lugares visitados, la información recogida y los textos que posteriormente publicó (destacando su libro sobre el traje extremeño de 1951 y sus trabajos para sendas exposiciones organizadas sobre las danzas españolas y la fiesta de los toros) suponen un auténtico y certero retrato de la sociedad española de la primera mitad del siglo XX, en un momento en el que los primeros efectos de la industrialización comenzaban a transformar y amenazar sus tradiciones y formas de vida más ancestrales.

Ante un orden que anunciaba su desaparición, la mirada intuitiva y perspicaz de Ruth M. Anderson supo captar la riqueza de una España diversa y singular, con imágenes intemporales que fijaron para siempre la esencia poliédrica de sus lugares y sus gentes. Imágenes dotadas de una gran carga significativa y emocional, que registran con cuidada minuciosidad los aspectos cotidianos y festivos de los ciclos de la vida en buena parte del territorio peninsular: los quehaceres cotidianos, los recursos naturales, el paisaje, los trazados urbanos, los oficios, las creencias, las costumbres y las fiestas. Imágenes que suelen tener a la mujer como protagonista predilecta --siendo ellas también las informantes preferidas en sus trabajos de campo--, en tanto que puntales de las comunidades estudiadas y principales garantes del mantenimiento de sus tradiciones. Imágenes que exploran y traslucen los múltiples matices del universo femenino en los diversos territorios de su dominio (elaboración y venta del pan, la casa y la cocina, los trajes y los roles), tan inerte y opresivo en ocasiones, aunque tan llamativo y atrayente como el mundo que habitan los personajes de Concha Espina en La Esfinge Maragata.