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La Farga Casanova, referente de la siderurgia en Cataluña o 'le feu catalán' / ARCHIVO

La siderurgia o 'le feu catalán' (1)

Altos Hornos o el entronque Vilallonga-Ybarra; la Farga Casanova; Metales y Platería Ribera, y la herrería de los Girona el tiempo de la Rosa de Fuego

21.07.2019 00:00 h.
10 min

La búsqueda infructuosa de mineral de hierro en territorio catalán determinó la industrialización lenta de la primera mitad del XIX. El empresario Marià Vilallonga fue el pionero de la llamada edad de hierro, porque antes de darse por vencido fue capaz de encontrar las fuentes exteriores de suministro. Importando hierro a gran escala, los Vilallonga se entroncaron con los Ybarra, propietarios de las minas de Triano y Somorrostro en el País Vasco, a todas luces insuficientes. A medio camino entre el entusiasmo y la invención, los Vilallonga-Ybarra levantaron en el ochocientos las Fábricas de Hierro y Acero, génesis de los Altos Hornos de Vizcaya, la empresa que durante más de un siglo y medio ha sido la gran cabecera siderometalúrgica española (Reseña histórica, de Gil y Romo).

A tres años del fin de siglo, los restos mortales de Marià Vilallonga fueron trasladados al Asilo Vilallonga de Figueres, aunque su muerte se produjo en Barcelona, donde ocupaba el piso principal del número dos de Mayor de Gracia, un edificio modernista de Domènech i Montaner, en el que también establecieron su domicilio los Puiget y Fontana. En todo caso, es importante destacar que Vilallonga no fue exclusivamente un acerero sino que dejó en funcionamiento la Hidráulica del Freser, una de las primeras centrales eléctricas del Pirineo.

En el Ripollès, la tradición de las fraguas tenía un peso enorme a partir de la pervivencia de fundiciones históricas, cómo la Raguer y la Grau y Rotllan. El feu catalán, por decirlo con una expresión extendida entre los historiadores especializados en el XIX, se iba apagando por falta de mineral hasta que el industrial Ramon Casanova se convirtió en el propietario único de las pequeñas fundiciones, dedicadas a extraer hierro puro y fabricar herramientas para la agricultura. Bajo la denominación de Font y Compañía, la Farga de Ripoll se dio a conocer en Barcelona y fue premiada en la Expo Universal de 1888. Para entonces, su nombre mercantil era ya el de Farga Casanova en la localidad de Campdevànol. Damià Casanova i Costa y su hijo Ramon Casanova i Danés realizaron una viaje iniciático a Gran Bretaña para conocer la integración mineralógica y siderúrgica de la Revolución Industrial.

Al descubrir un mundo en funcionamiento que aceleraba el crecimiento económico, los Dalmau entendieron su cometido: dirigieron su target de clientes a la Hispano Suiza​ de los Mateu, los fabricantes de automóviles, que estaban dispuestos a sustituir sus importaciones por piezas autóctonas. Los Casanova y los Mateu fundaron en Ripoll la Hispano Suiza de las fraguas, que convertía en estampadores a los dueños del fuego catalán. Ya en el siglo XX, concretamente en1924, la compañía pasó a denominarse La Farga Casanova SA.

A partir de aquel momento, la trayectoria sería ascendente pero marcada por el aislamiento internacional de los años de autarquía. La producción de la Casanova tuvo como principales clientes a empresas como Torrers Herrería o Metales y Platería Ribera. La industria española llegó a los años 60 del pasado siglo convencida de que la integración y las economías de escala podían ofrece un lugar en el mercado exterior. Definieron así el inicio de la apertura de los mercados y encararon un momento eufórico y de futuro. El accionista de Metales y Platería, Andreu Ribera Rovira, lideró en 1967 la fusión entre la Cámara de Comercio y la de Industria de Barcelona. Levantaba el vuelo una nueva generación de emprendedores metalúrgicos y químicos que iban a relevar al sector textil, marcado por una caída que transformaría absolutamente la epidermis industrial del país. Las fargas del Freser tomaron la alternativa de las grandes colonias textiles del Cardoner y del Llobregat, las míticas colonias, Sedó, Güell o Rosal, entre otras, que iban cerrando sus explotaciones acuciadas por la producción masiva de los fabricantes asiáticos, con precios de dumping gracias al bajísimo coste de la mano de obra.

La economía catalana, hija del arancel de Juan Güell Ferrer (mítico presidente de Fomento del Trabajo), entraba en una reconversión a partir del eje metalúrgico y de las innovaciones del sector químico, seguidas por los laboratorios y por la creatividad de la llamada química fina (los perfumeros). La nueva Cámara de Comercio e Industria recuperaba su sede histórica, la Llotja de Mar, y al abordar la unión definitiva de ambas corporaciones se confirmaba el triunfo del librecambismo sobre los modelos proteccionistas del mundo textil. Pero los viejos hornos de fundición entraban en una fase de cambio de ciclo que se confirmaría mucho después, en la última década de la pasada centuria, con el crecimiento de los nuevos negocios, la Celsa de los Rubiralta o las empresas de estampaciones en frío que modificaron la finalidad y la tecnología de las herrerías modernas.

La más destacable de las herrerías del ochocientos fue la de la Mare de Déu del Remei, vinculada al núcleo familiar Girona, cuyo centro neurálgico, Manuel Girona i Agrafel, fundó el Banco de Barcelona, el Banco Hispano Colonial y empresas punteras en ultramar, cómo Tabacos de Filipinas o Material para Ferrocarriles y Construcciones. La explotación de los Girona se enclavó en Sant Martí de Provençals, el actual distrito Poble Nou/Villa Olímpica, como recogió en su momento el semanario La Unión, con una cita explicativa del llamado Manchester Catalán narrado con detalle en la enciclopedia Fábriques i empresaris (Enciclopèdia Catalana) de Francesc Cabana. Todavía en las antípodas del periodismo moderno, La Unión redondeó el anecdotario de los accionistas, únicos sujetos de la historia, como famoso almuerzo de celebración en la fonda Falcó de las Ramblas, el día de san Eloy, patrón de los metalúrgicos. Pero debajo del perfil aparentemente mundano de la edad de hierro, los hornos del acero eran testigos de una explosión social en ciernes.

El rico anecdotario de cruces entre la vida ciudadana, la economía y la cultura fue una fuente incesante en la plenitud de los Girona, especialmente en la etapa en la que Manuel Girona fue alcalde de Barcelona. Pero el mundo sindical acudió con plenitud a la misma cita histórica. En el Manchester, donde la fundición del Remei construyó los imponentes forjados del Mercado del Born y los componentes de los trenes de La Maquinista Terrestre y Marítima, se produjeron las grandes huelgas que marcaron la expansión del sindicalismo de clase, especialmente de la CNT. Las galerías siderometalúrgicas vivieron los tiempos convulsos de la Semana Trágica y la emergencia de Barcelona como la Rosa de Fuego, baluarte del anarquismo europeo.  

Los Girona, oriundos de Tàrrega, dominaron una gran propiedad rural en la Noguera, el Castell del Remei. Trasferida de los Girona a los Escubos y convertida hoy en cava por los Cusiné, la propiedad dio nombre a la fundición en el momento álgido de las herrerías. También originó una plegaria musicalizada por Lluís Millet, el fundador del Palau de la Música, abuelo de Fèlix, convicto de delitos de estafa y malversación en el entorno de Convergència Democràtica, el partido de Jordi Pujol.