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El expresidente de Cros Josep Valls Taberner / CASA LLOTJA

El sector químico catalán (4): Josep Valls Taberner

El nacimiento y expansión de Cros, desde Amadeu Cros i Nubiola hasta Valls Taberner, pasando por Eduard Maristany y Francesc Ripoll

07.04.2019 00:00 h.
10 min

La búsqueda de antecedentes en la industria química es un eterno retorno a la SA Cros. Especialmente, a la figura de Amadeu Cros i Nubiola, el trampolín de una saga de origen francés, que se negó a participar en la Exposición Universal de 1888 y al que sucedieron empresarios de distinto pelaje, como Eduard Maristany, Francesc Ripoll o Josep Valls Taberner. Este último pertenecía a la tercera generación de los dueños de la gran empresa algodonera Manufacturas Valls, engranada en la Colonia Palà Nou, sobre la ribera del río Cardener, entre Manresa y Solsona.

Los Valls fueron la quintaesencia del resurgir textil en el medio siglo; simbolizaron a la burguesía renacida tras la crisis de la Guerra y reinaron en años de estraperlo y pan negro. Su pedestal se hundió en el gran derrumbe de las colonias textiles, una civilización industrial salida de la Revolución del vapor. Junto a su hermano Domingo, Josep (Pepe) Valls Taberner regentó el negocio familiar, a partir del momento de la muerte del primogénito, Ferran, jurista e historiador, y padre de los conocidos financieros Lluís y Javier Valls Taberner, renombrados miembros del Opus que hicieron carrera en la cúpula del Banco Popular. Pepe Valls llegó a la presidencia de Cros por la notoriedad de sus lazos familiares en los años en que Barcelona vivía un renacimiento en blanco y negro. Era la metrópoli enemiga, salvada del caos por su ventana abierta al mar y por su relación cultural con las capitales del continente volcadas en la expectativa de la CE inspirada en Monnet, Schuman y De Gasperi, antecedente de la actual UE. En la Barcelona medio aislada, puenteada con Londres a través de científicos exiliados, como Josep Trueta, y enlazada culturalmente con París, los Valls ramificaron su área de influencia. Mandaron en el Gran Teatro del Liceu; se unieron a la fundación del Palau de la Música, junto a Fèlix Millet i Maristany, que presidió el Banco Popular; tomaron parte en el primer Òmnium Cultural y se declararon públicamente catalanistas.

Pese a ser un hombre afecto al Régimen, Domingo Valls tuvo en sus manos las relaciones con el núcleo civil de la economía catalana, sobre todo a partir del momento en que Manufacturas Valls adquirió Viuda de Tolrà SA, una gran algodonera, con fábrica en Castellar del Vallès. Los dos hermanos concentraron su hegemonía en CITA (Consorcio Industrial de Textiles Algodoneros), aunque tuvieron que retocar su lobby cuando José Solís Ruiz, delegado nacional y “sonrisa del Régimen”, obligó a los industriales a colocarse bajo el paraguas del sindicato vertical. La democracia orgánica tenía sus servidumbres, pero bajo el nuevo esquema los algodoneros mantuvieron su modelo patronal, basado en la productividad de los bajos costes laborales y la búsqueda de mercados en el comercio internacional. Domingo fue el estratega y Pepe, el eterno presidente, conocido como el Gran Buda (escribió Manuel Ortínez en su archiconocida biografía Una vida entre burgesos, Ed. 62) por su aspecto físico y por el uso reservadísimo de la Sala Casas del Círculo del Liceu, conocida como La Rotonda, donde la ceremonia del té incluía retoces y juegos de noche. Corrían los tiempos del fabricant amb querida, la expresión superlativa del comercial de vetes i fils, que recorre la península colocando sus productos, lejos del veto.

Pepe Valls Taberner compaginó la gestión de la Cros con el cargo de consejero en empresas tan distintas como la Sociedad Aguas de Barcelona (Agbar) o Compañía de Industrias Agrícolas (CIA), impulsada por Sunyol i Garriga, expresidente del FC Barcelona y diputado de ERC fusilado en el Guadarrama durante la guerra. Domingo fue consejero del Banco Exterior de España, la mejor ventana suiza que han tenido jamás los pingües beneficios de la industria engrasada. Pepe lo fue de Banesto, una entidad de mucho fuste y poco fuelle, encarnada por los grandes de la aristocracia española --los Garnica Mansi, Gómez-Acebo o Aguirre Gonzalo, entre otros-- y conquistada, años después, por el efímero Mario Conde, Pimpinela y Honoris Causa.

La caída de los Valls Taberner, midas del algodón, empezó en los sesenta. Alemania cerraba el Plan Marshall para convertirse en locomotora del continente y el general De Gaulle vetaba la entrada del Reino Unido en la Comunidad Europea. La muerte del excanciller Konrad Adenauer, padre de la futura Unión, coincidía con la Ostpolitik de la República Federal y con el inicio de shock contracultural de las nuevas vanguardias. La SA Cros volvía a palpitar, esta vez marcada por la diversificación: adquirió Amoníaco Español, compró la sociedad de los laboratorios Doctor Andreu, absorbió Electroquímica de Flix y, más tarde, ya en 1976, registró pérdidas por primera vez en su historia. Empezaba la decadencia. En 1982, Torras Hostench, una empresa papelera que presidió Higini Torras Majem (expresidente del quebrado Banco de Los Pirineos), adquirió al Banco de Santander el 15% del capital de Cros. Había empezado la penetración del grupo kuwaití KIO y de su responsable en España, Javier de la Rosa, en una operación acompañada de un ajuste industrial duro. Durante cuatro años, se sucedieron los cierres de plantas y los despidos. En 1987, el Santander vendió el resto de su participación a Torras Hostench y, al año siguiente, Cros duplicó su capital en una ampliación de capital que hizo temblar los cimientos de la bolsa española. Con los nuevos recursos propios, la compañía química asumía la compra del 25% de Explosivos Río Tinto y acordaba la fusión entre ambas compañías. Nacía Ercros, una empresa sumergida en sus pasivos financieros y medioambientales, que con los años ha ido reflotándose de la mano rigurosa de su presiente actual, Antoni Zabalza, profesor de Hacienda Pública y exsecretario de Estado en la etapa de Felipe González.

La historia de Cros se remonta al momento en que Amadeu Cros i Nubiola, representante de la tercera generación del mismo tronco, recibió de su padre la herencia de una fábrica de ácidos, sales y del guano catalán artificial. Amadeu Cros se quedó también con un “gran depósito de drogas al por mayor situado en la calle Princesa de Barcelona”, en palabras publicadas en El indicador de España, en el año 1896 (Biblioteca de la Escuela de Ingenieros de Barcelona). Su primer presidente fundó Cros en 1904 ý en pocos años completó su implantación de fábricas en Sevilla, Madrid, Alicante, Valencia y Málaga, hasta alcanzar una producción de mil toneladas diarias de superfosfatos, su producto estrella. Para financiar su crecimiento, la empresa emitía obligaciones en la Bolsa de Barcelona, hasta que en 1929 salió a cotización para acabar convirtiéndose en el valor de mayor liquidez en el mercado de renta variable. En la década de los treinta, el grupo Cros contaba con trece centros industriales en toda España y con una flota de vapores destinada al comercio internacional de fosfatos; el volumen de sus recursos propios era similar al de otras multinacionales alemanas y norteamericanas del sector.

Bajo las presidencias de Eduard Maristany (1919-1936) y de Francesc Ripoll (1939-1959), la empresa química entró en una etapa de crecimiento y consolidación; lideró su sector en España y sus acciones fueron consideradas “oro en barra”. Cros había atravesado la Guerra Civil sin mermas considerables porque sus centros de producción no llegaron a ser el blanco de la aviación alemana, aliada de Franco. Terminada la contienda, la compañía renació de la mano de Francesc Ripoll, hasta alcanzar una velocidad de crucero en la etapa de Pepe Valls Taberner.