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El general carlista Cabrera: matiners y trabucaires

Matiners y trabucaires, 'carlistas revoltosos'

La guerra de los Matiners fue una sublevación donde las protestas sociales y las reivindicaciones dinásticas se mezclaron en dosis diferentes según el territorio y la tradición antiliberal

01.07.2018 00:00 h.
8 min

El antiliberalismo catalán fue antes que el carlismo. La contrarrevolución tenía una larga trayectoria forjada desde la llamada Guerra Gran contra la Convención francesa (1793), a la que le siguieron los enfrentamientos con el ejército napoleónico (1808-1812), contra los liberales del trienio (1820-1823) y la guerra de los agraviados o malcontents (1827) partidarios de la Inquisición y contrarios a las veleidades reformistas del absolutismo fernandino. El tradicionalismo se hizo a sí mismo y recibió de buen grado las reivindicaciones ultramontanas de los carlistas a la muerte de Fernando VII (1833).

Apenas dos años de iniciada la regencia de María Cristina, entre tres y cuatro mil carlistas catalanes estaban armados y organizados en unas veinte partidas, en su mayoría radicados en el mundo rural y aglutinados alrededor de personas de cierta riqueza y prestigio: propietarios, párrocos, militares y veteranos de los anteriores conflictos. La crisis económica de 1835, unido a las llamadas a filas, a las bullangas con quema de fábricas, conventos y otros ataques anticlericales, favorecieron la expansión del carlismo. En los años sucesivos el pretendiente al trono y tío de la reina, Carlos María Isidro de Borbón, encabezará la reorganización y la expansión del carlismo en Cataluña; sólo la costa, el valle de Arán y Lleida quedarán fuera de su influencia.

En 1838, las sanguinarias e incendiarias campañas contra Ripoll, Manlleu, Olvan y Gironella dirigidas por su jefe militar, el fanático antiliberal y beato compulsivo Carlos d’Espagnac --conocido como el conde de España--, fueron mermando el apoyo a los carlistas, incluso entre sus filas. Capitán general de Cataluña entre 1827 y 1832, en Barcelona era recordado como el responsable de ejecuciones sumarias, numerosos destierros, innumerables multas y vejaciones y de disparatadas acciones justificadas por su animadversión enfermiza hacia cualquier atisbo que interpretase como liberal (bigote, pelo largo, cafés, ferias, mujeres charlando, etc.). Ante las continuas quejas enviadas a Fernando VII sobre su crueldad y su locura, dicen que el rey respondió: “Será loco, pero para estas cosas no hay otro”. Esos cinco años de barbaridades sirvieron para que los barceloneses se declararan contrarios a cualquier exhibición carlista. También fueron muchos los dirigentes carlistas que, temerosos, se opusieron al fanatismo del conde, que finalmente fue destituido en octubre de 1839 y posteriormente asesinado. Esta descomposición interna favoreció la entrada en julio de 1840 del general Espartero en Berga, capital de la Cataluña carlista. Pese a todo, el carlismo catalán no aceptó el Convenio de Vergara de 1839 por el que se daba por acabada esta primera guerra.

Jaime Balmes y José Donoso Cortés propusieron como solución final al problema carlista el matrimonio entre la reina Isabel II y su primo, Carlos Luis, hijo de Carlos María y conde de Montemolín. La propuesta fracasó y motivó que, en septiembre de 1846, el conde llamase nuevamente a la guerra. Sólo los carlistas catalanes le siguieron, iniciándose la guerra de los Matiners, que historiadores como Jordi Canal no consideran que se le deba denominar segunda guerra carlista, por circunscribirse a una parte de Cataluña y por ser una movilización con características diferentes. Esta carlistada fue un levantamiento legitimista protagonizado por bandidos veteranos, a los que se unieron a partir de 1848 los descontentos con la desamortización, la privatización de tierras comunales, la desindustrialización de algunas zonas del interior, los intentos de imponer las quintas, la introducción del impuesto del consumo, etc. Es decir, la crisis económica y la miseria llevó a algunos republicanos y demócratas a ser reclutados como combatientes matiners, lo que dio lugar a una peculiar coalición denominada carlo-progresista. Para algunos historiadores nacionalistas esta guerra fue un conflicto nacional catalán, puesto que Tomàs Bertran i Soler defendió esa unión entre progresistas y carlistas como paso para instaurar un régimen de autogobierno para Cataluña. Bertran había sido primero liberal, después se convirtió al protestantismo y más tarde se hizo monárquico, hasta erigirse en el contexto de este levantamiento en un nexo entre republicanos y carlistas, aunque en la actualidad se le reivindique como un protestante independentista catalán por haber proclamado el 24 de noviembre de 1848, sin efecto alguno, la constitución de la Diputación del General.

En realidad, el lider de los matiners fue Benet Tristany, este mosén fue quien reorganizó las bandas dispersas que aún no se habían rendido. Conocidos como los trabucaires, estos carlistas habían subsistido actuando como secuestradores y salteadores de caminos, y a estos se sumaron exiliados en Francia. En febrero de 1847 entraron en Cervera, después en Solsona, y pocos días más tarde en Terrassa hasta llegar a las puertas de Barcelona. Tristany fue capturado y fusilado en Solsona el 17 de mayo de 1847 y, sin embargo, el número de guerrilleros carlistas fue en aumento hasta alcanzar los cuatro mil hombres armados.

Aunque no estaba convencido de que la guerrilla matinera pudiese extenderse con éxito desde Cataluña, el general carlista Cabrera regresó desde su exilio en Francia e instaló su cuartel en Amer (Gerona). Ni su intento de reorganización ni el del pretendiente Carlos Luis tuvieron el éxito y el nuevo alzamiento de 1848 se frustró ante el imparable avance de las fuerzas liberales, y por la concatenación de traiciones, indultos y la infiltración de agentes entre los carlistas. En mayo de 1849 la huida a Francia de los principales cabecillas daba por finalizada esta guerra de los Matiners. La amnistía promulgada a principios de junio permitió que unos mil cuatrocientos carlistas regresasen del exilio, aunque otros muchos --en su mayoría oficiales y altos personajes-- siguieron conspirando desde fuera.

Ni conflicto nacional ni revuelta popular ni segunda guerra carlista. La guerra de los Matiners fue una sublevación donde las protestas sociales y las reivindicaciones dinásticas se mezclaron en dosis diferentes según el territorio y la tradición antiliberal. Pero no todo acabó aquí, los trabucaires tuvieron más días de gloria y noches de infortunios durante la tercera guerra carlista entre 1870 y 1876. Al final la memoria de este personaje carlista armado, cruce de bandidaje y de comunión católico-monárquica, ha quedado reducida a un acompañamiento ruidoso y folklórico en las fiestas por toda Cataluña, eso sí, amparado en una secular e inventada tradición nacionalista.

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