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Jardines botánicos de Montjuïc / ARCHIVO

Jardines y sagas empresariales (5)

El Viladrau de los Gomis-Bofill; el Montjuïc botánico de Duran Farell y Bohigas; el Pinya de Rosa de Fernando Riviere y el Marimurtra de Karl Faust

03.11.2019 00:00 h.
10 min

"El hombre había sabido hacer de la sátira una gramática y de la gloria, un buen gobierno", escribió López-Picó de Jaume Bofill i Mates (Guerau de Liost) a propósito de Viladrau. Marià Manent sugirió una escultura a la memoria del poeta y Joan Rebull esculpió la figura de Bofill y de sus palabras y, finalmente, Joan Mirambell, maestro de jardines, ordenó el aspecto del montañoso paraje en el entorno del Montseny, por su vertiente sombreada salpicada de rojo en las tardes de otoño. Pero no acaba aquí la galería de personajes vinculados al paisajismo y a la cultura: el poeta Josep Carner compuso el dístico de su amigo y el pintor Josep Obiols hizo un grabado en boj que ilustró como recordatorio.

El Parque Natural del Montseny (propiedad de la Diputación de Barcelona y declarado parque en la etapa de Juan Antonio Samaranch) es en sí mismo un jardín botánico; una trozo de naturaleza hecha de remontes, picos y botánica escalonada por arboledas --coníferas, boj, castaños o abedules-- situadas en relación con su altura sobre el nivel del mar. En el mismo Viladrau, los Millet levantaron una jardín de parcela pendiente y en Can Balet, los Gomis-Bofill, nietos del gran poeta y reconocidos hombres de pluma --los hermanos Joan y Llorenç Gomis-- plantaron un rincón embellecido con hojas de aguja. Cerca de allí, el imponente jardín-parque del Noguer mira al pico de las Guillerías, con una zona ventricular pegada a la vertiente septentrional de la montaña de amatistas. La especificidad climática de la zona emparenta estos jardines con los conocidos enclaves pirenaicos del Paseo Maristany, en Camprodon, o con la zona de la Mala Mort, en Puigcerdà.

El parque botánico con entorno ajardinado de origen privado pero abierto a la ciudad es un concepto que describe a Montjuïc, la montaña de los mil usos; uno de ellos, el más recóndito, aunque a la vista de todos, es el jardín Walter Benjamin, que lleva el nombre del filósofo alemán de la escuela de Frankfurt por su vinculación emotiva con la ciudad. Enlaza las Atarazanas del Paralelo por medio de una hilera de plátanos y palmeras con las escalas de Miramar, construidas según un proyecto primigenio de Forestier. Contiene una fenomenal escultura, Marinada, de Antoni Alsina que formó parte del diseño de la Exposición Internacional de 1929. Es el Montjuic a cielo abierto que tantas veces soñó y elaboró Oriol Bohigas y que supo entender el ingeniero Duran Farell. Este último, conocido por su vinculación a la creación de Gas Natural, la actual Naturgy, y a la primera central nuclear de España, levantada en Vandellós, dejó en la montaña la impronta del lobby de los ingenieros de caminos, los politécnicos catalanes formados en la construcción de puentes y pantalanes, pero recuperados para la marca del buen gusto en los proyectos olímpicos del 92.

Vistas de los Jardines Botánicos de Montjuïc / CG
Vistas de los Jardines Botánicos de Montjuïc / CG

La Barcelona laica de industriales e imagineros no tuvo la competencia de la Iglesia. Nuestros obispos no llegaron nunca al refinamiento de la mitra cardenalicia italiana, con logros como la Villa Aldobrandini, en Frascati, a pocos quilómetros de Roma, construida en 1598, para el Papa Clemente VIII y su sobrino, el Cardenal Pietro Aldobrandini. Contiene el único jardín papal que hoy no es propiedad del Estado y que ha sido rehabilitado hace algunos años por un descendiente del mismo linaje, Camille Aldobrandini. El palacio es la pieza central del jardín (obra de Giacomo della Porta), situado en una colina arbolada con vistas al campo y a la cúpula de San Pedro, Roma. Viene a cuento en nuestra recopilación porque su intención influyó sin duda en los paisajistas catalanes que toparon con la frialdad del noucentisme a la hora de importar piezas irreflexivas pero muy simbólicas del rococó romano. Puede decirse que Aldobrandini es la pieza del XVI, que nunca tuvo Cataluña, pero que dejó parte de su huella diseminada de obsesiones cromáticas y excesos escultóricos, hasta el límite del kitsch. Esta tendencia atravesó fronteras para llegar a nuestras construcciones clasicistas de comienzos del siglo pasado, levantadas por empresarios y mecenas catalanes​. En el país transalpino, Aldobrandini preside la región del Lacio, donde existen otros jardines papales de compleja orografía e intencionadamente ocultos, todos ellos dotados de canalizaciones de agua en una región enormemente seca y sin apenas vida freática. Los cónclaves han visto peleas a menudo por los paraísos botánicos de la curia, que solo fueron refutados en la misma época por el famoso Bomarzo del conde Orsini; una exaltación mitológica de estatuas hechas con los retazos neogóticos con los que el conde quiso insolentar el poder del Vaticano. Para entonces, transcurridos casi dos siglos desde la muerte de Leonardo da Vinci, apostólicos y herejes estaban convencidos de que Florencia había sido al Renacimiento lo que el Lacio iba a ser para el barroco.

Siguiendo la ruta de la costa norte catalana, hay dos piezas indiscutibles: el Pinya de Rosa de Fernando Riviere de Caralt y el Marimurtra del empresario y mecenas Karl Faust, fundador en la compañía Faust & Kaufmann SA. La afición naturalista de Faust lo llevó a buscar la ubicación ideal para la creación de un jardín latino. Escogió Blanes y en 1924, dejó la gestión para consagrase plenamente a consolidar el Marimurtra. Se había iniciado en el Gran Tour de Byron y Shelley, quiso emular al Viaje a Italia de Goethe, pero finalmente decidió quedarse en nuestras playas. Faust sentía un impulso hacia las tierras del Mediterráneo​, hacia el mundo clásico, y soñaba con crear una “república epicúrea de jóvenes biólogos” donde sabios y estudiantes pudieran trabajar en medio “de un clima ideal y un paisaje helénico”. Era un adorador del sol sin apenas proponérselo. Pero se olvidó de la Alejandría de Durrell para aclimatar plantas exóticas en Blanes, asesorado por botánicos de primera línea, como Josias Braun-Blanquet, Eric Sventenius, Pius Font i Quer, Carlos Pau, Josep Cuatrecasas, etc.

Los espacios que se mantienen vivos suelen ser de titularidad pública, como ocurre en el centro de Barcelona, con ejemplos como el Pati dels Tarongers del Palau de la Generalitat o los jardines invisibilizados que acogen a la realeza, en el Palacio de Pedralbes o el Palacete Albéniz en Montjuïc, además de los jardines claustrales de los cementerios o los que ocupan el centro de porches al estilo del monasterio de Ripoll. Estos últimos casos encajan en la categoría del hortus conclusus, según la categorización de los paisajistas del medio siglo, como Rubio, Duran Reynals o más recientemente Fernando Caruncho.

Los espacios verdes que miniaturizan la naturaleza a menudo domestican los suelos hasta convertirlos en yermos. La desaparición del barroco y del neoclásico impostado en los trazos arquitectónicos de los jardines botánicos se debe en parte a la escasez de agua. Las balaustradas rotas, los patios llenos de vigas y la mampostería desmontada son algunos de los escenarios de hoy en jardines de familia que han ido a menos, al desaparecer sus cuidadores. El paraíso de las “fragancias secas” --tal como describió Lampedusa el palazzo de los Salina en Palermo-- es en muchos casos un erial de gigantescos cardos. Lo hemos visto en piezas municipalizadas como la masía Sors de Seva o el citado espacio botánico del Noguer en Viladrau. Los parques de la Costa Brava disfrutan de un mar siempre impertérrito en su oleaje y del sol cayendo a plomo sobre las castigadas coníferas, convertidas en plaga. Ambas fuerzas anuncian la reconquista de la naturaleza sobre el orden de la geometría.