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Indíbil y Mandonio, los primeros caudillos de la independencia

Indíbil y Mandonio, los primeros caudillos de la independencia

El nacionalismo catalán ha mitificado la figura de los líderes de la rebelión de los ilergetes y los ausetanos contra Roma en el siglo III a. C.

04.02.2018 00:00 h.
5 min

La conquista romana de Hispania se inició con la segunda guerra púnica (218-202 a. C.). El territorio de la actual Cataluña fue el escenario donde los romanos iniciaron su contraofensiva al avance cartaginés, tras el paso de los Pirineos de Aníbal en su intención de llevar el conflicto a las puertas de Roma. La resistencia íbera más combativa y legendaria la lideraron los caudillos Indíbil y Mandonio, primero como aliados de los cartagineses y después de los romanos. En el 209 a.C., tras de la caída de Cartagena en manos de los romanos, el ilergete Indíbil se sometió como rey vasallo a Escipión el Africano, que le devolvió los rehenes íberos que tenían los cartagineses, incluidas sus hijas y la mujer del ausetano Mandonio. En los años sucesivos Índibil se sublevó varias veces contra Roma --en una ocasión por error--, liderando una alianza con otros pueblos íberos. En el último enfrentamiento (205 a. C.) Indíbil fue derrotado y muerto en el campo de batalla, y su aliado el ausetano Mandonio murió poco después crucificado. Comenzaba la leyenda del caudillo de Ilerda (Lleida), a la que contribuyó Tito Livio con el relato preciso de sus idas y venidas hasta el momento de la muerte: "Herido y medio muerto, el rey continuó resistiendo, pero al final, clavado en tierra por una lanza, los que estaban a su alrededor fueron abatidos por los dardos", mientras que la gran mayoría salió huyendo.

Desde el siglo XV, los historiadores castellanos atribuyeron a Indíbil y Mandonio ser los líderes de una épica resistencia nacional frente a Roma, que continuarían después Viriato, los numantinos y que culminarían astures y cántabros. Para Ambrosio de Morales (1574), estos jefes íberos fueron los primeros españoles que se lamentaron en público de la servidumbre de España a los romanos. Pero esta interpretación españolista fue matizada por Víctor Balaguer en 1863 al calificar estos enfrentamientos como "la primera lucha de los catalanes en favor de su independencia". En otros pasajes el sentido cambia cuando afirma que los caudillos se pusieron "al frente de la primera lucha de la independencia en Cataluña". El relato de Balaguer deja de ser ambiguo cuando cierra el capítulo retornando a la vieja interpretación castellana, y encontrando a los vengadores de "la independencia patria" y de "la sangre de Indíbil y Mandonio" en Viriato y en Numancia.

Mito a la carta

Pese al recelo que la historiografía del siglo XX ha tenido respecto a la interpretación romántica de la lucha de estos caudillos, su leyenda convertida en mito ha servido para que unos pocos historiadores los sitúen en el origen de los Països Catalans, en la primera resistencia a favor de la independencia de Cataluña. Poco les ha importado que fuera durante en el franquismo cuando se alcanzaron las cotas más delirantes en la reivindicación de Indíbil y Mandonio hasta ser consideradas glorias antiguas de la unidad y de la esencia racial.

En 1946, durante la alcaldía del camisa vieja catalán Víctor Hellín, fue cuando se colocó una escultura en bronce de los caudillos delante del Portal del Pont de Lleida, siguiendo un modelo en yeso de 1884 del escultor barcelonés Medardo Sanmartí que representaba a dos guerreros celtas anteriores (Indortes e Istolacio) y que denominó Grito de independencia. El ayuntamiento encontró en Indíbil y Mandonio el símbolo mixto de la identidad catalana y de la independencia nacional, siguiendo la referida ambigüedad de Balaguer que tanto practicaba y gustaba al franquismo catalanista.

Ataviados con cadenas, una lanza, una falcata y un peinado yeyé avant la lettre --premonitorio de la estética del hombre que ha encabezado el último movimiento independentista--, Indíbil y Mandonio parecen llamar a la resistencia o, como buenos vasallos, al levantamiento para apoyar a fuerzas aliadas frente a otra invasión, un grito por una independencia a la carta según el contexto y, ante la escultura, según sea el estado emocional del espectador.