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El corazón de la probeta (9): el doctor Josep Trueta

El corazón de la probeta (9): la Concordia medicina-farmacia y el mural de Guinovart

La coordinación innata entre científicos, artistas, humanistas y empresarios es uno de los aspectos sobresalientes de las academias catalanas y, en especial, la de farmacia

27.01.2019 00:00 h.
9 min

La idea de que los amigos y colaboradores son una segunda vida se confirma en el embate generacional de los farmacólogos catalanes. Cuando uno entra en la Real Academia de Farmacia por la puerta de la calle Hospital, donde el sol de media tarde fabrica hilos de oro, se da cuenta de que algunas conversaciones aparentemente trasnochadas son la llave de una ciencia convertida en economía. Los farmacólogos Ylla-Català (la materia gris de Ciba-Geigy) y Joan Uriach recuperan el entusiasmo por la ciencia ante el mural de Josep Guinovart, en forma de media luna apaisada que se adapta a la curvatura del techo gótico, pegado a la Biblioteca Nacional de Cataluña. La pieza es un golpe de luz sobre lo que el sector llama la Concordia, o la mezcla entre medicina y farmacia. En el arte, como en la ciencia, la forma muere pero la formación permanece; “la creación vive en tanto que génesis bajo la envoltura de la obra”, en palabras del gran expresionista Paul Klee (Teoría del arte moderno; Ed. Cactus).

Este enclave del Raval barcelonés entronca dos grandes épocas: la del binomio dialéctico (no temporal) Josep Trueta-José Baselga, y la del apostol Puig Muset, un cruce marcado por el deseo de sanar, superador del higienismo de los comienzos y resumido hoy en el esfuerzo de los genetistas. Su traslación a las modernas factorías del Health System catalán adquiere brillantez ante los gran activos de la producción farmacológica en masa en los centros de dos campeones: Almirall y Grifols, aplicaciones respectivas de la dermatología y del plasma, con poderosas ramificaciones en buena parte del planeta. La Almirall de los hermanos Gallardo y lo laboratorios de Víctor Grífols son dos empresas cotizadas en las bolsas internacionales, que han basado su pujanza en los recursos propios captados en las bolsas, gracias al modelo de sociedades anónimas, que han roto los corsés familiares para disputar puestos de honor en las economías de escala, en liza con las multinacionales, Bayer, Caudalie, Alliance o Dow Chemical, entre otras. Pero no es oro todo lo que reluce. Almirall arroja hoy importantes pérdidas que ha subsanado en parte con la venta de su división pulmonar a AstraZeneca. Esta última es la efigie de la casa grande que avanza incontenible en los cinco continentes, especialmente después de fichar al citado José Baselga, estrella rutilante de nuestro firmamento fármaco-médico. El volumen no es todo, pero la experiencia demuestra que solo el volumen permitiría retener la materia gris, que acaba saliendo por piernas de un país hipnotizado por la política identitaria.  

La coordinación innata entre científicos, artistas, humanistas y empresarios es uno de los aspectos sobresalientes de las academias y, en especial, la de farmacia. Estas instituciones fueron el antecedente de los actuales consejos sociales de las ocho universidades catalanas en materia de transferencia de tecnología y conocimiento; significaron el  puente definitivo entre la investigación y la industria. Expresan, todavía hoy, la concomitancia entre un teorema matemático, la partitura de una sinfonía y la belleza de un lienzo, siempre que estos elementos coincidan en el valor supremo de la exactitud. Basadas en estos principios, las academias científicas entraron de lleno en el neoclasicismo que distingue la forma de hacer de una parte sustantiva de la economía catalana: la que une invención, negocio y estética.

El Guinovart de la Academia tiene su par en las instalaciones de Uriach en Palau-solità i Plegamans, un encargo de los antepasados recientes parecido a otro del mismo pintor en los Hogares Mundet. El artista conocía la seriedad de un encargo que debería representar la segunda Concordia de los boticarios después de la de Florencia, en 1511, muy apoyada por la vieja Corona de Aragón gracias a la visión estratégica del rey Juan (padre de Fernando el Católico) y de los príncipes de la casa de Trastámara, origen de la primera mancomunidad de los países europeos. El hilo de Guinovart resulta significativo porque el mural acaba en la sala de los especieros, justo bajo la balaustrada de la Biblioteca Nacional, con rincones estimulantes para los farmacólogos, como los que contienen las traducciones de Soler i Batlle o los libros donados por la saga Salvador, iniciada por Jaume Salvador i Pedrol. El primer Salvador, especializado en la investigación florística, llevó a Sant Joan Despí el primer jardín botánico de Cataluña, una reliquia mantenida en el tiempo hasta el jardín de Montjuïc impulsado mucho después por el paisajista Rubió i Tudurí y por el ingeniero y empresario Pere Duran Farell. Con todo, cuando los farmacólogos echan la vista atrás, buscan a Pius Font i Quer, al autor del Dioscórides catalán, en memoria de Pedanio Dioscórides Anazarbeo, el botánico de la antigüedad, que reunió el De Materia Medica, compendio de medicinas utilizado durante siglos hasta la aparición de los químicos españoles del Renacimiento. Los viajes del farmacólogo greco-romano, en compañía de las legiones de Nerón en calidad de médico militar, le permitieron recopilar información sobre las propiedades curativas de más de un millar de plantas. Dioscórides discutió, entre muchas otras, cuestiones sobre el valor medicinal y dietético de derivados animales como la leche y la miel, así como la preparación, las aplicaciones y la posología de productos químicos como el mercurio, el arsénico, el acetato de plomo o el óxido de cobre. También trató el valor anestésico de pociones elaboradas a partir del opio o la mandrágora. Los manuales dicen que las obras de Dioscórides, recogidas originalmente en cinco volúmenes, conocieron no menos de siete traducciones y constituyeron la guía básica de uso de la farmacología hasta finales del siglo XV. Aunque esta versión no casa con otras más recientes, también autorizadas, que nos revelan a los mejores investigadores de hoy explorando las nuevas ediciones del Dioscórides, más allá de los escombros del tiempo.

La saga de los Cusí, dueños de los antiguos laboratorios de Masnou, fundados por Joaquim Cusí, un creador de la altura de los Pep Esteve o el abuelo Uriach, se ha convertido en la joya de la corona de la Real Academia. Cusí le aportó a los grandes oftalmólogos, Barraquer y Arruga, la solución de las cataratas. Sus descendientes han convertido las antiguas instalaciones en museo a la memoria del oficio del Suplentum in quod natura de fuorit (el arte farmacéutico se encarga de hacer aquello que la naturaleza no ha hecho). En la salud, como en el arte, la exigencia de absoluto es la misma, diría Klee. El mundo de la probeta eclosiona lejos de las batas blancas. Triunfa en las performances de corporaciones empresariales prestas a colocar entre el público inversor la ventaja comparativa del último medicamento monetizado. Los laboratorios de hoy se juegan su I+D+i en las mesas de dealers que rigen los mercados a partir del ebitda de los balances y la liquidez de los mercados. El tipo de interés ha desbordado así a los principios activos; sin embargo, la magia del laboratorio no cesa porque, cuando aparece el destino de millones de pacientes, la ciencia tiene la última palabra.