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Jaime I, el Conquistador

La conquista de Valencia

El invento metafísico de los Països Catalans tuvo que esperar quinientos años, pues Jaime I no tuvo en mente proyecto pancatalanista alguno, sino dinástico, sin más

18.03.2018 00:00 h.
8 min

La conquista de las tierras valencianas por Jaime I, en la que hubo más pactos que batallas, fue y sigue siendo un episodio muy controvertido. En tan solo doce años, entre 1233 y 1245, Sharq Al-Andalus se integró en la Corona de Aragón y pasó a denominarse Reino de Valencia.

Cuando en 1213 murió su padre, Pedro II, Jaime tenía sólo cinco años y ni siquiera había sido nombrado heredero. Después de un lustro de regencia de su tío abuelo, fue declarado mayor de edad. El principal conflicto que se encontró el jovencísimo rey fue que la nobleza, tanto catalana como aragonesa, campaba a sus anchas. Imponerse a esa prepotencia nobiliaria fue su principal obstáculo y objetivo. Es comprensible que para el primer intento de conquista en 1225 tuviese que contar con la complicidad y legitimación del clero reunido en el Concilio de Tortosa. Tampoco ha de extrañar que ese mismo año en el primer asedio a una fortaleza musulmana fracasase el plan del monarca. Antonio Ubieto achacó a la nula colaboración de la nobleza que el rey no pudiese conquistar Peñíscola. Ernest Belenguer aseguró que fueron los aragoneses los que no quisieron que esa toma beneficiase a los catalanes, una mera elucubración puesto que no hay documentos que confirmen esa tendenciosa explicación.

El 'Libre dels feyts', las crónicas de Jaime I el Conquistador

El primer problema que encierra la historia de la conquista es que la principal fuente de donde se ha extraído buena parte de la secuencia de los hechos ha sido el Libre dels feyts, conocido también como Crónica de Jaime I. Este relato fue obra o encargo del propio rey, la polémica sobre su contenido siempre le ha acompañado. El segundo debate abierto es cómo calificar este episodio, si como una cruzada, una conquista dinástica o como un meditado proyecto de colonización.

No hubo una conquista catalana ni siquiera aragonesa de Valencia. Las noblezas no fueron el principal aliado de esta empresa de expansión. Fue Jaime I quien comprendió que su éxito dependía de la debilidad de los gobernadores almohades y del control que debía mantener sobre sus nobles, potencialmente guerracivilistas y deseosos de internarse por su cuenta en tierras valencianas para saquearlas. El enfrentamiento entre Ceyt Abuceyt y Zayyan generó un caos que facilitó que el monarca aragonés conquistase el territorio valenciano hasta el sur del Júcar. Ya no interesaba seguir cobrándoles parias sino ser rey de sus tierras.

En 1233, después de su retorno de la conquista de Mallorca, Jaime I fijó en Alcañiz un plan con el apoyo de algunos nobles aragoneses que debía comenzar con la toma de Morella. En las Cortes de Monzón en octubre de 1236, el monarca propuso organizar un gran ejército para conquistar la capital valenciana. La élite eclesiástica, nobiliaria y municipal, incluso el papa Gregorio IX, aceptaron colaborar con el rey que prometió ventajas espirituales y materiales. En la práctica la convocatoria fue un fracaso y Jaime I empezó a repartir tierras que todavía no había conquistado a los que sí habían decidido acompañarle. Cundió el nerviosismo entre los nobles y su boicot no frenó al rey, que prosiguió con la conquista combinando asedios y pactos con la población musulmana, por los que aceptó mantener su religión y una fiscalidad más ligera.

Para el cerco a Valencia, el monarca contó --según relata en su Crónica-- con mil caballeros y sesenta mil peones llegados de Alemania, Cataluña, Castilla, Aragón, Navarra, Francia, Hungría, Portugal, Italia e Inglaterra. Sin duda exageraba, pero la propaganda surtió efecto, la desunión entre los musulmanes hizo el resto. La ciudad capituló y Jaime I entró en ella el 9 de octubre de 1238. La nobleza no ocultó su disgusto por no haber podido saquearla. A pesar de las donaciones, los nobles no aceptaron quedarse durante un año guardando la ciudad y el rey tuvo que admitir que su conquista seguía siendo frágil e incompleta, a merced de los pactos con los musulmanes y de los saqueos de nobles y almogávares cristianos.

El invento de los 'Països Catalans'

Como había sido una empresa dinástica, el nuevo reino repoblado por unos y otros iba a ser de la Corona, ni de Cataluña ni de Aragón. Otro asunto, como recuerda Pierre Guichard, es que el principal apoyo que el rey obtuvo para la creación administrativa y jurídica del nuevo reino viniese de la incipiente burguesía valenciana, en su mayoría de origen catalán, con intereses diferentes a la nobleza militar aragonesa. De cualquier modo, el invento metafísico de los Països Catalans tuvo que esperar quinientos años, Jaime I no tuvo en mente proyecto pancatalanista alguno, sino dinástico, sin más.

La toma de la capital fue el punto de partida del mito del rey Conquistador. Los italianos le invitaron de inmediato a acaudillar la lucha en el norte de Italia contra Federico II. El papa le felicitó y pidió a todas las autoridades eclesiásticas al norte de Tarragona que hiciesen lo propio. El rey de Francia, Luis IX, le mandó una espina de la corona de Cristo como muestra de admiración. El paso del tiempo agrandó aún más su figura. La historiografía catalanista lo elevó a los altares de la hagiografía nacional. En 1907, Joaquim Miret i Sans exigía que se le respetase “com lo pare llegítim de la nació, portant tota la sanch y l’ànima de Catalunya”. El nacionalismo español lo reivindicó como el primer césar hispánico. Aún se sigue citando que en el Libre dels feyts, el rey precisó que “Catalunya és lo millor regne d’Espanya, el pus honrat e el pus noble”. Tampoco se olvida que cuando acudió en ayuda de su yerno Alfonso X el Sabio para someter a los mudéjares murcianos, lo justificó por Dios y “por salvar España”. Pero quizás lo más sugerente es recordar que el yerno cuando se dirigía por carta a su suegro lo hacía en castellano, y que éste le contestaba en catalán. Ambos compartían la misma idea: el saber era poder.