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'La florista' de Pere Pruna, cuyas obras forman parte de la colección Rubió i Tudurí  / BBVA COLECCIÓN

La colección Rubió i Tudurí, el arte, los safaris y la industria

Nicolau y Fernando Rubió i Tudurí llenaron la casa de aventuras intelectuales en diferentes disciplinas; fue en los momentos anterior y posterior a la Primera Gran Guerra

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Rusiñol, en el Cau Ferrat; Dalí, en Porlligat y Sert, en el Mas Juny, la mansión frente al mar que el arquitecto vendió al empresario Puig Palau. Sobre estas dualidades sentó Fernando Rubió i Tudurí, la obra de su vida: Mongofre, la mansión familiar menorquina cercana a Mahó (origen de la segunda generación Rubió), donde el empresario, artista y coleccionista recreó su trayectoria. Hoy, Mongofre no está en condiciones de convertirse en sede de la Fundación Rubió i Tudurí, pero es precisamente a la vieja mansión frente al mar a la que pertenecen los cuadros de Miró o Pruna, que integran la colección ya ordenada y homologada y que última su sede permanente  en el centro de Mahó (Menorca), en un edificio declarado de uso cultural.

Por su parte, el mayor de los hermanos, el arquitecto y paisajista Nicolau Rubio i Tudurí dejó un rastro público en Barcelona en la montaña de Montjuïc, en los jardines del Parlament, en el Palacio Real de Pedralbes o en el vivero de Can Borni (inspirado en la Alhambra de Granada), situado en el Tibidabo, muy cerca del domicilio familiar de su padre el general Marià Rubió i Bellver y su tío, el arquitecto Joan Rubió i Bellver.

Nicolau y Fernando llenaron la casa de aventuras intelectuales en diferentes disciplinas; fue en los momentos anterior y posterior a la primera Gran Guerra, cuando la eclosión conjunta de las humanidades y la tecnología crearon la vanguardia que impulsó la ciudad de Barcelona. Generaron sin apenas proponérselo una ola de frontera: la de 1900, el origen del noucentisme, la vuelta al clasicismo mediterráneo, al espejo del mundo greco-latino, muy presente en los papeles fundacionales del escritor Eugeni d’Ors.

Los safaris

Los destinos de los dos hermanos se cruzaron repetidamente a lo largo de sus vidas, de una forma más cercana que cómplice. Ambos se entregaron al arte sin reservas y compartieron aficiones singulares, como la caza en las grandes llanuras verdes del África austral. “No he visto en ningún lugar el sello de la animalidad tan enérgicamente”, escribió Nicolau en un pasaje contenido en el libro Viajes y Cacerías en el África Negra (Editorial Juventud, 1960).

Era el paisajista joven, atraído por la fuerza de un continente que todavía cazaba, como modo de vida y que ofrecía a los europeos las mejores piezas de los parques nacionales del Masai Mara de Kenia. Corrían los años de Lord Mounbaten en Nairobi, el tiempo del Club de Campo británico del cazador Denys George Finch Hatton y de la escritora Isaak Dinesen (seudónimo de la baronesa Blixen), autora de Memorias de África. Se rendía culto a los descubridores de la reina; fue el penúltimo momento de la hegemonía colonial de la Inglaterra victoriana; y de la mal cerrada aventura colonial española en África, con el final desastroso de Guinea.

El Turó Parc

Todo se comprimió, casi repentinamente, con la primera Gran Guerra; la descompresión posterior no hizo sino facilitar un mundo más opresivo y difícil, cuando los tanques del mariscal Romel señorearon el Sahara y los valles del Atlas. Nicolau Rubió, el diseñador de los jardines del Monasterio de Pedralbes, ponía a prueba su puntería frente a Elefantes y antílopes. Fregaba la treintena y llevaba en el bolsillo el flamante título de arquitecto de la escuela de Barcelona.

Había sido el primero es descubrir ante los gestores municipales la relación de Barcelona con la naturaleza; era un avanzado paradójico, con varios siglos de retraso, si se le compara con los maestros franceses que levantaron Versalles o con la Alemania de la República de Weimer, con el liderazgo de Walter Gropius. Nicolau estampó su firma en el paisaje efímero que unía circulación y sosiego en la Plaza de Francesc Macià; puso a la ciudad en el centro de las tendencias vigentes en París y en las capitales hanseáticas del Báltico, al diseñar un jardín de uso particular, el Turó Parc, al servicio de la ciudad.

Muy pronto dejó la caza mayor y fue orientando su interés hacia el naturalismo y la conservación de las especies. Revitalizó Montjuïc, dirigio Parques y Jardines,el departamento municipal que había soñado Prat de la Riba y se ocupó de dos grandes jardines privados que marcarían el futuro paisajístico del país, bajo el égida clasicista  del novecientos: la mansión en el Putxet del gran abogado de la Lliga Regionalista, Bertrand i Musitu y Santa Clotilde, sueño del doctor Raúl Roviralta i Astoul, más tarde Marqués de Roviralta. El reconocido médico pediatra encargó  un jardín inspirado en Villa Médici y Villa Borghese; Rubió dejó en él su más brillante contribución, claramente influenciado por Francesc d'Assís Galí i por Jean Claude Nicolas Forestier. Y allí, el mismo Josep Pla escribió y rubricó uno de sus ensalzados Homenots.

La influencia de Le Corbusier

Como arquitecto, en 1922, participó en el diseño del pabellón de Radio Barcelona e introdujo en Cataluña las tendencias de Le Corbusier. Entre 1922 y 1936 construyó la Iglesia de Santa María Reina en Pedralbes (Barcelona), una filial del Monasterio de Montserrat, donde denota una cierta influencia estilística basada en el Renacimiento italiano, principalmente en el arquitecto Filippo Brunelleschi.

En 1922 participó en el diseño del pabellón de Radio Barcelona en el Tibidabo, e introdujo en Cataluña las tendencias de Le Corbusier. En su escrito, El problema de los espacios libres —presentado en el XI Congreso Nacional de Arquitectos— propuso la colocación de una serie de espacios verdes en forma de semicírculos concéntricos entre los ríos Besós y Llobregat, a todo lo largo de la sierra de Collserola, con pequeños enclaves en la parte interior de la ciudad al estilo de los squares londinenses; lamentablemente, el proyecto no fue ejecutado, excepto en pequeñas porciones.

Cuando se celebró la Exposición Internacional de Barcelona de 1929 le encargaron los hoteles de la Plaza de España, donde alternó el clasicismo con el uso del ladrillo visto, y aprovechó la Exposición para presentar con R. Argilés el proyecto Barcelona futura, donde potenciaba el crecimiento natural. Publicó de forma continuada  artículos sobre arquitectura en D'Ací i d'Allà, Revista de Catalunya, Mirador, La Publicitat y Arquitectura i Urbanisme.

Fernando el más joven de los Rubió destacó como empresario químico con los citados laboratorios Adrómaco; fue un líder en invención para la troupe de emprendedores y sabios que poblaron la química en años sucesivos; entre ellos los Esteve, Uriach, Ferrer-Salat, Gallardo (Almirall) o el mismo Antoni Vila-Casas, que vendió Prodesfarma para convertirse en el principal mecenas catalán del arte contemporáneo. Fernando Rubió, médico, farmacéutico y científico, se convirtió en potentado y fue protector del pintor Pere Pruna y del escritor Mario Verdaguer. En él arrancó el mecenazgo de los Rubió y a él se le debe la creación de la Fundación y Colección privada. Hoy, en cualquier caso, el paso del tiempo consagra la hegemonía intelectual de Nicolau, cuya herencia artística y conservacionista disfruta el país intero. Los obras legadas por Nicolau Rubió están en jardines y edificios que expresan la gran descabalgada modernista y la llegada del tiempo de la línea clara y el buen gusto.