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'Sur', de José Guerrero, con obra legada en el Banco de Madrid, que atesoró Jaime Castell / MUSEO REINA SOFÍA

La colección perdida de Jaime Castell, fundador del Banco de Madrid

Castell atesoró piezas pignoradas y arrumbadas en el sótano del Banco de Madrid con obras de Saura, Chillida, Miralles, Guerrero o Campano

11 min

“Nunca he visto nada que fuera feo”. Esta expresión fue atribuida a Claude Monet,  el pintor que compartió con los impresionistas la idea de que el mundo era solo un despliegue mágico de colores. El color, pasión de los coleccionistas, llenó la vida de Jaime Castell Lastortras, el industrial y financiero catalán, que levantó un imperio y supo soltar amarras en la última etapa de su vida, en la que eligió Suiza como base de operaciones. Fundó el Banco de Madrid (a partir de la diminuta Banca Suñer) en el medio siglo y en él enterró una colección privada, elegante y valiosa, fruto de numerosas piezas pignoradas que se quedaron en la entidad a cambio de créditos impagados.

Cuando empezaba a ser clasificado por expertos, el arsenal artístico del Banco de Madrid se vio  envuelto en una diáspora que pasó por bancos amigos, como la Garriga i Nogués, y las alforjas del Banco de España. El Supervisor expone ahora algunas de sus piezas en el madrileño chaflán de Cibeles, en plena Milla de los Museos.

El cierre del Banco de Madrid, en 2015, fue obra de Luis de Guindos, entonces ministro de Economía, convencido de que la entidad financiera había llegado a ser una red de cuentas ocultas al fisco y de operaciones triangulares entre paraísos fiscales, países de cuentas secretas, como Suiza, y un enjambre caribeño de sociedades instrumentales sin control. Guindos entregó al Banco de España y a la Fiscalía las actas del Banco de Madrid. Desde aquel momento, el banco fundado por Jaime Castell, controlado en sus últimos años por la familia Cierco, a través de Banca Privada de Andorra (BPA), podía darse por muerto. Cuatro años más tarde, en 2019, un fallo de la Audiencia Nacional aseguró no haber encontrado operaciones irregulares en el Banco de Madrid y absolvió a sus gestores y accionistas; pero, el daño ya estaba hecho.

Piezas pignoradas

La aventura financiera de Castell fue en realidad una permanente huida hacia adelante. Navegó por el Mediterráneo; conoció los puertos de Taormina y Capri. Vivió el Paris del Folie, frecuentó la City de Londres y el Manhattan de Wall Street y de Andy Warhol. Glosó más de lo que hizo; su sello cosmopolita destacaba en la España triste de los años de silencio. Supo vivir al calor del poder establecido y aprendió a predecir el futuro. El modelo de la banca industrial española, con el Banco de Madrid en lo alto de una holding de participadas, fue lanzado por Jaime Castell. Su sentido del riesgo despertó a influyentes detractores y le granjeó enemigos poderosos en las élites financieras.

Ni las piezas pignoradas y arrumbadas en el sótano del Banco de Madrid ni las obras que adornaban las paredes de la zona noble de la sede de la entidad llegaron a los catálogos. El testimonio de algún ex directico reveló después la existencia de cuadros de Maella y José Madrazo, el primer marqués de Salamanca, obstinado artista y apasionado agiotista en el negocio del descuento, antecedente de la moderna Bolsa. En todo caso, quienes conocieron de cerca el tesoro que no llegó a disfrutar Castell hablan de dos siglos de pintura española, en el umbral del arte contemporáneo, con obras de Saura, Chillida, Miralles, José Guerrero, Pablo Palazuelo, Oteiza, Luis Gordillo o Miguel Ángel Campano.

Juan Antonio Samaranch en una imagen histórica del COI, recibirá el reconocimiento de Foment del Treball / CG
Juan Antonio Samaranch en una imagen histórica del COI, recibirá el reconocimiento de Foment del Treball / CG

Como buen patricio, Castell trató  de cubrir su imagen desde los medios afines o propios. Fundó el vespertino Tele-Exprés, aprovechando el espacio que concedía la Ley de Prensa de Fraga, y les dio la dirección del diario a Carles Sentís y Manuel Ibáñez Escofet. También lanzó en los quioscos la revista en catalán Telestel. Con un pie todavía en el antiguo régimen, aprovechó los cantos democráticos de los primeros setentas. Situó la sede del Banco de Madrid en la Diagonal de Barcelona (el edificio actual del Grupo Godó)  e integró en el consejo de administración del banco a Juan Antonio Samaranch (entonces presidente de la Diputación y más tarde presidente del COI), a Joaquín Viola (alcalde, asesinado por el grupo terrorista EPOCA), a José María Porcioles (notario y alcalde), al propio presidente del INI y del INH, Claudio Boada, y a José María Martínez Bordiu, hermano del marqués de Villaverde.

Las huellas de la colección de Castell

Las colecciones perdidas son fondos insondables de leyendas y de verdades plasmadas en paredes ajenas. En la Barcelona actual, sembrada de espacios de vanguardia (las galerías Peragón, Pere Tapies o Marlborough, entre otras) subyacen momentos expositivos de obras gráficas y piezas de nombres como Jeff Brouws, Susy Gómez, Ricart Vilafranca, Rafael Cuartielles, Joan Escudé o Antonio Ortega; también participan en este telón de fondo los recuerdos de exposiciones recientes con piezas del expresionismo alemán o de artistas tan relevantes como Francis Bacon o Henry Moore.

Con la mirada puesta en lo que hay más allá de los fondos museísticos de los grandes, como el Macba, el MNAC o el Picasso, Barcelona tiene a la vista a artistas como Joan Hernández Pijuan, Luis Gordillo o Albert Ràfols-Casamada (material permanente de la Joan Prats) y al selecto club de la Sala Gaspar, con los Miró, Dalí, Tàpies, Eduardo Chillida, Andreu Alfaro, Claudi Casanovas o Gaston-Louis Roux.

Estos últimos, unidos a los Chagall, Calder, Dalí, Pollock, De Kooning, o los pintores del grupo El Paso, definen una presencia de empaque al alcance del turista o del buen aficionado. Para los coleccionistas incipientes, en estos fondos se encuentran las huellas de la desaparecida colección amasada por Castell, que acabó dispersándose por medio de subastas o de operaciones privadas entre comprador y vendedor. Tampoco hay forma de saber que parte de las obras pignoradas y ejecutadas por impago fueron a parar al fondo del Banco de España, que las luce en el citado chaflán de Cibeles. 

Una imagen de archivo de Mario Conde
Una imagen de archivo de Mario Conde

En la segunda mitad de los setenta, la política se comió a la economía. El grupo Castell mostró el oropel vacío que antecede a la caída. Su corporación industrial había concentrado el grupo familiar de empresas heredadas  ---la alimentaria La Piara, la curtidora Pielsa o los laboratorios Funk-- con  las textiles Gossypium, Ter Industrial, Tecla Sala, Ignasi Font SA; y en elmismo cesto se añadieron las públicas, como Intelhorce e Hytasa, creadas en Sevilla junto al río Guadalorce por el general Quipo de Llano en plena Guerra Civil.

El antecedente de Conde

Castell aceptó siempre con fair play el guiñol popular que arrastraba su nombre: en Sevilla fue el patrón del Valle de los Tejidos, parodia popular de los Caídos y en Barcelona, se convirtió fugazmente en el emblema de la Plaza de Sant Jaume Castell, así llamada por sus vecinos, porque el empresario tuvo en nómina a Samaranch (Diputación) y al alcalde Viola, en ambos lados de la misma plaza.

Pero la carrera de Castell como empresario llevada en su interior el cáncer de una reconversión mil veces aplazada. En 1977, el año en que fue destacado como el mejor empresario catalán por la revista Fomento de la Producción, Castell liquidó su grupo, vendió todas sus empresas y se fue a vivir a Suiza; desde Lausane administró  su división internacional: el Intercontinental Bank de Miami y la Banque Internationale de Gestion, con oficina operativa en las Bahamas. A la postre, Castell fue el mejor antecedente de Mario Conde (desafió a la vieja aristocracia latifundista) y rivalizó con Vila Reyes, el empresario textil de Matesa, que todavía en plena autarquía, desafió a la Dirección General de Transacciones Exteriores.

A la hora del recuento, se merece haber sido quién mejor entendió el papel de la banca como proveedora incesante de liquidez a sus empresas. Pero esta misma virtud, firmó su sentencia de muerte por parte del lobby bancario español de los Siete Grandes, dispuestos a mantener el modelo de banca comercial, en una época en la que el pasivo de los clientes llenaba las arcas de las entidades. Los Garnika, Aguirre Gonzalo, Escámez, Pedro de Toledo o Sánchez Asiaín controlaban el ahorro de todo el país y se conjuraron para derribar el castillo de naipes creado por Castell.