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Una imagen de la exposición 'Antoni Tàpies. Teatro', en la Fundación Antoni Tàpies / EFE

La Barcelona de René Metras y Francisco Godia

Metras trabó una gran amistad con Tàpies y con jóvenes escritores interesados en el surrealismo y el arte informal

8 min

La euforia del corazón ante el 'genio del lugar' unió al mejor galerista de los años cincuenta, René Metras, con el gran coleccionista de arte de aquel momento, Francisco Godia. Dos décadas después de la muerte del marchante (1983) nacido en Lyon y heredero de una industria francesa de estampados,  sus hijos, Margaret y Charles Metras, hacían suyo el ideario de su padre como galerista de las vanguardias. Marcados por el optimismo de seguir la carrera del padre, lo testimoniaron en un legado escrito y reproducido en varios periódicos. Pero una vez más, la herencia intelectual no pudo con el oleaje de los ciclos: La conocida Galería Metras, situada en el cluster pictórico de la calle Consejo de Ciento de Barcelona, cerraba otras dos décadas más tarde, en 2013.

Entre la segunda mitad del siglo XX y el primer tercio del XXI, los Metras ennoblecieron el tesoro de René: su iniciático papel de agitador en la colonia veraniega de Sant Celoni, con las familias Cuixart, Barba, Goday; su alcalde, Lluís Maria Riera; los Muntcanuts, el doctor J. Raventós --amigo íntimo de Picasso-- y el entonces desconocido Antoni Tàpies. Construyeron una congregación de artistas de vida azarosa, que actuó como el núcleo del Dau al set (1948-1951); el galerista fundo, dirigió y sostuvo económicamente El correo de las artes, la efímera publicación de pintores como Joan Brossa,  Modesto Cuixart, Joan Pons o Joan Tàpies; y de  críticos, como Arnau Puig y  Juan Eduardo Cirlot.

Las vanguardias rodaban más allá del cerril entorno cultural de la España oscura que prolongaba sin fin una posguerra convertida en modus operandi del poder. Gracias a su pasaporte francés, que le permitía entrar y salir por las fronteras sin ser advertido, y a sus relaciones en Europa, Metras se convirtió en el cosmopolita por antonomasia. Importaba las influencias del expresionismo alemán; pincelaba sus conversaciones con el azul abstracto de Kandinski y de Paul Klee y deleitaba con el cubismo casi trasnochado del Paris de Picasso y Gertrude Stein, la escritora norteamericana, gran coleccionista de arte.

Frente a la España negra

En un trabajo memoralístico rotundo, Daniel Giralt Miracle recordó a Metras con estas palabras: “Tenía ocho años cuando sus padres llegaron a Cataluña y se instalaron al pie del Montseny, en Sant Celoni, donde, gracias a su innata inclinación por la pintura, que incluso llegó a practicar, trabó una gran amistad con Tàpies y con jóvenes escritores interesados en el surrealismo y el arte informal. Cada vez prestó menos atención a su carrera de ingeniero textil en la fábrica paterna y mucho más al arte y los artistas”.

Fundó su galería en 1962, después de conectar con los más notables galerístas internacionales, y colocó este epígrafe a modo de intención inequívoca: Presencias de nuestro tiempo;  levantó un arco simbólico bajo el cual desfilaron Miró, Tàpies, Dalí, Cuixart y Ponç; y con el tiempo Artigau, Bechtold, Bury, Corberó, Chancho, Chillida, Feito, Fontana, Ferrarit, Guinovart, Hernández Pijoan, Le Parc, Marcel Martí, Millares, Pericot, Zush, Pascual, Saura, Tur Costa, Tharrats, Uctes, R. Vallés, Vasarely, Villèlia, Wols, Yturralde... Todos.

Barcelona se aislaba de la España negra para vivir el arte como  expresión de un espíritu libre y renovador. Huía sin proponérselo de las colecciones reales –destinadas al Museo del Prado- atesoradas por nuevos ricos, como la había sido el Marqués de Salamanca, el agiotista bursátil de la fiebre del oro, que tuvo a gala ahogarse literalmente entre lienzos de Leonardo, Tiziano, Giorgione, Tintoretto, Veronese, Rafael, Parmigianino y Caravaggio.

Como galerista, René Metras tuvo el reverso de su moneda en el Madrid de Juana Mordó, la mujer que levantó el grupo El Paso y monitorizó la irrupción del informalismo español, en su etapa de directora de la Galería Biosca. En Barcelona, la trayectoria del marchante de origen francés transcurrió en paralelo al renacer del coleccionismo catalán, concentrado entonces en la figura de un empresario de éxito: Francisco Godia, ex presidente de SA Cros, de Iberpistas  y piloto de Fórmula 1, en los últimos años de la Peña Rihn, sobre los peraltes del Terramar de Sitges o en el antiguo circuito de Diagonal.

Tiempo de silencio

Tras la desaparición del empresario, su colección se fue instalando en la Fundación Godia de la mano de una de sus hijas, Liliana Godia, apoyada en el trabajo sistemático del historiador Francesc Fontbona. En uno de sus mejores momentos, este patronato, fundado en 1999, presentó al público la recopilación De Fortuny a Barceló. Coleccionismo generación Francisco Godia. La muestra, que incluía piezas de otros coleccionistas españoles como Placido Arango, Varez-Fisa o Daza-Aristi,  sirvió de pretexto para colgar de forma permanente en las paredes de la Fundación Godia dos picassos: Escena de la vida bohemia, de 1900, y Retrato de Olga, de 1920-, así como piezas de Zuloaga (Aldeano vasco merendando, 1935), Togores ( Le tonkinois, 1921) o Juan Gris (Compotier et verre, 1916).

En el tiempo de silencio, el marchante y galerista desafecto, René Metras, se cruzó con el coleccionista Francisco Godia, un hombre explícitamente del Régimen, afecto recalcitrante. Fueron cercanos, pero opuestos. Metras se mostró inclusivo con las vanguardia; Godia, refractario ante lo no consagrado; explorador el primero e inversor el segundo; buscador de perlas, el marchante y comprador de series, el coleccionista. Ambos aprendieron el oficio en los deshechos de la diáspora Plandiura, y muy pronto, enfocaron sus capturas en las casas de subastas de París, como el Hôtel Drouot  o la Artcurial, con sede en el Hôtel Marcel Dassault, sin desmerecer las conocidas firmas de origen británico, Sotheby's y Christie's.

Trataron con el arte en un tiempo en el que todo estaba circunscrito por los lienzos y el óleo. Apostaron y ganaron antes de su caída. No vivieron para conocer el declive gestionado por sus descendientes: Margaret y Charles Metras, al poner punto muerto a la Galería de su padre y Liliana Godia, al cerrar en 2015, la Fundación Godia, el patronato que embelleció las paredes  del arquitecto Enric Sagnier, en la Casa Garriga i Nogués.