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Lluís Plandiura, retratado por Ramón Casas / ARCHIVO

El arte del 'azucarero' Plandiura

El secreto de Lluís Plandiura y los textiles Enric Batlló y Camil Fabra, el fundador de la Fabra i Coats que financió el observatorio

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El azúcar y la remolacha estuvieron en el origen de importantes sagas empresariales catalanas, antes del declive del ladrillo, donde mueren los mejores sueños industriales. Uno de los casos emblemáticos de aquel auge y su posterior caída se concentró en la figura de Lluís Plandiura, patrón de la empresa Plandiura y Carreras SA, dedicada al comercio del azúcar y el café, un emprendedor cuya fortuna le permitió amasar la mayor colección de arte privada que ha existido en Cataluña. Una colección jamás igualada por sus competidores, como Enric Batlló o Camil Fabra, ni tampoco por el adinerado político Francesc Cambó o el mismo Maties Muntadas, gestor de la España Industrial, joya textil en su momento álgido, fundada por el pionero Josep Antoni Muntadas.

El caso de Enric Batlló (1848-1925), dueño --junto a su familia de Olot-- de fábricas textiles algodoneras como Can Batlló y primer dueño de la archiconocida Casa Batlló del Paseo de Gracia de Barcelona, resulta particular por su donación, gratuita y sin contrapartidas, a la Junta de Museos, de 924 piezas. Entre ellas, una de las piezas del románico catalán que lleva el nombre de La Majestad Batlló, además de miniaturas, vidrios, armas y objetos etnográficos. Por su parte, Camil Fabra (1833-1902), primer Marqués de Alella, industrial textil dueño de la Fabra i Coats, responsable de levantar el Observatorio Fabra --para el que donó 250.000 pesetas-- e impulsor de la primera línea de ferrocarril Barcelona-Mataró, fue el gran desconocido coleccionista. Donó al morir a la Junta de Museos 120 obras, fundamentalmente pinturas costumbristas y realistas --sintió rechazo por el gusto de las vanguardias-- con la única condición de que no se dispersaran. La suya fue la primera donación de obras de arte de un particular, pero solo se cumplió su mandato durante cuatro años, porque finalmente sus obras se repartieron por varios museos de la ciudad. Y a una decena de esas pinturas se les perdió la pista. Desaparecieron para ser encontradas años después en colecciones de bancos o entidades financieras que se las habían quedado como garantía financiera de préstamos.

Plandiura marcó un listón inalcanzable para los coleccionistas catalanes en los años en que las subastas de arte, en Londres, París o Barcelona, no tenían el empuje posterior alcanzado por firmas como Sotheby's o Christie's. El récord del empresario azucarero no ha sido igualado tampoco por la enorme recolección de arte primitivo y oriental desplegada, en una etapa más reciente, por Albert Folch Rusiñol, pionero del Grupo Titán. Plandiura estableció puentes con Madrid a través de Eduard Toda (diplomático y rehabilitador del Monasterio de Poblet) y, como otros emprendedores forjados en la Fiebre del Oro, pasó puntualmente por la política. En su caso, lo hizo como diputado del Partido Liberal de Romanones. Su caída empezó después de la Expo del 29 en Barcelona, con el hundimiento del precio del azúcar en los mercados internacionales de materias primas, que le obligó a vender su colección a la Junta de Museos de Barcelona. Renació puntualmente, como coleccionista, después de la Guerra Civil, con obras significativas de la vanguardia europea, recopiladas más tarde por la Biblioteca Museo Víctor Balaguer de Vilanova i la Geltrú, y conservó una parte en su casa de La Garriga, dispersada definitivamente en los años sesenta de la pasada centuria.

Su mejor muestra, el gran conjunto de pintura noucentista, que incluye el fantástico ciclo pictórico de Xavier Nogués, lució en las paredes y artesonados de la Casa Plandiura de Barcelona, y hoy se puede ver en el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC). El industrial y amante del arte fijó su residencia y también su primera fábrica de azúcar en el número seis de la calle de la Ribera, entre el Paseo de Picasso y la calle Comerç, un conjunto con ventanas y puertas medievales, provisto de vidrieras de Antoni Gaudí. Todo bajo la firma arquitectónica de Josep Fontseré, el maestro de obras que urbanizó la zona después del derribo de la antigua Ciudadela. Manuel Vilar, el autor de la única monografía del coleccionista, Lluís Plandiura (Edicions La Garriga Secreta), expone las claves de la pasión del empresario y el hermetismo de sus descendientes que se negaron repetidamente a trasladar al Palacete Albéniz la parte de la colección que se supone que permanece dentro de la casa. Esta propuesta surgió del notario Raimon Noguera, dirigida al entonces alcalde José María Porcioles. Este se mostró entusiasmado con la iniciativa. Pero la familia lo desautorizó. Tampoco se llevó a cabo, muchos años más tarde, otro de los intentos de traslado al Palacio de Pedralbes, a instancias de Luis Monreal, historiador, arqueólogo y director de la Fundación Aga Khan. A criterio de los expertos, además de cuadros colgados en las paredes y piezas escultóricas menores, en el antiguo edificio están arrumbados los papeles que podrían llenar las lagunas que tiene el Archivo Plandiura, custodiado por la Casa de l'Ardiaca (Archivo Histórico). En este archivo oficial del coleccionista se encuentra el texto original de Eugenio d'Ors para la obra Cincuenta años de pintura catalana, así como documentación de la charla que Josep Pijoan dio en el domicilio particular de Plandiura el 15 de noviembre de 1928. Además se halla depositado un amplio número de fotografías de obras de Ricard Canals enviadas por Durand Ruel desde París y Nueva York, para la organización de la exposición póstuma de este pintor, celebrada en la Sala Parés de Barcelona el año 1933.

A partir del interés por los murales paisajísticos conservados en el interior del domicilio del coleccionista, la historiadora Cecilia Vidal escribió Xavier Nogués (1873-1914), después de una larga visita llevada a cabo tras la muerte de Antoni Plandiura, hijo del gran coleccionista. Sin embargo, su versión tampoco explica el llamado “secreto del número deis de la calle de la Riba”, como es citada a menudo la Casa Plandiura por expertos y amantes del arte. En cualquier caso, nadie duda del gran esfuerzo recopilador ni de la herencia cultural de Plandiura, que adquirió muchas piezas en Nueva York, París, Roma y Londres que habían salido de Cataluña durante la primera Gran Guerra. El empresario azucarero tenía a un buen grupo de agentes repartidos por diferentes ciudades que le compraban obras y mantenían contactos con la Iglesia y los anticuarios. Plandiura fue un comprador compulsivo, siempre dispuesto a superar el precio de otros ofertantes.

Quedan todavía interrogantes sobre la dispersión de su colección, incluso durante sus mejores años bendecidos por los beneficios industriales. Se desconocen extremos concretos, como la venta de gran parte de sus pinturas románicas de Santa María de Mur a un coleccionista norteamericano afincado en Boston, en 1921. El origen de su colección se fue gestando a lo largo de dos décadas. Plandiura reunió 240 carteles modernistas que acabó vendiendo a través de una gran exposición, con el objetivo de poner en pie su gran colección de arte sagrado. Llegó a tener 65 pinturas románicas de gran calidad y 117 esculturas medievales; 650 cerámicas y 65 esmaltes. Además, ya en sus comienzos, atesoró 300 obras contemporáneas, firmadas por Casas, Nonell, Mir, Togores, Sunyer y Picasso (del que llegó a reunir 15 obras).

A Plandiura solo pudo superarlo, como coleccionista, Francesc Cambó, pero el político regionalista se vio obligado a interrumpir su proyecto durante la Guerra Civil. Como contrapartida a su colaboración con el bando nacional, las autoridades del régimen autoritario le dejaron sacar del país ocho de sus obras, firmadas por Rubens, Tiziano, Tintoretto o Sebastiano del Piombo. Con esta buena dosis de Renacimiento italiano y dejando atrás la España oscura de los años 40, el político decoró su casa en Argentina, su país de destino, donde fundó la compañía eléctrica, Chade, nacionalizada años después por Juan Domingo Perón. En el momento de embarcar sus contenedores, Cambó tuvo que aceptar que, más allá de la influencia, todo tiene un precio. A cambio de lo que se llevaba, donó ocho obras italianas del Quattrocento que se incorporaron al Museo del Prado, entre ellas, tres cuadros de Botticelli.