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Un retrato del político catalán Antoni de Capmany / CG

Antoni de Capmany y la nación de naciones

Su idea de España quedó fosilizada como un ejercicio voluntarista de superación de la contradicción entre los conceptos de unidad y pluralidad

25.02.2018 00:00 h.
9 min

En los últimos años se ha reiterado que la paternidad del concepto de "nación de naciones" correspondía al socialista segoviano Anselmo Carretero, muerto en el exilio mexicano en el año 2002. Ciertamente, fue Carretero en su obra Las nacionalidades españolas (publicado en primera edición en México en 1952, y en segunda edición española en 1977) el que intentó conjugar la idea del Estado-nación con la pluralidad de sentimientos de pertenencia que él llamaba naciones. Sin duda, sus ideas flotaron en el momento de la gestación de la Constitución y contribuyeron decisivamente a que los padres de la misma asociaran en el artículo dos, la unidad de la nación española y "la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran". Echando la vista atrás, parece bien patente que la auténtica paternidad de la conciliación Nación-naciones en el marco de España hay que atribuírsela al gran ilustrado catalán Antoni de Capmany i Montpalau.

Nacido en 1742 en el marco de una familia que había sido austracista en la Guerra de Sucesión, estudió Filosofía en el Colegio Episcopal de Barcelona para hacer después una breve carrera militar en el regimiento de Dragones de Mérida, participando en la guerra con Portugal en 1762. En 1770, colaboró con Pablo de Olavide, al servicio de la monarquía de Carlos III en el proyecto de repoblación de Sierra Morena a través de la inmigración de familias centroeuropeas. Desde los años 70, vivió a caballo entre Barcelona y Madrid.

Críticas al catalán

La Junta de Comercio catalana le encargó una historia de los logros de la burguesía catalana que supo plasmar en una obra magistral: Memorias históricas sobre la marina, comercio y artes de la antigua ciudad de Barcelona (1779-1782) que se ha considerado la primera historia económica que se hizo en España. Paralelamente fue miembro de la Real Academia de la Historia (1776) y secretario de la misma (1780). En ese marco desarrolló una obra extraordinaria como filólogo.

Su imagen de la lengua catalana ha quedado como una de las mayores críticas del catalán, emanadas desde la propia Cataluña: "Lengua muerta, anticuada, plebeya y desconocida hasta por los propios catalanes". Era el momento de la hegemonía plena del castellano en la España borbónica, paralela a los decretos de Carlos III contra la enseñanza del catalán.

Enfrentamientos

Desubicado en su papel de puente entre Cataluña y el conjunto de España, se llevó mal con casi todo el mundo. Fuertemente atacado por Forner, Alcalá Galiano, y sobre todo, Quintana, uno de los líderes de la progresía romántica del momento que lo llamó: "Hipócrita, negro, calumniador, pirata y salteador del mundo literario, maldiciente, crítico superficial, injusto y maniático" y otras lindezas. Las querellas de los intelectuales competitivos en las luchas por los beneficios del poder. Capmany no se quedó corto a la hora de acusar a Quintana de vanidoso y falso patriota con el argumento de haber huido de Madrid el 2 de mayo de 1808 y de haber escrito una falsa biografía autojustificativa.

1808 fue una prueba de fuego para toda la sociedad española. Los intelectuales se dividieron. Capmany se mojó hasta las cejas. Su Centinela contra franceses es una crítica virulenta de Napoleón y del despotismo jacobino francés. En septiembre de 1810, Capmany sería elegido diputado por las Cortes de Cádiz junto a otros 16 diputados a los que se sumarían más tarde nueve diputados catalanes.

Nación

En esta coyuntura histórica, Capmany hizo gala de un pensamiento conservador, tradicionalista, nostálgico, que se refleja en sus puntos de vista respecto al foralismo o los gremios. En el concepto de España, Capmany intentó armonizar la unidad nacional y la pluralidad de naciones culturales. Distingue entre país, que identifica con territorio, respecto a la nación o patria que identifica con unidad de voluntades vinculada a unas leyes, costumbres, lengua, conciencia militante, frente a otras naciones: "¿Qué le importaría a un rey tener vasallos si no tuviese nación? A esta la forma no el número de individuos sino la unidad de voluntades de leyes, de costumbres y del idioma que las encierra y contiene de generación en generación... si los italianos y los alemanes divididos en tantos estados de intereses, costumbres y gobiernos diferentes, hubiesen formado un solo pueblo, no hubieran sido invadidos ni desmembrados. No son naciones. El grito general: ¡Alemanes! ¡Italianos! no inflama el espíritu de ningún individuo".

Significativamente en sus intervenciones en las Cortes, en junio de 1811 y enero de 1813 les dice a los diputados: "Aquí no hay provincia, aquí no hay más nación que España. Nos llamamos diputados de la nación y no de tal o cual provincia. Hay diputados por Cataluña, por Galicia, no de Cataluña o de Galicia... Entonces caeríamos en el federalismo, llámese provincianismo". Pero su visión de la unidad patriótica española no tiene nada que ver con la de Francia: "En la Francia organizada, que quiere decir aherrojada, no hay más que una ley, un pastor, y un rebaño destinado por constitución al matadero. En Francia no hay provincias, ni naciones, no hay Provenza ni provenzales, Normandía ni normandos, se borraron del mapa del territorio y hasta sus nombres, como ovejas que no tienen nombre individual, sino la marca común del dueño. Aquí no hay patria señalada por los franceses, todos se llaman franceses al montón como quien dice carneros".

Unidad, que no uniformidad

Frente al jacobinismo de libres e iguales se plantea: "¿Qué sería ya de los españoles si no hubiera habido aragoneses, valencianos, murcianos, andaluces, asturianos, gallegos, extremeños, catalanes, castellanos...? Cada uno de estos nombres inflama y envanece y de estas pequeñas naciones se compone la masa de la gran nación, que no conocía nuestro conquistador, a pesar de tener sobre el bufete abierto el mapa de España a todas horas". Unidad, que no uniformidad. Nación constituida por pequeñas naciones. Un mensaje ambivalente que nunca sería tenido en cuenta en los siglos XIX y XX ni por el centralismo ni por el federalismo.

Capmany quedó arrinconado por el paso de la historia. Murió en Cádiz de peste en 1813. Sus restos fueron retornados a Barcelona y depositados en el cementerio de Poble Nou donde fueron profanados en 1936. Su retrato fue incluido en la Galería de catalanes ilustres en 1871 pero nunca fue bien valorado por el nacionalismo​ catalán. Rovira i Virgili lo calificó de falsa gloria catalana. Otros historiadores catalanes consideran que murió demasiado tarde, recordando al Capmany ilustrado autor de la historia económica de Cataluña. Capmany ha cargado siempre con la hipoteca de los hombres fronterizos entre dos épocas. Ilustrado que se quedó antiguo ante el empuje de los liberales modernos impacientes. Su idea de España quedó fosilizada (sólo retornada tímidamente en 1978) como un ejercicio voluntarista de superación de la contradicción entre los conceptos de unidad y pluralidad.

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