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Alicia Koplowitz, en la ceremonia de entrega de los Premios Nacionales de Investigación 2019 en el Palacio Real de El Pardo, en Madrid, en febrero de 2020 / EP

Alicia Koplowitz, una coleccionista de postín y embrujo de faraona

Koplowitz ha sido definida por galeristas como una inversora con olfato, con piezas de arte contemporáneo, desde Picasso hasta Barceló

11 min

Mujer de pómulo alto y dedos de bailaora, Alicia Koplowitz sintió de muy joven el influjo del arte. Pasaba tardes enteras con los hijos de Cayetana, la última duquesa de Alba, en el Palacio de Liria, con las paredes adornadas de pintores flamencos y goyas. La segunda hija del emigrante judío polaco, Ernesto Koplowitz Sternberg, socio íntimo de Ramón Areces en El Corte Inglés y fundador de Focsa en Barcelona, veía con el mismo ardor los claroscuros amarillentos de Rembrandt que los cielos algodonados de Rubens. En Liria, tuvo que conformarse con el lienzo de cuerpo entero de María del Pilar Teresa Cayetana de Silva Álvarez de Toledo, la legendaria XIII duquesa, pero perdió la chaveta, como todos, oyendo hablar de la llamada Viuda de negro. No pudo sustraerse a la misteriosa ausencia de la otra duquesa, la que marcó la educación sentimental del gran pintor aragonés, aunque su cuadro se extraviara en la diáspora de la gran colección, para reaparecer en una muestra reciente en el Museo del Prado.

Alicia les ponía ojitos a todos; lo mismo a un Romero de Torres que a los mostrencos barrocos de Españoleto; también contemplaba absorta los abundantes bodegones que  inundaron los palacetes del barrio de Salamanca y que eran objeto de chanzas en el trinquete de Recoletos, el singular edificio mudéjar, recientemente restaurado por el Ayuntamiento de la capital. Estudio en el Liceo Francés y en Bellas Artes. Y fue de sus años mozos, de dónde Alicia sacó su afición a los retratistas y pintores de corte, como  Pantoja de la Cruz, o su admiración por las vírgenes de Zurbarán, que hoy completan su colección. Uno se hace coleccionista a partir de la inclinación que nunca cesa, se tenga o no dinero; y a ella, esta pasión la mordió desde muy joven; y se la pudo permitir.

 

 

Alicia Koplowitz, una coleccionista de postín y embrujo de faraona / YOUTUBE

El patrimonio Koplowitz se debe en gran medida a las plusvalías desmedidas del ladrillo de la última década del siglo pasado a partir de FCC, la constructora nacida en 1992 de la fusión de dos empresas: Construcciones y Contratas y Fomento de Obras y Construcciones (Focsa). Esther y Alicia, ambas hijas del gran empresario fallecido en 1962, se jugaron con una moneda al aire la herencia dejada por su padre en la Colonia de Camorritos (Cercedilla); aquel día, ganó Esther y bastantes años después, Alicia se plantó en el despacho de su hermana, en el Paseo de la Habana, para deshacerse también de FCC, la constructora, que lideró el ladrillo y los servicios urbanos.

La hegemonía de FCC empezó en la Focsa catalana de los Mas Sardà y los Piera, socios que disimularon siempre la mano fundacional de los Koplowitz. La empresa hizo ricos a sus dueños y llenó las manos de sus pequeños accionistas, gracias a su enorme liquidez en Bolsa; en la Sala de Contratación de la Casa Llotja de Mar, la acción de Focsa fue, durante muchas décadas, la estrella del parquet.

Francisco Mas Sardà, conocido en el mundo de las finanzas con el sobrenombre de Pacote, lideró formalmente la empresa y se mantuvo en la presidencia de su banca familiar, la Mas Sardà, una de las entidades de gentilicio (junto a la Jover, la Garí o la Riva i Garcia, entre otras), conocidas en Barcelona como los bancos de las Ramblas.

Alicia vendió a su hermana sus acciones de FCC por 870 millones de euros y creó Omega Capital, un family officce gestionado por Oscar Fanjul, ex presidente de Repsol. Omega, con un fondo de recursos valorado en 2.500 milones de euros, despliega tres actividades: gestión de cartera (participaciones en Enagás, Telefónica, Repsol o Acerinox), inversión inmobiliaria e inversión en arte. Cuenta con presencia en Nueva York, Miami, Washington, Londres o Lisboa y mantiene vínculos asociativos con Amancio Ortega, fundador de Inditex, o con Gerald Cavendish, sexto duque de Westminster.  Desde la constitución de esta holding, la pequeña de las Koplowitz robustece una de las mejores colecciones privadas de arte de España, con sede en un edificio señorial del Paseo Eduardo Dato.

Valor sentimental

Como empresarias, los caminos de las hermanas se bifurcaron y aquella transacción de FCC se convirtió en un pasivo que aniquiló financieramente a Esther. El magnate mexicano Carlos Slim se hizo con el control de la compa­ñía tras una opa en 2016 para pasar a controlar el 61,1% del capital, frente al 20% de Esther, que se mantiene como segunda accionista de una compañía más internacionalizada, pero con menores beneficios. Las célebres Koplowitz han pasado además por tensiones patrimoniales a causa de los pleitos familiares, como el que provocó el derecho sucesorio de su hermano Carlos, que obligó la exhumación del cadáver de Koplowitz Sternberg para realizar una dura prueba de ADN.

Alicia ha sido definida por curators y galeristas como una inversora con olfato. Posee piezas de arte contemporáneo, desde Picasso hasta Barceló, además de soberbios pintores anteriores al ochocientos, como Modigliani, Old Masters o el mismo Goya, que parece repetirse una y mil veces en su inconsciente, allí donde duermen los anhelos de adolescente. Una de sus obras favoritas, por su valor sentimental, son unas tablas que reflejan la batalla entre Moctezuma y Hernán Cortés, adquiridas por sus padres. La mitad de estas piezas se conservan en el domicilio de Esther; son las pocas obras que los ladrones dejaron intactas  en el año 2001, cuando una banda robó una veintena de cuadros de gran valor y varias piezas arqueológicas. Hoy, recuperado casi en su totalidad, este conjunto, considerado la colección menor de Esther, cuelga junto a óleos de Pissarro, Sorolla, Juan Gris o Lucian Freud.

El cuadro de Madrazo donado al Prado

El mecenazgo riguroso que aplauden los expertos, condujo a Alicia en presencia de un retrato de Federico de Madrazo, pintado en 1850, en el que Josefa del Aguila Ceballos hizo de modelo. Se trata de una obra de las más relevantes del periodo de madurez de Madrazo, adquirida por Koplowitz y donada al Prado, cuyo inventario recoge un manuscrito del pintor en el que figura el título de Retrato de la vizcondesa de Aliatar. No hace falta añadir que el Prado y sus inventores, los Madrazo, han sido un matrimonio ejemplar del arte en España. Federico fue uno de los mejores artistas del romanticismo español, medible en su especialidad con Franz Xaver Winterhalter, pintor y litógrafo, que llevó a la tela las imágenes más elogiadas de Sissi o Eugenia de Montijo.

La vocación de Alicia, plasmada en esta donación con pocos precedentes en España, convirtió a la coleccionista en miembro de pleno derecho de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Su riguroso aproche al arte la ha convertido en émulo de mujeres que fueron mecenas históricas, con casos descollantes --no caben las comparaciones, pero si las correlaciones-- como la marquesa de Mantua o María de Médici, que empezó compitiendo en el acopio de grandes obras con su hijo el rey Luis XIII de Francia y acabó declarándole la guerra en defensa del pontificado romano frente a la Galia protestante.

Un laberinto particular

El coleccionismo de arte es el hilo conductor de una identidad; una modalidad de acción ante la belleza que, sin contraponerse a la del artista creador, abunda en la imagen fiel de la obra. Se ha dicho en muchas ocasiones que la mirada de una colección representa al coleccionista, lo que en el caso de Alicia Koplowitz concuerda con su esquemático mensaje ante los académicos el día de su discurso de entrada: “el arte ha sido fiel compañero y ha jugado un papel tremendamente sanador”.

De entre sus piezas más escogidas, los entendidos extraen las que reflejan el empoderamiento de la mujer, frente a las reiteraciones clásicas que van desde la cosificación femenina hasta el papel de madre y ángel del hogar. Lo dicen sin palabras sus Toulouse-Lautrec o Van Dongen. A estos pintores, Alicia los ha convertido en referencias filosóficas y estéticas de algunas de sus exposiciones, como la que llevó a cabo en  el museo Jacquemart-André de París.

Alicia ha sido fiel a un laberinto muy particular que empezó en Barcelona, donde sintió el aguijón de las vanguardias y atravesó el Madrid de El Paso o la Escuela de Vallecas. Llegó tarde a la experiencia del abstracto, representado en el Museo de Cuenca, pero recuperó terreno en Florencia, Roma o Nueva York. Hoy, su mecenazgo vacía tinteros y llena el zurrón de los rastreadores.