Alexandre Ros y la Cataluña desengañada

Defensor del uso del castellano en Cataluña, fue el primer predicador del desengaño político ante las experiencias de ruptura con la monarquía española

Alexandre Ros y la Cataluña desengañada
29.04.2018 00:00 h.
9 min

Este personaje es el modelo del clérigo catalán muy bien integrado en las estructuras de poder y de la monarquía española de su tiempo. El contrapunto de Pau Claris. Nació en Lleida, hijo de Doménec de Ros, natural de Berga, y de la noble lleidatana Isabel de Gomar. Estudió gramática en el Estudio de la Compañía de Jesús, en Lleida, y profesó en el mismo colegio como sacerdote. Se desplazó a Zaragoza, donde convivió con Gracián. En 1633 pasó a un colegio de Girona como profesor y tres años más tarde se trasladaría al colegio jesuita de Gandía. Participó en el Concilio Provincial de Tarragona, publicando su célebre Memorial en defensa de la lengua castellana para que se predique en ella en Cataluña, que escribió con el pseudónimo de Juan Gómez Adrín. Su posición fue siempre castellanista como la de la mayoría de los jesuitas (con alguna excepción como Jaume Puig).

La Paeria de Lleida quería imponer a los jesuitas impartir la docencia en catalán. En el concilio provincial de Tarragona de 1636-37, Ros se enfrentó con el obispo de Tortosa Justino Antolínez de Burgos que defendía el uso del catalán. El conflicto lingüístico se dio especialmente en lugares de frontera. En Arenys de Lledó, muy cerca de la Franja, se demandaban las predicaciones en catalán. Los jurados de Castellón o los de Morella, en cambio, las requerían en castellano. La diglosia era patente. El castellano era reivindicado por las oligarquías urbanas. El catalán era promocionado desde criterios tridentinos que reivindicaban la enseñanza en la lengua más conocida, más popular. No hay una correlación lengua-adscripción política. Pau Durán, obispo de Urgell, enemigo de Pau Claris, el presidente de la Generalitat, reivindicó siempre la predicación en catalán. Las cartas que se cruzaron Pau Claris y el capuchino Bernardino de Manlleu se escribieron, curiosamente, en castellano.

En la gran polémica sobre la lengua de las predicaciones del clero, se confrontaron dos visiones distintas de la lengua castellana y catalana. El primer eje de la polémica era el nivel de difusión en una y otra lengua. Para Ros, el castellano era totalmente conocido en Cataluña y además había que tener en cuenta que había abundantes forasteros que no entendían el catalán. Los catalanistas como Dídac Cisteller defendían que sólo el catalán podía asegurar la comprensión de los sermones. El segundo eje era el de la capacidad expresiva de las lenguas. Ros creía que la lengua castellana era el vehículo idóneo para el estilo tan en boga en aquél momento histórico: el culteranismo. Desde la otra orilla se consideraba que había que predicar sin artificios retóricos aunque fuera asumiendo tácitamente la "cortedad" del catalán. El tercer eje del debate era el de la significación política de las lenguas. Ros se abrazaba a la vieja sentencia de Nebrija del castellano como lengua del imperio. Desde el otro lado se intentó subrayar el polilingüismo de la monarquía española. Al final, en la polémica ciertamente se impuso el castellano. La fugaz aparición del francés en los años de la separación aún contribuyó más a debilitar el catalán y vincular el castellano a la lengua del poder y al mismo tiempo a la lengua del mercado, la lengua que podía ser leída por más gente.

Contrario a la ruptura con la monarquía española

La vida de Ros siguió su escalada política. En 1638, era conventual del colegio de Belén de Barcelona. Dejaría el hábito de jesuita hacia 1639 pasando a Roma, donde entró al servicio del cardenal Francesco Barberini y se movió en la órbita del papa francófilo Urbano VIII al que dedicó el panegírico Abeja Barberina. Fue premiado con el decanato de Tortosa del que tomaría posesión en 1642. En el marco del proceso de separación de Cataluña de la monarquía hispánica optaría decididamente por la causa olivarista. Se enfrentó a los Barberini, y huyó a Nápoles donde sirvió a varios nobles castellanos. Escribió en 1642 un sermón de glosa a la figura de Santa Teresa de Jesús, canonizada hacía veinte años y un texto necrológico a la muerte de la virreina Luisa de Sandoval y Rojas.

En 1646 salió a la luz en Nápoles su obra, la Cataluña desengañada. Aunque algunos se la han atribuido a Guillem de la Carrera está probado que fue Ros quien la escribió. Constituye una crítica dura del gobierno francés en Cataluña. Ros defendía en primer lugar que la guerra entre Cataluña y la monarquía no era útil para Cataluña por las calamidades ocasionadas por los ejércitos extranjeros "tu que eras la provincia más quieta del mundo te has hecho funesto campo de batallas y teatro sangriento". Por otra parte, para él, la guerra no era fácil porque la monarquía tenía todavía mucho poder: "Tuvo Cataluña el error de que ha engañado a muchos creyendo que por las pérdidas y desgracias se acababa la monarquía". Se denuncian los principios falsos en que se basaba la guerra: "No es el castellano el que os aflige, sino vuestros mismos naturales que usurpando el santo y venerable nombre de defensores del bien público son tiranos de vuestra libertad". Y desde luego, se esforzaba en demostrar la incompatibilidad estructural entre catalanes y franceses.

La obra sería traducida inmediatamente al italiano en Nápoles y fue muy bien vista por la corte española. Don Juan José de Austria, enviado a Nápoles para solucionar los conflictos sociales, se hizo muy amigo de Ros. En 1649 éste viajó a Madrid. Dos años más tarde se convertía en predicador real pero por razones desconocidas tuvo que volver a la diócesis de Tortosa. Apoyó a Don Juan José de Austria en el esfuerzo por recuperar Barcelona, lo que se lograría en noviembre de 1652. Un año más tarde publicaría un sermón en acción de gracias por la "reducción" de Cataluña.

Ros acabó siendo embajador de la Generalitat en la Corte de Madrid. Se le propuso ser obispo de la Seu d'Urgell aunque él rechazó la prebenda. Murió en 1656 dejando una sobrina en el convento de Santa Clara de Tortosa. Fue, en definitiva, un clérigo fiel a los criterios político-religiosos de la corte de Felipe IV, poco antes de la gran escisión del clero catalán que se produciría en el marco de la guerra de Sucesión. El primer predicador del desengaño político ante las experiencias de ruptura con la monarquía

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