Una historia de Hasél

Guillem Bota
22.02.2021
6 min

Uno entiende que a un chaval gordo y calvo se le cierren todas las puertas del mundo de la música. Uno lo entiende porque --quizás debiera haber empezado por ahí-- el chaval en cuestión no sabe cantar. Que sí, que hay muchos cantantes que no tienen talento alguno para la música y bien que se ganan la vida --maravillosamente en algunos casos--, pero no son gordos y calvos, o sea, venden una imagen. Incluso los hay que triunfan siendo gordos, calvos y feos, pero esos tienen talento. Si no sabes cantar y, encima, la imagen no sólo no te acompaña sino que repele, como es el caso de Pablo Hasél, no te queda más que una salida: el rap, donde ni siquiera se canta.

Ahí sí que uno puede ser gordo y calvo, desafinar como un gorrino, y sin embargo triunfar… siempre y cuando -ay!- sea negro, de esos hay ejemplos a montones. O sea que al bueno de Hasél le crecieron los enanos: no sabía cantar, la grasa se iba adueñando de su cuerpo a medida que el pelo optaba por largarse, y encima, más que blanco, era casi tirando a albino. Tampoco ayudaba a tomárselo en serio su nariz porcina, pero incluso eso sería obviable --con no poco esfuerzo, bien es cierto-- si supiera cantar. 

Cualquiera en su lugar habría abandonado toda esperanza de vivir de la música, pero la alternativa era ponerse a trabajar, y eso sí que no, o sea que siguió erre que erre. No vayamos a engañarnos, no es que el chico tuviera muchas luces, eso salta a la vista, o sea que salidas, lo que se dice salidas, pocas le quedaban. Con el paso del tiempo, sus dotes musicales no sufrieron cambio alguno, continuaron bajo mínimos, si bien tampoco empeoraron, en este caso por manifiesta imposibilidad. Sí que se produjeron cambios en su imagen, aunque por desgracia fueron para peor: el hombre se veía más adiposo y alopécico a cada vistazo que echaba al espejo, y eso que, para no fustigarse, intentaba que fueran pocos.

Pablo hizo lo que se espera de todo pelagatos que no sirve para nada y es consciente de ello: ser el más bruto del lugar, quedar como un idiota y soltar por la boca insensateces de tamaño sideral. Cabe decir que las tres cosas le salen sin esfuerzo, ni siquiera tiene que proponérselo, es algo innato en él. Con ello no sería jamás reconocido como cantante, pero por lo menos sería conocido, no demasiado, sólo un poquito, aunque más que suficiente para alguien consciente de su pequeñez artística.

Entre sus tuits y sus canciones --casi imposibles de distinguir unos de otras por su similar calidad musical-- ha llamado zorras a mujeres, ha deseado que una bomba acabe con la vida de algún político que no es de su agrado mientras que a otro se conforma con que le claven un piolet en la cabeza, ha acusado a la Guardia Civil de torturar, ha ensalzado bandas terroristas y ha lamentado que un grupo terrorista dejara escapar vivo a un periodista. A falta de talento artístico, esos eran sus esfuerzos por hacerse conocido, no le faltaba más que mostrar el culo en el escenario. Para fortuna de los escasos aunque sufridos espectadores de sus conciertos, tal cosa no llegó a suceder, sin duda únicamente porque no pensó en ello. Por si tal sarta de animaladas no era suficiente para ser famoso, lo aliñó todo con agresiones a un periodista y amenazas a un testigo, no lo iba a fiar todo a la letra de unas presuntas canciones que casi nadie escucha, a ver si por fin algún juez se decidía a actuar y proporcionarle la publicidad que tanto necesitaba. Ya ha quedado dicho que la alternativa, horrible a todas luces, era buscarse un trabajo, quizás honrado, para más desgracia.

Quedaba lo más difícil: hacer creer a la gente que pretenden meterle en la cárcel por su música. ¿En qué lugar del mundo, alguien iba a tragarse que al bueno de Hasél le persigue la justicia porque no sabe cantar? Pues en Cataluña, por supuesto, donde unos cuantos miles todavía se tragan que sus líderes políticos cumplen penas de prisión (o han huido al extranjero) por “poner las urnas” y no por unos cuantos delitos bien tipificados. Ya tenemos a Pablo Hasél a la altura de William Wallace. Así se fabrican los héroes en Cataluña.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.