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Héroes saliendo de la comisaría

Guillem Bota
02.11.2020
5 min

Por la manera como se abrazan al salir del cuartelillo --o como ahora se llame donde pasan la noche los detenidos--, se diría que los acusados de lucrarse con el procés han sobrevivido de milagro a dormir una noche fuera de casa. No digo yo que no les suponga una molestia, a vividores acostumbrados a todas las comodidades, comprobar que el agente de la Guardia Civil no les arropa por la noche al meterse en la cama, o que no tienen a su disposición un batín de seda con sus iniciales bordadas. Pero aun así, podrían tener un poco de dignidad y salir de las dependencias policiales igual que entraron, con la cabeza gacha y como quien va a la oficina. Esas actitudes heroicas al salir, esos abrazos y ese levantar el puño como si nos quisieran hacer creer que son líderes revolucionarios, estarían bien en los años cincuenta o sesenta del pasado siglo, cuando sólo por el hecho de entrar en comisaría acusado de lo que fuera, recibías una manta de sopapos. Eso, sólo como bienvenida, que después ya llegaría el interrogatorio propiamente dicho. ¿Ahora? Ahora estoy seguro de que ahí les dieron de cenar mejor que la mayoría de ciudadanos.

No sé si causa más vergüenza ajena ver a esos vividores abrazarse a la salida de comisaría como si hubieran sobrevivido de milagro a la picana y todavía tuvieran electricidad en las pelotas cuando en realidad fueron tratados con todas las consideraciones, o comprobar que hay gente dispuesta a esperarles para dejarse abrazar. De todas las formas existentes de perder el tiempo, la de hacerlo esperando a las puertas de comisaría a unos tipos que jamás moverían un dedo por ti sin que pagaras por adelantado, me parece de las más patéticas. Además, teniendo en cuenta la calaña de esos tipos, lo menos que te puede ocurrir si te abrazas a ellos es que te desaparezca el reloj.

Quien sabe, es probable que a David Madí acudieran a abrazarle porque el sumario judicial revela que trata a Torra de “subnormal político profundo” y sostiene que Junqueras “tiene un punto de desequilibrado”. No estoy sugiriendo que tenga mucho mérito darse cuenta de datos tan evidentes, eso lo sabe cualquier niño de tres años que haya tenido la mala fortuna de tropezar con cualquiera de los dos cuando, buscando el canal Disney, cayó en TV3. No, los abrazos serían por ejercer de portavoz de todos los que, pensando lo mismo, no se atrevían a hacerlo público.

-- A mis brazos, David, qué peso me has sacado de encima, aunque creo que te has quedado corto en ambos casos. Quizás sobraba el adjetivo “político” cuando definiste a Torra.

- Bueno, fue una conversación privada, el mérito es de juez, que lo ha puesto negro sobre blanco. Y de la Guardia Civil, claro, que sin sus eficientes escuchas nada de esto se habría sabido.

-- No seas modesto, David, no seas modesto, que no va contigo. A mis brazos de nuevo, venga.

Una vez han sobrevivido a la noche en comisaría sin secuelas aparentes, y después de guardar los días de reposo que tan merecidos tienen después de las crueles horas que pasaron alejados de las comodidades que con esfuerzo han acumulado durante su vida, Madí, Soler, Vendrell y algún otro con ganas de ser reconocido como mártir de la causa, podrán dedicarse a lo que se dedican todos los acusados --e incluso los condenados en firme-- del procés: dar la tabarra en TV3. Allí podrán relatar, ante la mirada estudiadamente consternada de presentadores y presentadoras de todos los programas --puesto que en televisión, todos los programas se dedican a lo mismo--, los duros momentos pasados en comisaría, donde tuvieron la mala fortuna de que ni un solo agente les pegara un triste bofetón. ¡Con lo bien que daría en prime time la marca todavía visible en la mejilla! ¡Quien fuera El Lute, para haber posado con el brazo en cabestrillo junto a un par de guardias civiles! Realmente, con Franco esa gente vivía mejor.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.