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"Hasta los cojones de ver a gente del PP pringada"

Roberto Giménez

por Roberto Giménez

06.03.2016
6 min

Si ves el mapa de España y moteas los casos de corrupción desde la Transición, se observa un extraño fenómeno que parece paranormal: toda la geografía está manchada con un insoportable hedor, salvo en el País Vasco.

Quizás por ese orgullo de sangre, cuando estalló el escándalo de Urdangarin un capitoste del PNV alegó que, si un hijo de Euskadi estaba pringado, la culpa no era enteramente suya sino de las malas compañías

Es como si el antiguo dueño del caserío, el viejo Arzalluz, tuviera razón y ese Rh negativo que dicen que tienen las gentes de 64 apellidos vascos, como presumía tener en sus años mozos el rector de Salamanca, Miguel de Unamuno. Esa pureza racial les había dejado inmunes a la bacteria de peste negra contemporánea, la corruptionem, dicho en latín por aquello de bautizar clásicamente al maldito microbio letal.

Quizás por ese orgullo de sangre, cuando estalló el escándalo de Urdangarin un capitoste del PNV alegó que, si un hijo de Euskadi estaba pringado, la culpa no era enteramente suya sino de las malas compañías, el rigodón palaciego donde el muchacho había hecho nido.

No lo dijo tan a lo bruto, pero así se entendió a la pata llana: si Iñaki no hubiera salido de su Zumárraga natal (Guipuzcoa), no se habría infectado de esa bacteria corruptionem que anida en los jardines reales de aguas estancadas. Un vasco de ley, deportista y de buena familia no hace lo que hizo Iñaki sino tiene un maestro al que imitar.

Nunca se sabrá cual habría sido el destino de ese yerno, aparentemente tan ejemplar que todas las madres quisieran tener, si la infanta Cristina no se hubiera cruzado en su vida, como si fuera un cuento de hadas con boda en la majestuosa catedral gótica de BCN, filmada por el pulso firme de la directora Pilar Miro (fue su obra póstuma). Probablemente no hubiera caído; pero no por ser vasco, catalán o sevillano, sino por una cuestión psicológica: la perdición de una persona, también los ejemplares, es creerse un intocable. Si nueve de cada diez ciudadanos honrados tienen la garantía real de que asaltar las reservas de oro del Banco de España le saldrá gratis... ¿quién no hará de Dioni y cometerá el delito?

La causa de que el PNV esté impoluto de la peste negra de la corrupción no tiene nada que ver con el supuesto Rh negativo que, según el padre Arzalluz, tienen los vascos, pero sí con la sangre

La causa de que el PNV esté impoluto de la peste negra de la corrupción, que ha minado la salud moral de las instituciones, no tiene nada que ver con el supuesto Rh negativo que, según el padre Arzalluz, tienen los vascos. No tiene que ver con el Rh, pero sí con la sangre. En concreto, con ese interminable río carmesí que ha bañado nuestra historia durante cincuenta años. Casi un millar de asesinatos, si no contamos el misterioso incendio en el Hotel Corona de Aragón en el verano de 1979, que mató a 83 personas, la mayoría oficiales del Ejército.

Un partido del perfil ideológico como el PNV tenía todas las papeletas de haber caído en los mismos pecados que CDC, llámese 3%, y sin embargo no caído. Ni ellos tan católicos, ni el resto de partidos vascos, sean nacionalistas o constitucionales.

¿Por qué? No por el supuesto Rh negativo. Los vascos no son más honestos que los cántabros, riojanos o navarros (comunidades fronterizas también azotadas por la bacteria maldita), sino porque la sangre inocente vertida a espuertas por el terrorismo hizo de cordón sanitario contra la corrupción institucional.

La política era lo suficientemente dura y violenta como para que los gestores públicos cayeran en corruptelas económicas (otra cosa son las políticas corruptas, pero esto es harina de otro costal). La tensión terrorista hizo que ningún político rebasara la línea de la legalidad que fuera de esa comunidad se ha traspasado tan livianamente.

Por eso entiendo perfectamente a Anton Damboronea, presidente del PP vizcaíno, cuando le espetó a la cara de Mariano Rajoy que estaba "hasta los cojones de ver gente del PP pringada por la corrupción". Qué menos que estarlo, porque hay que tener los cojones de un semental para haber militado en el PP vasco en los años de plomo. Yo los admiro (y al resto de militantes de los partidos constitucionalistas vascos), porque en ellos el valor no se supone. Está demostrado.

Esta realidad palmaria me lleva a recordar la célebre frase de Mika Waltari: "No hay vaca negra que no tenga algún pelo blanco", que pronunció Sinuhé, el Egipcio.

Mil muertos ha sido el precio de la honradez vasca. Francamente, no ha valido la pena.

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