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Quédense la independencia, el Estatut, todo

Guillem Bota
13.07.2020
5 min

La Generalitat nos está mostrando, en tiempo récord, cómo hubiera evolucionado la pandemia de coronavirus en Cataluña si ésta fuera independiente. Después de haber escuchado tiempo atrás a unos cuantos consejeros asegurar que la Cataluña soberana y etcétera habría gestionado mejor la crisis y no hubiera habido tantos fallecidos, nos faltaba comprobarlo empíricamente. Ya lo hemos visto, gracias. Ha sido suficiente con dejarle al Gobierno catalán unas cuantas competencias para darnos cuenta de que en una Cataluña independiente lo más sensato que podríamos hacer los ciudadanos para preservar nuestra salud --y por añadidura nuestra vida-- sería rezar.

Si con solo gestionar la sanidad y poder promulgar unas cuantas órdenes esta gente ha sembrado tal caos que les critican incluso alcaldes de sus propios partidos y los contagios no cesan de crecer, en el distópico caso de que hubieran tenido en las manos todas las competencias de un gobierno comme il faut, esto habría sido el acabóse. Tal vez el destino, que en ocasiones escribe con renglones más torcidos que el mismo Dios, haya querido mostrarnos a los catalanes lo que nos esperaría en caso de independencia. No ha tenido que esforzarse mucho dicho destino para hacernos ver el abismo que se abriría ante nosotros, con enseñarnos la puntita ha sido más que suficiente.

Esta tropa, ha quedado claro, no sirve más que para llorar por sus “presos políticos”, colgar pancartas y clamar contra las maldades de Madrid, pero a la que tienen que gestionar la menor situación que vaya más allá de cobrar su generosa nómina, se encuentran perdidos. Tengo para mí que si pudieran hacerlo sin caer en el ridículo (aunque a tenor de sus comportamientos pueda parecer lo contrario, hacer el ridículo les produce terror), mañana mismo llamaban a Fernando Simón para que volviera a hacerse cargo él del control de la situación. ¡Con lo fácil que era todo cuando president y consellers no tenían otra cosa que hacer que salir en rueda de prensa a criticar lo mal que se hace todo desde Madrid! ¡Cómo aplaudían sus fieles!

Cuentan que, cuando la abolición de la esclavitud en Estados Unidos, poco después de la lógica alegría de todos los negros que allí vivían en tan penosa situación, no fueron pocos los que regresaron a sus plantaciones para solicitar a sus antiguos amos que les acogieran --si es que esa es la expresión para quien quiere ser esclavizado-- de nuevo: se dieron cuenta de que ganarse la vida no era fácil --mucho menos siendo negro en el sur de Estados Unidos-- y de que, por lo menos, siendo esclavos tenían techo y manutención asegurada. Uno diría que en caso de independencia catalana, al poco tiempo estaría el Gobierno de la nueva república en pleno solicitando a España que aceptara su regreso, suplicándolo incluso: no queremos ni siquiera autonomía, quédense ustedes con todas las competencias, que no traen más que quebraderos de cabeza, derriben el Parlament y construyan ahí un Burger King.

No es que pretenda comparar a aquella pobre gente con los catalanes, que tienen tanto de esclavos como su president de negro --por no mencionar que sería el primer y curioso caso de esclavos más ricos que los amos--, pero si para algo ha servido esta desgracia de la pandemia, ha sido para mostrar al mundo que si hay un pueblo que no puede gobernarse por sí mismo, es el catalán. Bueno, poder sí podría, pero por poco tiempo, solo hasta que hubiera desaparecido de la faz de la tierra a manos de sus propios gobernantes. Si Cataluña todavía existe, es sólo porque jamás ha sido independiente.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.