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Que dice Benedicto que el diablo nos acecha

Guillem Bota
15.06.2020
6 min

Todavía hay clases. Los hay que para saber el futuro llamamos de madrugada al tarot de La Sexta para que Sandro Rey nos anuncie qué desgracias nos esperan, pero la gente con posibles (o con contactos, o con ambas cosas) como Jorge Fernández-Díaz, consulta directamente al Papa Benedicto, que aunque sea emérito es de suponer que continua en contacto con el Altísimo, que es quién mejor sabe lo que nos espera. Por si eso fuera poco, el Papa lleva la condición de infalibilidad aparejada a su cargo, ya quisiera Sandro Rey poner en su tarjeta de presentación que es ontológicamente imposible que se equivoque.

Fernández-Díaz no se anda con chiquitas. Cuando quiere conocer el futuro de España, se deja de tarots televisivos, de brujas andorranas como Jordi Pujol y de gitanas que insisten en leerle la buenaventura en la palma de la mano, y va directamente a las fuentes del destino. A Dios. Aunque, como éste no habla, o lo hace sólo en contadas ocasiones y a quién a Él le da la divina gana, se dirige a su vicario en la tierra, que ahora que excepcionalmente cuenta con dos, es más fácil conseguir cita. Lo que Benedicto le reveló a Jorge, es bien sabido, puesto que ya se ha encargado éste de comunicarlo: el diablo quiere destruir España.

Hasta ahora lo que sabíamos del diablo es que me agarra muy suavemente, me acaba en un pispás, no tiene moral y es difícil de saciar. Pero de sus --cómo iban a ser, sino-- malignas intenciones de destruir España, nada intuíamos. Mira que hay países para destruir, y al diablo le ha dado por nosotros, a ver qué mal le hacíamos. Según el Papa emérito le confesó al exministro español, el demonio “ataca siempre a los mejores”. Como lo leen. Uno deduce que después de tantos siglos de averno, al pobre Belcebú el humo de azufre le ha afectado gravemente la vista, porque considerar a España “de los mejores” parece una broma. Pero no consta en ningún lado que el diablo sea tipo dado a los chistes, o sea que, equivocado o no, nos tiene en el punto de mira, y algo habrá que hacer (descartado queda aconsejarle que use gafas, puesto que nadie iba a tomarse en serio el infierno, si al llegar le recibe un gafotas con cuernos)

Por fortuna, el Papa le dio la receta a Fernández Díaz, y éste nos la trasladó amablemente: para que el diablo no consiga su objetivo, las herramientas son la humildad, la oración y el sufrimiento. Mal vamos. No diría yo que sea la humildad una característica de los españoles, y menos cuando se hallan en la barra del bar trajinando cubatas. Todo el mundo sabe --y ello abarca hasta el último círculo del infierno-- que no hay pueblo más fanfarrón que el español. Un español es siempre más alto, más guapo, más rico y, por descontado, está mejor dotado, que su vecino. Eso es así y por este lado poco vamos a rascar.

Otra cosa es la oración, por lo menos podemos aducir que algunos futbolistas y no pocos toreros se santiguan antes de entrar en faena, y que en las iglesias se reúnen por la tarde unos cuantos vejetes que alguna cosa parecen murmurar, quizás sea una oración. No sé si orar por miedo, cuenta como rezo auténtico, pero por si acaso podríamos incluir en el pliego de alegaciones que no son pocos los viajeros en avión que antes de despegar y de aterrizar, recitan un padrenuestro y un par de avemarías. Es poca cosa, hay que reconocerlo, pero menos es nada. No estamos muy católicos por aquí, últimamente.

Por fortuna, los españoles vamos sobrados de sufrimiento, que es la tercera herramienta antidiablo. Por esta parte no creo que haya pueblo que nos supere, y lo que nos sobra de ello compensa con creces lo que nos falta de oración y humildad. No hay más que echar una ojeada a gobierno, oposición y supuestos expertos en pandemia, y eso por no remontarnos a épocas anteriores, para concluir que no hay mayor experto en sufrimiento que un español. Excepción hecha de un catalán, que soporta lo mismo y le suma además TV3, el procés y los políticos que de él viven. Podemos estar tranquilos, no hay diablo que pueda con nosotros. De hecho, no hay diablo que se atreva a dejarse caer por aquí.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.