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La niña Greta me hace la puñeta

Guillem Bota
09.12.2019
6 min

Será que los tiempos han cambiado. Será. Pero no acierto a imaginarme a mí mismo, a los 16 años, cenando en casa con toda la familia y tomando la palabra.

- Mañana no quiero ir al instituto. Prefiero buscar la forma de cruzar el Atlántico en velero para llegar a Nueva York y hablar ante las Naciones Unidas sobre el cambio climático.

- Haz el favor de terminarte la cena y deja de decir tonterías.-, supongo que habría sido la respuesta de mi padre, sin siquiera levantar la mirada del plato de sopa. Mi madre habría murmurado para sus adentros sacudiendo la cabeza y mi abuela se habría santiguado, que es lo que hacen siempre hacen las abuelas. A día siguiente, me habría levantado para ir a clase y no se habría hablado más del asunto. Excepto, quizás, en alguna otra comida, al cabo de un tiempo.

- ¿Qué, como tienes lo de tu conferencia en la ONU?- me habrían soltado en plan de guasa. Es la suerte de haber nacido en una familia más bien pacífica, porque en muchas otras, lo que le habrían soltado al adolescente majareta hubiera sido un guantazo.

O quizás no sea que los tiempos han cambiado, sino que en Suecia son distintos. Será cosa de la alimentación, que ahí arriba todo debe estar congelado. Igual en Suecia, si el niño se descuelga con que en lugar de ir a clase, le apetece largarse en velero a América y después regresar --y, entre una cosa y otra, hacer pellas durante seis meses--, no sólo no le cae un guantazo sino que toda la familia se pone a ello: el padre le enseña a la niña cómo orientarse por las estrellas, la madre le enseña a nadar y la hermana menor le jura que cuidará el gatito durante su ausencia. Los suecos son muy modernos, baste poner como ejemplo a Olof Palme, un primer ministro que ni siquiera utilizaba escolta y hacía la misma vida que cualquier otro ciudadano. Se lo acabaron cargando, claro, pero moderno lo era un rato.

A una sociedad infantilizada le corresponden líderes infantiles. La pobre Greta no hace más que repetir los mismos tópicos y las mismas consignas que cualquier adolescente --¿qué va a decir, si es precisamente una adolescente?--. Mientras, nadie sabe el nombre de uno solo de los científicos que llevan años que estudiando el cambio climático y que por supuesto no son recibidos por los mandatarios. Hete aquí que a la niña Greta se le dispensa un tratamiento similar al que se le dispensaría a Cristo en su segunda venida a la tierra, o sería la tercera, no llevo la cuenta.

A mí me da un poco de grima ver a altos dignatarios escuchar --o hacer como que escuchan-- con interés las presuntas broncas de la niña sueca. Y me da pena ella, que debe pensar que lo que suelta por esa boquita le sirve al planeta para algo. Pero vaya, mientras le sirva a ella y a su familia para vivir bien, no seré yo quien lo critique, cada cuál se gana las habichuelas como puede, aquí y en Suecia, aunque allí estén congeladas, y perdón si insisto. Quizás también el niño Ingmar dijo un buen día a sus padres que quería dedicarse al cine, y el niño Bjorn se plantó porque quería jugar al tenis en lugar de estudiar, y en lugar de atizarles un garrotazo como corresponde, les compraron un Cinexin y una raqueta, y mira lo bien que les resultó. Así de bien vivirán también Greta y su familia, gracias a apoyar la vocación de la niña, en este caso la de salvaplanetas.

Lo malo va a ser si en la residencia donde está ingresado mi padre les permiten ver la televisión, que igual el hombre se da cuenta de que ahí hay negocio, el viejo tiene olfato para el dinero. Cualquier día recibo una llamada suya, como si lo viera.

-¿Has visto que vidorra se pegan, la niña y su familia? Siempre has sido un inútil. En lugar de estudiar, tenías que haber ido en velero a América.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.