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A golpes de estaca en la Meridiana

Guillem Bota
24.02.2020
5 min

Ya es mala suerte que para un día que me acerco a la Meridiana a ver la atracción esa de los cortes de tráfico, cualquiera va al zoo a ver a los monos teniendo a mano a esta tropa, anduviera también por ahí Lluís Llach. Y claro está, quien dice Lluís Llach, dice L’estaca, que últimamente --es decir, hace unos cuantos años-- el otrora cantor no hace más que tirar de ese viejo tema de su cancionero y dar la tabarra. L’estaca vale hoy en día lo mismo para un roto que para un descosido, e igual se canta en las fiestas de cumpleaños de los niños del procés, como en cortes de autopistas y carreteras, como en funerales, quizás de este último caso venga la querencia de cantarla en los actos del procés, que está dando sus últimos coletazos. Un réquiem en forma de estaca, como quien dice. Irse al otro barrio recordando al avi Siset, aunque quien se larga al más allá sea todo un procés, es una forma de abandonar este valle de lágrimas sin tanto pesar, de hecho es casi una forma infalible de desear morirse cuanto antes.

No me fue fácil reconocer a Llach, vive Dios. Me acerqué hasta donde pude --ya sabemos que esta gente es pacífica sólo mientras no se les lleve la contraria, y si no que se lo pregunten a Xavier Rius, periodista que fue agredido por la manada de la Meridiana, quien sabe si cantar L'estaca era una llamada a repartir más estacazos-- y en mi vida hubiera reconocido en aquel abuelete calvo, equipado con gorra de la tercera edad --como le correspondía-- y bufanda, al antiguo cantautor que se decía revolucionario, qué risa. Afortunadamente, su voz resulta inconfundible, y si ya de joven sufría horrores para alcanzar según que notas, hoy, cuando es sólo una caricatura de sí mismo, uno no sabe si está cantando o ha tenido súbito un apretón.

Igual fue un apretón, no diré que no, y de noche en la Meridiana no es fácil hallar lugar donde aliviarse, o sea que su cara de estar sufriendo podía no ser impostada. Fuera apretón o canción, que en el Llach actual resulta difícil, si no imposible, de distinguir, afinando el oído y gracias al sistema de megafonía --en la Meridiana no falta de nada, igual puso los altavoces ahí la Generalitat, siempre complaciente con quienes putean a los catalanes-- atiné a entender que el excantante senegalogerundense agradecía a los cuatro gatos allí reunidos que cortaran la calle cada día. Aunque quizás lo que agradecía --perdonen que no lo sepa a ciencia cierta, la vocecita que se le ha quedado lo imposibilita-- era que la cortaran precisamente allí, lejos de su casa, que así no le molestan. Acto seguido por si los vecinos de la Meridiana no tuvieran ya suficiente con que les impidan llega a casa cada noche desde hace 130, se arrancó con L’estaca, y en ese preciso momento bajaron otro 10% los precios de los pisos de la zona.

Claro que L’estaca fue en su día un bonito tema. Claro que sí, y también Llach fue en su día un buen músico. Pero hoy, la una y el otro no son más que rémoras del pasado, que para más inri se han puesto del lado de los opresores de Cataluña. Es decir, de aquellos que impiden a los catalanes ejercer los derechos más básicos, desde el de circulación hasta el de llegar tranquilamente a casa a descansar después de haber estado todo el día trabajando. No como Lluís Llach, que encima de no dar un palo al agua va berreando sus antiguos greatest hits por las calles, como esperando que alguien le lance unas monedas. Tentado estuve de hacerlo, así de demacrado lo vi, pero me pilló sin quincalla en los bolsillos.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.