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El golpe en Bolivia: nada personal, solo negocios

Ignacio Vidal-Folch
7 min

El golpe de Estado en Bolivia se ha asestado en nombre de los más altos ideales de Libertad y Democracia, como siempre; pero esta vez también se ha recurrido, como en los buenos viejos tiempos, a la voluntad de Dios. Conculcando el segundo mandamiento: “No tomarás el nombre de Dios en vano”.

El golpe ya se ha cobrado sus primeras decenas muertos en la provincia de Cochabamba. Naturalmente, las autoridades aseguran que entre los manifestantes, partidarios del exiliado presidente, había “bazookas de fabricación artesanal y armas de fuego”; algunos observadores señalan que esos manifestantes debían de ser muy torpes, pues todas las víctimas cayeron de su lado y no de la policía y el Ejército enviados a frenarles.

Nadie niega que durante sus Gobiernos (2006-2019), Evo Morales y su partido MAS (Movimiento Al Socialismo) han sido el motor de un milagro económico en Bolivia. Este país era uno de los más pobres de América Latina, ahora es de los más prósperos e igualitarios. Se ha creado y consolidado una extensa clase media, enormes colectivos indígenas han sido beneficiados e integrados en la vida civil. La pobreza y la marginación se han reducido sustancialmente. Buena parte del milagro se ha financiado a partir de la nacionalización de los hidrocarburos y vendiendo gas a Brasil mediante un gaseoducto que fue construido antes de que Evo Morales accediera al poder.  

Hasta aquí se le podía tolerar, pero es que ahora viene el negocio del litio y eso son ya palabras mayores.

Se le reprocha sobre todo a Morales que simpatice con los bolivarianos y el régimen cubano, y que habiendo ganado las elecciones tres veces, llevase en el poder 13 años (como Angela Merkel, dicho sea de paso) y hubiera intentado repetida pero infructuosamente cambiar la Constitución del año 2006 para permitirle presentarse como candidato indefinidamente. En el 2016 convocó y perdió, por escaso margen, el referéndum sobre este tema.

La excusa para asestar el golpe de Estado ha sido un supuesto fraude electoral en los comicios del pasado mes, en los que la oposición denunció irregularidades, también observadas por la OEA. Morales había accedido a repetirlas, pero entre tanto ya se había movilizado la oposición y el alto mando del Ejército le empujó a dimitir para evitar un derramamiento de sangre.

Basta ver en video las declaraciones de los nuevos dirigentes bolivianos, ultrarreaccionarios de las potentes iglesias evangélicas de matriz norteamericana que están desplazando a la iglesia católica de su papel medular en la espiritualidad de toda Suramérica, para que se perciba el tufo de este golpe.

Al ocupar el palacio presidencial, Jeanine Áñez, presidenta interina elegida en un Congreso sin quorum (una farsa que se quiere presentar como legítima dentro de las circunstancias), proclamó, blandiendo un vetusto ejemplar de los Evangelios, que “Dios ha permitido que la Biblia vuelva a entrar a palacio”, mientras la multitud coreaba “¡Gloria a Dios, Gloria a Dios!”

Luis Fernando Camacho, líder del Comité Cívico (lobby empresarial) de la próspera región de Santa Cruz, bastión de la insurrección, hombre fuerte de las movilizaciones callejeras, del motín policial y del pronunciamiento de las Fuerzas Armadas, ha entrado en el palacio presidencial literalmente de rodillas, para colocar una Biblia sobre una bandera boliviana y proclamando el fin del Estado laico: “Les digo que Dios existe y ahora va a gobernar Bolivia para todos los bolivianos”. Pías intenciones matizadas por el proyecto que inmediatamente proclamó de perseguir a “senadores, diputados, ministros, viceministros y todos los que humillaron a nuestro pueblo”: se infiere, con poco margen de error, de que de lo que se trata es de descabezar al MAS para que no tenga ninguna posibilidad de ganar las próximas elecciones, que sin duda se convocarán solo después de haberlo destruido; de destruir también todas las efigies de la Pachamama, o madre tierra, icono religioso tradicional de los campesinos, que parece que es una figura satánica; y de amasar grandes fortunas con el litio.

Evo Morales quería asegurar la propiedad estatal de los yacimientos de este metal escaso en el mundo pero abundante en Bolivia y en parte de Argentina, y que es imprescindible para los coches eléctricos y los teléfonos móviles. Había establecido con Alemania contratos de explotación que respetaban la propiedad nacional pero dejaban fuera del negocio a los Estados Unidos.

Ahora, desde el exilio en México, denuncia que el golpe se gestó en la embajada de Washington en La Paz y que la DEA está detrás de Camacho y sus Comités.

Al margen de los errores de Morales, de su tentación caudillista, tan suramericana --o incluso de sus delitos, si es cierto que falseó los últimos comicios--, para quien recuerde un poco la historia de las relaciones de los Estados Unidos con América Latina esta acusación no le sonará a infundio. Solo que ahora ya no se necesita generales siniestros como Videla o Pinochet; para dar un golpe de Estado y someter un país a los intereses económicos de sus corporaciones basta con una parroquia de meapilas debidamente fanatizados. No es nada personal, Evo, son meramente negocios, como siempre.

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.