La gira del emérito por los clubes náuticos

Guillem Bota
23.05.2022
6 min

Claro que aplaudieron al Rey emérito en Sanxenxo, a qué iba a ir, si no. Para asegurarse aplausos, nada como recalar en un club náutico, y si quiere redondear una estancia en España llena de piropos y vivalreyes, esta semana puede pasearse por un club de golf, ir a ver un partido de polo, acudir a la ópera, visitar un box de Fórmula 1 o desplazarse en descapotable por La Moraleja. Cuando de lo que se trata es de fortalecer la autoestima, hay que saber dónde dejarse ver, que los ricachos son muy empáticos con quien no deja de ser uno de los suyos y, por supuesto, no preguntan cómo ha conseguido nadie el dinero, a condición de que nadie les pregunte cómo han conseguido el suyo. Puede estar tranquilo el Rey, que, si no se sale del circuito que le han preparado, todo van a ser parabienes, no va a distinguir si está entre españoles o entre jeques saudíes de los que tantos regalos le hacen.

Lo que hay que evitar a toda costa es que se deje ver por lugares en los que pueda haber trabajadores y asalariados, que los pobres son muy suyos y capaces son de insultarle en lugar de adularle, que es a lo que está acostumbrado. La gente normal es así de rara, no le gusta que se rían de ella y aborrece a quienes se aprovechan de un cargo para hacerse millonario, por eso están condenados a ser por siempre gente normal y pobre, y por tal motivo jamás recibirán un saludo efusivo de don Juan Carlos, que a su edad no está ya para desperdiciarlos con cualquiera. ¿Para qué visitar un taller, una fábrica o un comercio, pudiendo almorzar en un club náutico o en un restaurante de tres estrellas? Si no lo hacía cuando pasaba por honrado, menos va a hacerlo ahora. Además, probablemente ignore que tales lugares existen.

Al emérito solo le interesa hacer lo que le da la gana, importándole una higa los demás humanos, cosa bien lógica, puesto que en toda su vida no ha hecho otra cosa y ya está mayor para cambiar de costumbres. Bueno, también le apetece poner en un brete a su hijo y a la Monarquía como institución, y por eso ha regresado, que se joda el niño, pero esas pequeñas travesuras, en un club náutico no solo se perdonan, sino que se celebran. Con champán francés y unas cuantas docenas de ostras, por supuesto, y con codazos para conseguir ser quien finalmente paga la cuenta, y que viva el Rey y viva España.

Que viva bien, por supuesto, me refiero al Rey, no a España, que esta tanto da. Regresar para vivir como un millonario más no vale la pena, en España hay muchos y solo con dinero no se destaca. Si Juan Carlos regresa, es para demostrar que, además de vivir a cuerpo de rey, está por encima del bien y del mal, y si eso erosiona a la Monarquía, tanto mejor, ese marrón se lo va a comer Felipe. Ah, qué placer volver a ver a los cortesanos que le ríen la menor ocurrencia, que se batirían en duelo para darle fuego y que le lustrarían los zapatos con la lengua si así se lo demandare, o tan solo lo insinuare. Cualquiera se queda en los Emiratos con los moros, que serán muy generosos con las comisiones, pero no tienen ni idea de lo que es adular sin tregua, de lo que significa ser servil hasta la extenuación, de lo que supone para un rey comprobar que, por más pruebas que haya de su corrupción, los millonarios se deshacen como azucarillos en su presencia. ¡En eso sí que España es grande y ejemplo para todas las monarquías que en el mundo quedan!

Con la de clubes náuticos que hay en España, a Juan Carlos le espera un verano de aplausos y comilonas de gorra sin fin, mucho deberá apresurarse si quiere llegar a tiempo a la temporada de invierno y sus estaciones de esquí, y que viva el rey y viva España.

Artículos anteriores
¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Botap

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla.