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Fray Junqueras se halla a sí mismo

Guillem Bota
11.05.2020
5 min

Por fin ha encontrado Junqueras el trabajo ideal. A un preso que se lamentaba de que en la cárcel no le permitieran ir a misa dominical (y fiestas de guardar), lo de dar clases en la Universidad de Vic, seguramente le iba un par de tallas grande. Para salir del paso, es decir, para tener una excusa con la que salir de la trena, no estaba mal, pero no era lo suyo, una universidad huele a laicidad. De ahí que el primer día fuera recibido por algunos alumnos y profesores con aplausos, como reconociéndole el valor de acercarse allí aún sabiendo que su reino no es de este mundo. Ahora, sí. Ahora la ETT que le tramita los empleos, que se supone debe ser la propia Generalitat, lo ha colocado en el monasterio de Poblet. Ahí, rodeado de monjes y entre unas paredes que rezuman cristiandad, fray Junqueras, que no por casualidad durante el período carcelario ha perfilado su tonsura, va a encontrarse a sí mismo.

Nada hay más bonito en la vida que hallar la propia vocación, y si encima coincide con el trabajo que te han buscado, miel sobre hojuelas, sean lo que sean las hojuelas. De todas formas, nada es perfecto, y la pena que sin duda encoge el corazón del nuevo miembro del monasterio es que debido a la obligación de dormir en la cárcel, no podrá asistir a los maitines, que es cosa muy bonita y empuja a encarar el día con alegría y buen humor. Quizás sí a los laudes, si no se entretiene de camino. Ya sería el colmo que el recluso Junqueras se quejara también en un monasterio de la imposibilidad de asistir a misa. Siete va a tener durante el día, o sea que aun ausente de los maitines, le van a quedar media docena, suficientes para compensar todas las que se perdió en la cárcel.

No ha trascendido si entre los monjes, fray Junqueras deberá vestir hábito o uniforme carcelario, pero sí se ha sabido que, por el momento, no trabajará en el huerto sino en el archivo, o sea que las acelgas y pepinos monásticos que tanta fama han alcanzado deberán crecer sin la presencia a su lado de tan ilustre presidiario. Lo que se han perdido las legumbres y hortalizas lo han ganado los libros y documentos, pues ahí, entre legajos como los de El nombre de la rosa, podrá dar cabezaditas Oriol Junqueras sin que nadie le importune. Quizás alguien debería ir pensando en poner sordina a las campanas del monasterio, no puede ser que a cada hora importunen el sueño del nuevo trabajador. Uno no se busca semejante trabajo para que le moleste el sonido de una campana, por milenaria que ésta sea. Para eso, se queda en la cárcel, que ya estaba lo bastante cómodo y no había iglesia alguna en quilómetros a la redonda.

Y eso que un monasterio tiene a disposición de un preso que quiera regenerarse, como parece ser el caso del pío Junqueras, oficios la mar de bonitos, en desuso extramuros. Junqueras podría haber sido chantre, que es quien dirige el coro de los monjes y las procesiones, aunque quizás su poca preparación musical le ha perjudicado para optar a tal puesto. Anda que no quedaría bien el recluso Junqueras, al regresar al talego pudiendo revelar a su compañero de celda que trabaja de chantre. A saber qué oficio de los bajos fondos imaginaría el hombre que se ha buscado su orondo colega. Otro oficio monástico que parecía hecho a la medida de Junqueras es el de cillero, ni más ni menos que el responsable del almacén de alimentos. Ahí seguro que el prior vetó al novicio Junqueras, bajo el temor que, aprovechando los ratos muertos encerrado con los manjares, terminara en una mañana el solito con las provisiones para todo el invierno. Bien saben los monjes que «quien quita la ocasión, quita el pecado».

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.