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Franco, de Cuelgamuros a Montserrat

Ignacio Vidal-Folch
7 min

Exhumar a Franco del Valle de los Caídos y transportar sus restos a otro cementerio es un eficaz gesto simbólico, un acto de justicia elemental, aunque tardía, y un acierto político del presidente del Gobierno y sus asesores. Acierta el Gobierno, y todos los demás se equivocan: unos por no sumarse inmediatamente con su apoyo a la iniciativa, y otros por criticarla con los argumentos más peregrinos, quedan todos impregnados de la evidencia, o por lo menos de la sospecha, de adhesión a la dictadura, de que se les ha quedado entre las fibras de la ropa alguna impregnación de los tiempos rancios del NO-DO y de cuando Mingote pintaba a los “ultras” o “inmovilistas” como unos seres que eran mitad hombre mitad torreón y todo mala leche.

--¡Ay, es que es un gesto populista!

--No jodas. ¿En serio?

En el caso de la presidenta de la Comunidad de Madrid y sus bochornosas declaraciones sobre la quema de iglesias de 1936 es de suponer que no se trata de un delirio --y si lo es, esperemos que pasajero-- o del desliz de un redactor de discursos pasado de copas, sino el resultado de un calculado reparto de papeles según el modelo clásico del “policía bueno” y “el policía malo”: Casado, que ha de ganarse el cargo, procura centrarse, mientras ella, que el cargo ya lo tiene, procura retener o recuperar votos que podrían irse hacia la ultraderecha, emitiendo algún que otro disparate guerracivilista que de todas formas no le pasará una factura muy gravosa.

Han sido especialmente desdichadas y hasta cierto punto divertidas las contorsiones que han tenido que hacer los tribunos de la derecha para no reconocer que está muy santamente bien sacar de una maldita vez a Franco de Cuelgamuros. Los dengues de ciertas plumas en nombre de la unión de los españoles y de la reconciliación, del derecho de los muertos a descansar, de que ya han pasado muchos años y de otras causas nobles, así como las denuncias contra Sánchez por oportunista, son “francamente” tartufescos. Pues aquí lo que menos interesa es si los motivos del Gobierno son espúreos o no. De lo que se trata es de un dictador que --al margen de su responsabilidad en los horrores de la Guerra Civil y la inmediata postguerra, retuvo el poder durante cuatro décadas hasta el día de su muerte, y a las calles más importantes del país y hasta a su pueblo natal, “El Ferrol del Caudillo” puso su nombre sin vergüenza-- se hizo enterrar en un mausoleo en el monumento que mandó construir con el trabajo esclavo de sus prisioneros en honor a los caídos y como tumba de sus osamentas; y reservándose para sí el lugar más distinguido. Qué ordinario, y qué usurpación de honores. Como si él fuese uno de los que dieron la vida “por dios y por España” (o por la República, o por nadie, pero sencillamente no les dejaron alternativa a entregarla). Cuando, como todos sabemos, Franco murió a avanzada edad, a consecuencia de enfermedades naturales, y en la cama. ¿Qué hacía él, precisamente, entre los caídos en combate? El emperador Qin Shi Huan se hizo enterrar con miles de soldados de su ejército, cierto, pero solo eran réplicas de terracota. Tenía un sentido de la medida, del decoro. ¿Cómo se atrevió el general a enterrarse entre miles de caídos de verdad, pero encima en lugar preferente, como si desde allí abajo siguiera mandando sobre sus esqueletos y sus destinos de ultratumba?

El caso de Franco y Cuelgamuros es de un mal gusto repugnante y de una evidencia clamorosa. Y el simplismo de la oposición resistiéndose es tan chato, que cuesta dar crédito. Si el señor Redondo realmente es maquiavélico como dicen, hará bien en ingeniárselas para que el traslado de los restos del dictador dure varios días, cuantos más mejor, para dar más tiempo a la oposición a seguir embistiendo al trapo neciamente.

Pero si de verdad es tan inteligente y hábil ese señor Redondo, se le ocurrirá la forma de inhumar a Franco no en el Pardo, sino en la basílica de Montserrat, que él honró con su visita por lo menos una vez, en 1966, cuando con su esposa subieron al camarín de la Virgen para besar la sagrada imagen mientras los escolanets cantaban el Virolai. Ya que es en Cataluña donde más se invoca el franquismo, donde se asegura que su legado agraviante sigue en marcha, y donde tan bien se vive de ese momio, en complicidad de los monjes del monasterio y sus incalificables abades. Habilitad allí una cripta para el sátrapa que tanto hizo por la Iglesia Católica. Total, el templo ya está mil veces profanado. Precisamente allí este fin de semana se han reunido Pujol y su señora (de cuya extrema religiosidad da fe el alias de “la madre superiora” que usaba para llevar “misales” a los bancos andorranos), Quim Torra y parte de su Gobierno, Rigol, y algunos cientos de patricios, para celebrar una misa por los colegas presos o fugados. ¡Qué imágenes morbosas, Señor, qué tétrico resumen del procés y sus fantasmas! ¡Qué tufo más desagradable a búnker poco aireado, a sotanas manchadas, a rincones oscuros donde se materializa el Tentador, Satanás en persona, el Príncipe de las Tinieblas!

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.