Esperando en casa a Laura Borràs

Guillem Bota
20.09.2021
6 min

He estado esperando unos días para ver si me llegaba, pero ahora ya puedo anunciarlo: no, no me ha correspondido ninguna de las 3.000, o 4.000, yo no sé cuántas eran, medallas de Honor del Parlament. En cuanto tuve noticia de que tal medalla se concedía este año a quienes “sufren la persecución por defender la libertad de los ciudadanos a escoger el futuro", estuve seguro de que yo sería uno de los agraciados, no en vano me leo cada día los horóscopos de no menos de tres periódicos, en un intento hasta ahora vano de decidir no solo mi futuro, sino también el de todos los demás Tauro, que como es natural deberían de compartirlo. Por más que defiendo la libertad de todos a decidir nuestro futuro, no hay nada que hacer, la realidad me persigue y me impide crearme un porvenir a medida. Si esta persecución, que dura ya varias décadas, no es digna de ser recompensada con una medalla, yo ya no sé.

Esperé primero que fuera la propia presidenta del Parlament, Laura Borràs, quien viniera a mi casa a imponerme en persona la condecoración, qué menos que una máxima autoridad, y más ésta, que no tiene otra cosa que hacer durante el día. Tras aguardar sin resultado durante días en el quicio de la puerta, deduje que la buena mujer estaría ocupada dejándose entrevistar en TV3, que eso le gusta mucho y quita mucho tiempo, que si desplazamiento, que si maquillaje, que si dar el visto bueno a las preguntas que van a hacerle, en fin, normal que la presidenta no tenga tiempo para mí, pensé. No lo tiene para trabajar en lo que le pagamos, va a tenerlo para traerle una medalla a un desconocido. Igual lo mandan por mensajería, se me ocurrió entonces. Así pues, dejé de salir de casa, que de todos es sabido que el repartidor de MRW aprovecha para venir siempre en el momento en que uno está ausente, aunque sea durante cinco minutos, al parecer tienen un sistema vía satélite que les avisa en qué momento está ausente el receptor del paquete, de forma que puedan personarse en casa justo entonces. Pues ni así, oigan. Una semana encerrado en casa y allí no llegó nada.

La verdad es que cuesta de entender. Entre la de Sant Jordi, que se reparte por centenares cada año, y la de Honor del Parlament, que va por miles, apenas debe quedar catalán sin medalla que llevarse a la boca, es raro que sea precisamente yo uno de ellos, con lo que llego a defender la libertad de cada cual para escoger su futuro. Si después el futuro no es el soñado, ya no es culpa mía, sino del futuro, eso no me quita mérito. Además, un país alcanza la democracia plena solo cuando hasta el último de sus ciudadanos lleva colgada una condecoración institucional.

Seré sincero: hasta este mismo año desconocía yo siquiera la existencia de dicha medalla, pero debe de ser muy importante si se reparte a miles. No como el Nobel, que distribuye una docena cada año. Ante la tacañería de los suecos, la generosidad de los catalanes, regalando medallas como los reyes magos lanzan caramelos cada cinco de enero. ¿Cómo no va a tocarme a mí ninguna, si a mis méritos antes enumerados, se suma la ingente cantidad de condecoraciones existente? Pues nada, oigan. Estoy casi seguro de que habrá sido un olvido involuntario, que la Borràs se dará cuenta del mismo en cuanto lea este artículo --hola, Laura, ya ves, aquí estoy, esperando-- y correrá a repararlo.

Algunos desagradecidos la rechazaron por considerar que se trata de una mera operación de propaganda del gobierno catalán. Pues claro que lo es, como todo lo que hace el govern, ¿O es que alguien recuerda alguna acción no propagandística del actual ejecutivo catalán? Eso no ha de ser en ningún caso una razón para rechazar la medalla, todo lo contrario, puesto que el govern catalán no sabe hacer otra cosa que propaganda, es deber de todos los catalanes ayudarle a desempeñar la única función para la que está capacitado. De otra manera, mejor no tener govern.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.