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Un Estado difícil, a veces

Javier Paniagua
7 min

Ahora corre por los medios y los artículos académicos la idea de Estado fallido en España. Se ha distribuido, principalmente, desde los círculos de Puigdemont y el soberanismo catalanista y se ha divulgado en algunas publicaciones de Suiza y Alemania. La tesis es que el Estado español ha entrado en una espiral de descontrol que lo hace ineficaz para atender los elementos que lo distinguen como tal. En el periódico suizo Neue Zürcher Zeitung, el profesor de economía en la Universidad Bundeswehr de Múnich, Friedrich Leopold Sell, señala la situación política que atraviesa España afirmando que “es políticamente demasiado inestable". Algo que ya el politólogo Ramón Cotartelo, uno de los asesores áulicos del expresidente de la Generalitat catalana Carles Puigdemont, viene señalando en su Blog, Palinuro, desde hace ya un tiempo, editado ahora en catalán. Y lo mismo ha dicho Iñigo Errejón en referencia al gobierno de la Comunidad de Madrid. En los argumentos utilizados para emplear tal calificativo se señala la crisis de los partidos políticos, la falta de coherencia en las Autonomías con el Gobierno de España, un gobierno de coalición débil que tiene dificultades para aprobar los presupuestos, un debate sobre la jefatura del Estado, un poder judicial en entredicho y todo ello agravado con la crisis del covid 19. El problema es que no existe una definición lo suficientemente clarificadora de qué se entiende por Estado fallido. Se señala, en términos generales, la carencia de los servicios sociales básicos, con un control deficiente del territorio del Estado donde aparecen zonas incontrolables, así como la ineficacia del uso de la fuerza legitima, en la línea apuntada por Max Weber, para intervenir en cualquier circunstancia requerida o la imposibilidad de cumplir acuerdos con otros Estados soberanos.

El centro de estudios Fund and Peace, vinculado a la ONU, establece cada año, desde principios del siglo XXI, una clasificación de aquellos estados que presentan una débil estructura de funcionamiento, ineficaz para abortar movimientos armados que cuestionan la autoridad del gobierno y provocan crímenes sin poder reprimirlos mediante los tribunales de Justicia. Es el caso de países como Somalia, República Sudafricana, Sudán, Yemen, Afganistán. Haití, Etiopia o Chad, y otros con grandes  dificultades para imponerse. Nada que ver con España u otros estados europeos, americanos o asiáticos donde pueden destacarse, en varios casos, políticas represivas, falta de respeto a los derechos humanos o déficits en la separación de poderes. Pero los Estados funcionan como tal. En el caso de España la consideración de fallido no tiene ningún soporte. Sería tan fallido como Gran Bretaña. Italia, Grecia o Rumanía, Rusia, Ucrania, Lituania,  donde existen problemas territoriales, de integración de minorías o cuestionamiento del funcionamiento de los derechos democráticos, como en Hungría o Polonia.  A la propaganda del independentismo catalán le interesa extender la imagen de un Estado que está en proceso de desintegración porque eso le viene bien para sus intereses. Pero nada que ver con la realidad pues los mismos que desencadenaron el proceso soberanista han sido juzgados y condenados. Una cosa es la política desarrollada, las decisiones tomadas en función de la estrategia del gobierno que, naturalmente, pueden ser discutidas y criticadas  (de hecho la oposición habla de gobierno fallido como sinónimo de débil) y otra cosa es el funcionamiento de las instituciones del Estado. Puede haber deficiencias en algunas o muchas de ellas, como las hay en el resto de países, en mayor o menor grado, pero que puedan ser cuestionables no supone la dejación de su responsabilidad en sus competencias.

A lo largo de los siglos XIX y XX la construcción del Estado español ha padecido diferentes crisis, pero aún así ha mantenido una estructura que permanece hasta  el siglo XXI y mantiene el control de su territorio. Es cierto que se han producido distintas organizaciones territoriales desde la configuración provincial, la I República, federal o unitaria, en 1873, los Estatutos de Autonomía en la II República, la uniformidad del franquismo después de la Guerra Civil y la nueva reconstrucción con el sistema de Autonomías creado con la Constitución de 1978. En ese proceso ha habido momentos de conflicto de muy diverso tipo, entre los que destacan las guerras civiles, como ha ocurrido en el resto de Europa, pero aún así ha seguido en vigor por muchas crisis políticas, sociales y económicas acontecidas. Es verdad que atravesamos un periodo inestable cuando se discute la dirección de un gobierno de coalición y unos partidos cuestionan la jefatura del Estado o proponen políticas económicas difíciles de cumplir en la Unión Europea. Este tipo de gobierno de coalición es, sin duda, una propuesta arriesgada del actual PSOE pero puede conseguir que sectores sociales que se consideraron marginados del sistema y lograron en poco tiempo aglutinar una fuerza política con un respaldo electoral significativo, acaben integrándose en él a partir de la experiencia de gobierno. O, por el contrario, dar otro paso hacia la coalición de las dos fuerzas políticas más representativas y mayoritarias. como ocurre en Alemania o Suecia.

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¿Quién es... Javier Paniagua Fuentes?
Javier Paniagua

Catedrático acreditado de Historia Social y del Pensamiento Político (UNED). Codirector de la Revista Historia Social. Ha sido Director General de la consejería de Educación de la Generalitat Valenciana (1983-1986) y diputado en el Congreso de los Diputados entre 1986 y 2000 por el PSOE. Su último libro: El Socialismo. Del PSOE a la Socialdemocracia y Viceversa (cátedra, 2016).