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Muerte de Guifré el Pelós, de Claudio Lorenzale / CG

5. Los mitos fundacionales

30 min

En el origen pues, están los mitos. Los cronistas medievales escribían de hechos que no habían visto ni habrían podido ver porque no habían sucedido; fabulaban para agradar al rey, su benefactor, a quien no interesaba otra cosa que su reino, no sabía nada de naciones ni de voluntades de los pueblos y solo entendía de súbditos, dinastías, guerras y bodas. Más adelante, como explicaría el historiador de Llanguedoc Pierre Vilar, la mitología fue considerada un factor histórico determinante en la creación de un imaginario colectivo, teniendo siempre presente que son productos de un tiempo histórico muy concreto. En esta línea, el escritor Agustí Alcoberro, en un dossier sobre la mitología nacional catalana, publicado en la revista L’Avenç en 1991, alertaba de la conveniencia de “no olvidar que los mitos nacen, crecen y mueren en función de unos intereses presentistas o de una determinada actitud política, pero también a través de un proceso más complejo, y en gran medida autónomo, que hemos convenido en denominar tradición”. 

Una de las fuentes más generosas de tradición fue Rodrigo Jiménez de Rada, arzobispo de Toledo. El autor de De rebus Hispaniae ha sido reconocido como el cronista medieval por excelencia, una pluma al servicio de las aspiraciones de Fernando III y de su sabio hijo Alfonso X, señalado como ya sabemos como el inventor de la nación castellana, piedra angular de la futura España. Aquel relato arzobispal, aparecido en 1243, se preocupaba de enlazar estos dos reyes con la misión histórica de la unidad peninsular iniciada por los monarcas godos. 

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El arzobispo procuraba a padre e hijo una genealogía a la altura de sus ambiciones, reconociéndoles como herederos de Hércules, artífice del primer gobierno unificado de la península, precursor de Hispano, el héroe que daría nombre a estas tierras. Para ser dignos del origen de sus reyes, sus súbditos eran adscritos directamente a la descendencia de Noé, siguiendo la línea familiar de su nieto Tubal.

Rodrigo Ximénez de RadaLa figura de Tubal como padre fundador de naciones fue muy disputada en aquellos tiempos. Los cronistas vascones, gallegos y catalanes les negaron a los castellanos la exclusiva de tan alta cuna bíblica, atribuyéndole también al nieto de Noé la paternidad de sus respectivos pueblos. 

Todos habían leído las mismas historias fabulosas y ya las interpretaban desde ópticas particulares.

Doscientos años después de Jiménez de Rada, Pere Tomic describió en Histories e conquestes dels reis d’Aragó e comtes de Barcelona cómo Tubal puso los pies en Amposta, creando el primer asentamiento peninsular y cómo la tripulación de la barca nona (la novena barca) fundó Barcelona, aprovechando que habían sido enviados por los griegos para suplicar el auxilio de Hércules en la guerra de Troya. Según Tomic, la tumba de Hispano se encuentra en la calle barcelonesa de Paradís.

Un siglo más tarde, Juan Martínez de Zaldibia desmintió a Tomic y a Jiménez de Rada en la Suma de las cosas cantábricas y guipuzcoanas: Tubal había desembarcado en Vasconia, al frente de una expedición de íberos a quienes enseñó su lengua, llamada vascongada, una de las 72 lenguas originales de la humanidad tras el episodio de la torre de Babel. El nieto de Noé introdujo en aquellas tierras la técnica de la metalurgia. Atendiendo a este relato, los descendientes de los expedicionarios vivieron aislados del resto de pobladores de la península, “siempre apartados de herejías, con judíos, moros ni otros infieles nunca mezclados”. Mucho más tarde, hijo ya del romanticismo, Benito Vicetto, conocido como el Walter Scott gallego, en la Historia de Galicia, atribuía a Tubal la llegada de la lengua a su tierra, tras un complejo periplo lingüístico: del caldeo habría derivado el brigantino y de este, el hebreo, emparentado con el celta y del celta el galo-griego, origen del gall-ego.

La influencia del Camino de Santiago resultó decisiva para el reconocimiento internacional y eclesiástico de la restauración cristiana como una guerra santa, que un día algo lejano se bautizaría como Reconquista

Mucho antes del éxito editorial alcanzado por Tubal a partir del siglo XIII, otro hecho mitológico, milagroso y trascendental para el futuro peninsular se había instalado firmemente en las creencias populares. El cuerpo íntegro del apóstol Santiago, ejecutado en Jerusalén a mitad del siglo I, apareció ochocientos años más tarde en una tumba de Iria Flavia. El rey Alfonso II supo ver una ventana de oportunidad en tan sorprendente hecho e hizo interpretar la señal como un factor de legitimación divina del reino asturiano; un blasón tan honorífico como el de ser el representante de la continuidad visigoda. El monarca hizo construir de inmediato una basílica con el nombre de Campus Stellae, en honor de las estrellas que permitieron identificar la localización exacta del cuerpo del apóstol, para impresionar a peregrinos y al resto de reyes de la península.

La fe de los sucesivos reyes asturianos, leoneses y castellanos, así como la devoción de sus súbditos, hubo de esperar trescientos años para recibir desde Roma la autentificación del descubrimiento. Cuando el papa Calixto II estableció los años Jacobeos, León y Castilla habían experimentado ya con la primera y fallida unión de coronas; el santo, por su parte, había intervenido decisivamente, espada en mano, en diversas batallas contra los moros. Afortunadamente, unos años antes de la proclamación papal de dicha efeméride, los reyes de León tuvieron la buena idea de aliarse con la casa real de Borgoña, protectora de Cluny. Los monjes de esta poderosa orden intuyeron los beneficios del milagroso descubrimiento, tanto para la fe universal como para su futuro negocio de hospedaje de peregrinos en la cadena de monasterios que abrirían a lo largo del camino francés hasta la tumba del apóstol. El espíritu santo hizo el resto al depositar la tiara de san Pedro en la cabeza del papa Calixto, nacido en Borgoña.

Santigo ApóstolSantiago fue proclamado patrón de España. La influencia del Camino de Santiago resultó decisiva para el reconocimiento internacional y eclesiástico de la restauración cristiana como una guerra santa, que un día algo lejano se bautizaría como Reconquista. El apóstol mataba sarracenos en nombre de España, por eso los reyes de Castilla no tuvieron inconveniente en ponerse a sus órdenes como humildes alféreces. A pesar de que Pelayo, ignorante de la presencia del mártir en Galicia, hubiera resaltado en un principio que la victoria de Covadonga supondría “la salvación de Hispania y la reparación del ejército godo”; el fabuloso descubrimiento de la tumba de Santiago el Mayor confirió a los valores del cristianismo un puesto de honor entre las prioridades de la recuperación del territorio perdido. Teniendo muy presente el milagro, José Álvarez Junco establece así la jerarquía de intereses de la larga guerra con los árabes: primero, la recuperación del mundo visigodo; casi al mismo nivel, la expansión cristiana, y solamente en tercer lugar, la perspectiva hispana.

El patronazgo de Santiago no fue aceptado con el mismo grado de entusiasmo ni despertó la misma adhesión en todos los reinos cristianos peninsulares. El reino-condado de Aragón-Cataluña se inclinó por tener un patrón propio, Sant Jordi, tras tantear la protección de Sant Martí. El cronista Bernat Desclot recogió los méritos patrióticos de este santo en una fábula: Martí dejó su espada a un conde de Barcelona, tal vez Ramon Berenguer III, para enfrentarse y vencer en combate singular a dos nobles que habían acusado a una emperatriz alemana infundadamente de adúltera. El marido agradecido regaló al Buen Conde el dominio de Provenza. A pesar de esta ganancia de nuevas tierras para el condado, el detalle caballeresco de Martí no pudo competir con la victoria de Sant Jordi sobre el dragón, una hazaña que despertaría mayor confianza entre catalanes y aragoneses pues, finalmente, optaron por elegir el mismo patrón que Inglaterra, Portugal o Polonia.

Los orígenes bíblicos de la historia de Hispania, asumidos y divulgados a conciencia por los creadores del primer imaginario españolista, encontraron competencia en los cronistas de cada reino medieval

Tubal también fue perdiendo adeptos como padre de los diversos pueblos, a pesar de los esfuerzos de muchos historiadores castellanos para mantener viva tal paternidad, tarea de la que participaron incluso los más influyentes y reconocidos, como fue el caso de Juan de Mariana, autor de una historia de España, publicada en 1850, considerada un clásico de la construcción de la identidad española y del sentimiento patriótico. Mariana interpretaba España como una coordinación de reinos. “No nos contentamos”, escribió, “en relatar los hechos de un solo reino sino de todas las partes de España”; Álvarez Junco señala la fe ciega de este autor en la paternidad del nieto de Noé, “el fundador de la gente española y de su valeroso imperio”.  

Los orígenes bíblicos de la historia de Hispania, asumidos y divulgados a conciencia por los creadores del primer imaginario españolista, encontraron competencia, como hemos visto, en los cronistas de cada reino medieval. Más adelante, los historiadores románticos de cada territorio histórico asumieron el relevo de los cronistas para mantener viva la rivalidad en la búsqueda de la singularidad y de un camino propio para alcanzarla. El desafío literario se acomodaba a las exigencias políticas de cada circunstancia.

Para asentar su autoridad, Castilla se esforzaba por demostrar unos orígenes tan antiguos y nobles como los de León o los de Aragón. Para poder exhibir factores diferenciales respecto de sus socios dinásticos catalanes, Aragón se afanaba en compartir con Navarra libertades primigenias y una monarquía electiva. Para fundamentar la idea de una independencia natural, Cataluña proclamaba su autoliberación feudal. Vasconia idealizaba su aislamiento permanente como marca diferenciadora y Andalucía reclamaba la herencia de Tartesos, la primera civilización de la península, para no fiar su reivindicación exclusivamente en el periodo de dominación musulmana y el paraíso de las tres culturas.

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En este escenario altamente competitivo, de lucimiento de orígenes antiguos, nobles y singulares, la fundación de Castilla se convirtió en una de las cuestiones más relevantes y controvertidas. Los reyes castellanos y sus cronistas sintieron bien pronto la necesidad de ganar antigüedad para sus linajes feudales y así legitimar su predominio político y militar frente a León, en primera instancia, y ante toda Europa, más adelante. Esta operación de Estado explica uno de los grandes mitos del medievo: la elección de los jueces de Castilla, allá por el año 842.

La tradición dice: los pobladores de la vieja Vardulia, la zona norte oriental de Burgos, aprovecharon el fallecimiento de Alfonso II de Asturias, aquel que supo pactar con Cluny la explotación política y comercial del milagro de Santiago, para elegir dos magistrados a los que se encargó el gobierno del pequeño territorio llamado Castilla y lo hicieron siguiendo unas costumbres ancestrales, eludiendo el Fuero Juzgo vigente en el primer reino cristiano. En base a esta cronología, Castilla se habría independizado de Asturias incluso antes del nacimiento del reino de León.

Arsenio e Ignacio Escolar han escrito un libro para desmontar este mito y otras creaciones interesadas al entorno de Castilla. En La nación inventada atribuyen la fabulación a los cronistas del siglo XII de La Rioja y Navarra (rivales de León), engrandecida y divulgada posteriormente por los cronistas castellanos. La realidad no recoge ninguna noticia documental de Nuño Rasura y Laín Calvo, los dos supuestos jueces fundadores por elección popular. El primer conde castellano fue Rodrigo, señor de la fortaleza del promontorio de Amaya en el año 850. Los autores tampoco conceden ninguna credibilidad a la tradición que señala a Fernán González como al padre de la patria castellana. El Buen Conde sí que existió, pero nunca dejó de ser un hombre fiel a Ramiro II, el Diablo, unificador de los territorios de Asturias, León, Galicia y el norte de Portugal. Al morir dicho conde, allá por el año 970, la gran novedad de su vida había sido que habiendo nacido como Ferdinandus Gundisálviz fue enterrado como Fernán González, tal fue el auge de la lengua castellana en los últimos años del primer milenio.

La leyenda de la nación inventada había comenzado su andadura, primero a paso lento y después de Alfonso X, a toda pluma, hasta llegar a ser objeto predilecto de la literatura nacionalista de la Generación del 98 y mito central del discurso identitario del franquismo

En aquel mismo periodo, Abd-ar-Rahman III, califa de Córdoba, vivía sus días de máximo esplendor. La capital de Al-Andalus era la ciudad más poblada de Occidente, superando los 100.000 habitantes, sus dominios llegaban hasta el rio Duero y mantenía su supremacía militar gracias a un ejército de mercenarios eslavos. Faltaban 60 años para el episodio real de la designación de Fernando I como conde de Castilla, a título de rey, y deberían pasar dos siglos todavía para poder celebrar o llorar la unión definitiva de las coronas de León y Castilla.

“Lo más sorprendente del pasado, si se repitiera, sería comprobar que nada es igual a como nos lo cuentan”, dijo León Daudí, seudónimo de Noel Clarasó, escritor especializado en frases célebres. Célebres, pero no descabelladas, solo hay que leer a E.H. Carr para hacerse una idea de lo afortunado de la afirmación. Las cosas no sucedieron exactamente como se repitieron durante siglos, sin embargo, la leyenda de la nación inventada había comenzado su andadura, primero a paso lento y después de Alfonso X, a toda pluma, hasta llegar a ser objeto predilecto de la literatura nacionalista de la Generación del 98 y mito central del discurso identitario del franquismo. 

Los Escolar lamentan profundamente la instrumentalización sufrida por la patria castellana: “Castilla ha sido la gran maltratada. Los reyes y los obispos ganadores de la guerra contra Al-Andalus reescribieron la historia y sobre aquellas medias verdades forjaron una nación, la castellana, que después fue derruida para levantar sobre sus cimientos otro casón mayor: la nación española. En el camino, la vieja patria fue rota, expoliada. Fue carne de cañón del imperio posterior, la que sometió su verdadera identidad, que no estaba en sus reyes o en el espadón del Cid, sino en sus ciudades y en aquellas islas de hombres libres rodeadas de un mar feudal, en aquella sociedad algo más igualitaria que sus demás vecinos”.

La primigenia isla de castellanos libres descrita por Claudio Sánchez Albornoz tendría algún parecido con la imagen forjada por aragoneses y navarros del modelo político vivido por sus antepasados, primos hermanos por su origen condal y carolingio. En el Liber Regum, escrito en romance navarro-aragonés en 1200, tras la creación del reino de Aragón por Sancho III, se localiza el nacimiento del Reino de Pamplona en las montañas de Ainsa y Sobrarbe. En aquellos parajes habría regido el Fuero de Sobrarbe, la ley fundacional conocida por su célebre juramento popular: “Nos, que valemos tanto como Vos y todos juntos más que Vos, os hacemos rey si nos gobernáis bien; si no, no”. Dicho fuero habría sido un precedente legal compartido por Aragón y permitirían establecer una especie de hermanamiento con la tradición castellana del “nadie más que nadie”.

Tanto Álvarez Junco, como Norman Davies, entre otros muchos historiadores, consideran aquellos fueros una invención muy posterior a la creación de los condados. A pesar de las dudas, en la compilación de los Fueros de la Corona de Aragón, encargada en 1552, el mito de Sobrarbe seguía vigente y honorado para dar cobertura histórica a uno de los blasones más preciados por los aragoneses: “en Aragón hubo primero leyes que reyes”.

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Guifré el PilósCataluña nunca tuvo reyes propios y desde el comienzo de sus días se desentendió del hilo conductor visigodo, con unas pocas excepciones como se ha visto, para enfatizar una historia singular al margen de la evolución de los acontecimientos peninsulares. Los esfuerzos creativos se concentraron en magnificar la epopeya de su autoliberación, subrayando su fundación autónoma con posterior sometimiento voluntario a los poderosos reyes francos. Ni los más entusiastas de los cronistas medievales se atrevieron a concretar la pretensión de pueblo elegido formulada por Torres i Bages bastantes siglos después al afirmar que Cataluña “la hizo Dios, no la hicieron los hombres”. Guifré el Pilós era ciertamente un hombre y un conde, protagonista de dos mitos, el de la recuperación del condado de Barcelona caído en manos de un usurpador franco, el asesino de su padre, Guifré d’Arrià, y el de la creación del escudo de las cuatro barras, aunque en este episodio su papel fuera más bien el de espectador al estar a las puertas de la muerte. Los cronistas glorificaron los dos momentos extraordinarios de su vida con cuatro siglos de diferencia.

Miquel Coll i Alentorn, ingeniero enamorado de la historia, atribuyó a un monje del monasterio de Cuixà la primera elaboración de la hazaña fundacional, en 1127, un siglo después de la muerte del conde. El relato reproduce una historia similar, atribuida a Balduino Brazo de Hierro, conde de Flandes, y se superpone a un episodio real protagonizado por el nieto de Guifré, el conde Borrell II, quien expulsó a Almanzor de Barcelona sin mediar ayuda de las tropas francas. El éxito militar le valió al nieto su reconocimiento como Duc de Gòtia, ejerciendo desde aquel instante como Conde de Barcelona, independiente de facto de la monarquía franca. Al abuelo, su falsa proeza le concedió el honor de inaugurar el panteón de catalanes ilustres. 

Esta primera fabulación sobre Guifré figura en diversas obras desde su aparición en la Gesta comitum Barcinonsium et regnum Aragonum, a finales del siglo XII. El segundo episodio de su vida virtual no tomó cuerpo hasta que Pere Antoni Beuter, en 1550, imaginó la escena del diseño de las cuatro barras, cuando hacía ya cuatro siglos que dichas barras formaban parte del escudo de la Casa de Barcelona. La escena es muy popular: un rey franco, primero se dijo Luís el Piadoso y luego se cambió por Carlos el Calvo para ajustarse al tiempo histórico real, deslizó sus dedos impregnados de la sangre del Pilós sobre el escudo del moribundo, inmortalizando los cuatro trazos rojos como el símbolo eterno de Cataluña. 

El mito de una fundación de los condados catalanes previa a la llegada de los francos tiene como protagonista a Otger Cataló, noble de Gascuña instalado en el territorio ahora catalán con la ayuda de los Nueve Barones (los fundadores de las grandes familias nobiliarias). Otger vería confirmada posteriormente su autoridad sobre estas tierras por el emperador franco. Alcoberro subrayaba en su artículo el doble mensaje implícito en esta tradición: “La justificación del poder de los nobles y la existencia innata de una actitud pactista extrema”.

Otger CatalóLas versiones mitológicas de la creación nacional, fundamento de su independencia, sobrevivieron a la crítica de los historiadores de la Ilustración y retomaron su máxima popularidad gracias a la publicación de la Història de Catalunya i de la Corona de Aragón de Víctor Balaguer, en 1860. El autor recreó la fascinación del romanticismo por las fabulas medievales, al estilo de lo ocurrido con todos los viejos reinos europeos; aprovechó también para discrepar abiertamente de la versión castellanista de la historia oficial, representada por los dos grandes historiadores del XIX, Juan de Mariana y Modesto Lafuente. A este último corresponde el honor de haber dado el nombre de Reconquista a la restauración militar visigoda inaugurada por Pelayo.  

Los mitos son mentiras piadosas, propias de unas comunidades analfabetas, crédulas ante relatos simples protagonizados por héroes divinos o humanos para explicar sus orígenes colectivos muchas veces de forma esperpéntica

La visión historiográfica defendida por Balaguer se caracteriza, a juicio de Álvarez Junco, por su escaso interés por los visigodos; por fijar el inicio de todo en Guifré el Pilòs y la culminación de todo en Jaume I; en no ver con buenos ojos ni la llegada de los Trástamara a la corona aragonesa ni la unión dinástica de Isabel y Fernando y por atribuir la decadencia del país no tanto a los Habsburgo, como hacía la corriente castellanista, si no a los Borbón, en especial a Felipe V. Balaguer sostuvo como reversible la eliminación de los fueros en 1714.

Joseph Augustin ChahoEl noble gascón, Otger Cataló, tuvo un homónimo vasco en Aitor, un mito debido a la pluma de Joseph Augustin Chaho. En su libro Histoire primitive des euskariens-basques, de 1847, atribuía la fundación de la nación vasca a Aitor y a sus siete hijos, de los que nacerían las siete provincias, negando ningún papel a Tubal y a su prole bíblica. Con el paso de los años, se abrirían paso las aportaciones antropológicas del paganismo autóctono de los vascos, de cuando practicaban el culto a la diosa Mari y al macho cabrío Aker, mucho antes de ser várdulos y de participar en las guerras cristianas a las órdenes del apóstol Santiago.

Aitor, Otger Cataló, Nuño Rasura, Laín Calvo, Tubal y compañía forman parte de la pléyade de mitos que hallaríamos en los primeros días de toda nación que se precie. Guifré el Pilòs fue de carne y hueso, pero sus gestas militares y heráldicas hay que inscribirlas cautelarmente en el catálogo de hazañas mitológicas. Los mitos son mentiras piadosas, propias de unas comunidades analfabetas, crédulas ante relatos simples protagonizados por héroes divinos o humanos para explicar sus orígenes colectivos muchas veces de forma esperpéntica.

El hecho de que la mayoría tomasen forma literaria siglos más tarde y perdurasen muchos siglos después, demuestra su eficacia como elementos conformadores de la preciada singularidad, incluso en sociedades muy desarrolladas. Otra cosa diferente son las leyendas, las modulaciones políticas a conveniencia de hechos históricos o simplemente hechos del pasado, con intensidad y sentido variables en función de los intereses coyunturales de cada época o circunstancia. En algunos casos, la adecuación política de la realidad originaria se les iba de la mano a los autores, la elaboraban tanto, la transformaban con tanta pasión que convertían la leyenda en mito. En ocasiones, la búsqueda de una mayor eficacia pedagógica puede ir en detrimento de la verdad, si es que existe una verdad histórica.

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