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Jordi Mercader, periodista, analista de la actualidad y escritor / CG

España, un cuento bien contado (introducción)

8 min

Los conflictos territoriales e identitarios envejecen mal y no se arreglan con el paso del tiempo, más bien todo lo contrario, tienen una tendencia natural a empeorar. En España esta constatación es una obviedad. El debate sin prejuicios ni posiciones de fuerza sobre cómo asumir y afrontar su pluralidad fundacional se ha aplazado durante siglos, peor aún, se dio por finiquitado sin tan solo haberse planteado; repeor todavía, demasiadas gentes durante demasiado tiempo han creído y hecho creer que estaba solventado. Cuando menos, superado y olvidado. Una ilusión política desvanecida abruptamente por la fuerza adquirida por el movimiento independentista en Cataluña.

De repente, como por arte de magia, el olvido interesado se ha transformado en una dificultad añadida al propio problema, al impedir plantear ningún tipo de solución alternativa a la defensa cerrada de lo vigente. Tantos siglos de unidad oficial y artificial son ahora un obstáculo para pensar qué hacer, porque primero habrá que recuperar la conciencia colectiva de tener un asunto pendiente y luego presentarse objetivamente las características específicas del contencioso dado por muerto.

El litigio más antiguo de la vieja España, de cuando todavía se escribía con ese final, exige tiempo para la reflexión tras aceptar que el contencioso persiste

El litigio más antiguo de la vieja España, de cuando todavía se escribía con ese final, exige tiempo para la reflexión tras aceptar que el contencioso persiste. La urgencia promovida por los partidarios de ahorrarse los preliminares y acabar cuanto antes con la complejidad histórica, política y social creada por el paso de los siglos no pretende ayudar, todo lo contrario, están apostando por la generalización del mantra favorito de los sectores más enfrentados y alejados por la concepción de España, y más concretamente, en la relación entre Cataluña y el Estado español. El mantra dice: ya es imposible entendernos.

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Es una suposición no descartable. La cuestión es: ¿no podemos entendernos porque no queremos o porque no podemos? Si todo se redujera a la voluntad política por el desacuerdo, buscando ventajas electorales en la tensión territorial provocada por el desencuentro, sería un asunto grave, pero relativamente sencillo de reconducir, como tantas otras disputas de la clase política. Sin embargo, sería una catástrofe haber de admitir la existencia de unas verdades históricas en cada una de las partes enfrentadas, tanto en sus políticos como en sus bases ciudadanas, verdades construidas a lo largo del tiempo y consolidadas como argumentos incontestables, hasta el extremo de aportar tal seguridad cultural en las respectivas posiciones como para haberse convertido en irrenunciables.

Lo primero y tal vez lo esencial es tomar conciencia de estar ante un conflicto alimentado por el ejercicio sistemático de la distorsión histórica, administrado a diestro y siniestro por todos los interesados

¿España es Una o Plural? ¿Podría darse el caso de que todos estemos sinceramente convencidos de estar defendiendo lo correcto? De ser eso cierto, ¿cómo habríamos llegado a un punto de divergencia tan delicado? Para responder a estos interrogantes hay que considerar los efectos de múltiples factores. De la historia a la literatura pasando por la escuela, sin olvidar todas las guerras, ocupaciones, bodas reales, pactos y alianzas fallidas registradas entre los pueblos de España, desde mucho antes de tener conciencia de formar parte de algo compartido.

El acuerdo entre verdades, entre certezas fundamentadas y contrapuestas, se intuye complejo y alejado de la simple política de mayorías y minorías. Lo primero y tal vez lo esencial es tomar conciencia de estar ante un conflicto alimentado por el ejercicio sistemático de la distorsión histórica, administrado a diestro y siniestro por todos los interesados. Antonio Machado sentenciaba por boca de Juan de Mairena: "Es lo que pasa siempre: se señala un hecho; después se acepta como fatalidad; finalmente se convierte en bandera. Si un día se descubre que el hecho no era completamente cierto, o que era totalmente falso, la bandera, más o menos descolorida, no deja de ondear".

Ahí estamos, instalados oficialmente en el singular y pensando en el plural perdido. Les invito a viajar en la búsqueda de la maldita ese desaparecida del nombre de España. Una relectura comentada del cuento de España, el cuento mejor contado de todos los tiempos. Con todo el respeto para un género nacido incluso antes de que alguien descubriera la escritura en algún rincón de Mesopotamia.

Ahí estamos, instalados oficialmente en el singular y pensando en el plural perdido

El filólogo Mariano Baquero Goyanes, autor de diferentes libros sobre el cuento, dejó escrito, a mediados del siglo XX, en su obra El cuento español. Del romanticismo al realismo lo siguiente: "Confundido inicialmente con el mito, con las viejas creencias y las seculares tradiciones, el cuento alcanza configuraciones literarias en el siglo XIX y se convierte así en el más paradójico y extraño de los géneros: aquel que tal vez fuera el más antiguo del mundo y, a la vez, el que más tardó en adquirir forma literaria".

El cuento ha sido a lo largo del tiempo el más eficaz de los instrumentos para retransmitir de generación en generación las leyendas más fantásticas, los episodios más inverosímiles y las historias más interesadas. Sin cuentos, algunas naciones quizás no existirían tal como las conocemos en la actualidad.

El secreto del cuento nos lo descubrió Cecilia Böhl de Faber, agazapada tras su nom de plume, Fernán Caballero: ofrecer a los hechos relatados la máxima apariencia de veracidad a pesar de no ser verídicos. El resto corría a cargo de una audiencia crédula, necesitada de referencias colectivas y de héroes propios. El maestro Walter Scott adornó este género hasta confundirlo con la historia. El cuento no ha muerto.

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