Entre el alivio y la pesadumbre

Pedro Vega
17.06.2019
7 min

Por lo que concierne a Barcelona, estamos como estábamos, al menos, de momento. Aún nos toca esperar. Confiemos en que no se cumpla la primera ley de Murphy y que todo lo que pueda empeorar, empeore. Desde el inicio de la crisis económica y el despegue del procés, junto con el pasado cuatrienio de populismo municipal, llevamos casi diez años de decadencia progresiva. Y se avecinan otros cuatro. Eso sí, nos hemos librado con alivio de que el independentismo gobierne la ciudad que Ernest Maragall, con su raca-raca, estaba empeñado en convertir en la capital de la República inexistente. Sin embargo, la contrapartida es que continuaremos al arbitrio de Los Comunes. La apuesta parece que era entre ella o el diluvio. No obstante, la alcaldesa rediviva, gracias a la dadivosidad de Manuel Valls y ya sabremos si la ingenuidad del PSC, ha dicho que no será indepe ni antiindepe. Es decir, seguimos en la ambigüedad de la equidistancia.

La polarización es tal que, en contra de cualquier voluntad individual, parece que estar contra un candidato obligue o suponga posicionarse a favor del otro. Y viceversa, que diría el otro. Así es la llamada democracia directa, fundamentada en el asambleísmo y la tecnología de internet que ha sido en gran medida el enterrador de Podemos: en Barcelona votaron 750.000 ciudadanos y han decidido los 4.000 “inscritos” que han participado en la consulta de los comunes que recibieron 156.000 votos. La semana pasada, un destacado dirigente socialista municipal afirmaba que “tenemos el acuerdo de que llegaremos a un acuerdo”. ¿Qué acuerdo? La pregunta formulada a los inscritos planteaba “¿Quieres que Ada sea alcaldesa con los votos del PSC?”. Tal redacción no implica en caso alguno tener que gobernar con este partido. Es pura cuestión de confianza y buena voluntad.

Sin embargo, ¿quién asegura que no se plantee una nueva consulta sobre la necesidad de pactar o no con el PSC? Y que decidan las bases: una forma harto artificiosa de eludir adoptar personalmente una medida clara y de poner en escena la ratificación o rechazo por los demás de una decisión previamente adoptada, una farsa sin sentido. Ya echaron a los socialistas del gobierno municipal de esta forma hace poco más de año y medio. ¿Los mismos que aprobaron expulsarles de la gestión municipal, se inclinarán ahora por integrarles de nuevo?

La otra parte contratante del hipotético acuerdo, la propia alcaldesa, ya ha dicho que quiere colgar el lazo amarillo en el balcón del consistorio. Lo someterá a la decisión de la junta de portavoces. Una artimaña más para trasladar la toma de decisiones a los demás sin tener que mojarse claramente. Haga lo que haga el PSC, la suma de concejales de comunes, ERC y JxCat lo hará inevitable: tendremos el dichoso complemento en la fachada del ayuntamiento barcelonés. ¿El lazo formará parte de esos acuerdos por llegar? Más aún: ¿Qué ocurrirá cuando salga la sentencia del Supremo sobre los líderes del procés? Hay quien apunta a finales de julio como fecha indicativa para que se conozca el fallo judicial. ¿Coincidirán entonces socialistas y comunes en la misma apreciación y acatamiento? Son demasiados interrogantes y, suponiendo que se haya llegado a algún acuerdo, ¿cómo será la convivencia en este matrimonio de conveniencia? ¿Serán políticos presos o presos políticos? Y siguiendo el mismo hilo, antes de llegar ahí se tendrá que haber pasado por la aprobación del cartapacio municipal, previsto para mediados de julio, que requiere la mayoría absoluta de los concejales del pleno. Es decir, harán falta de nuevo los votos de Manuel Valls además, claro está, de los de Jaume Collboni. Será otro festival ornado con el correspondiente lazo.

En este gran mercadeo municipal que ahora se llama pragmatismo, ERC ha birlado a los socialistas catalanes las alcaldías de Tarragona y Lleida, en donde también tendremos con toda seguridad y previsiblemente el correspondiente lazo, con los votos de los comunes locales. Cabía haber esperado cierta reciprocidad intermunicipal en eso de los gobiernos de izquierda progresista. Podrá argumentarse que Barcelona en Común es una cosa y Cataluña en Común otra distinta, sin dirección unificada y compartida. En resumen, que a falta de una estructura y cultura de partido, es una suma de agregados y, en definitiva, un conjunto de reinos de taifas. Todavía quedan cosas importantes por repartir, como la Diputación y el Área Metropolitana. Circula hace días que Jaume Collboni aspira a la primera: esperemos que no sea por encontrar una salida a cierta incompatibilidad de caracteres con la alcaldesa. Por lo que respecta al AMB ha funcionado tradicionalmente una ley nunca escrita que es dejar la presidencia al primer edil de Barcelona; pero el PSC tiene ahora en este organismo supramunicipal una mayoría cómoda. ¿Cómo se resolverán estos flecos?

Mientras tanto, Ada Colau y sus inscritos, bases, afiliados, militantes o como se quieran nombrar, sin que sepamos a ciencia cierta qué son por la versatilidad de la denominación, se han ganado la inquina de los indepes, sean de ERC o de JxCat. La presión en los próximos meses o semanas no será poca por haberse entregado a los del 155. La intervención de Ernest Maragall en el pleno municipal del pasado sábado y, mucho más, su rostro desencajado cual si fuera el Ecce Homo de Tarazona, no dejan lugar a dudas. Demasiadas debilidades y complicaciones para gobernar una ciudad que, sin vivir un apagón como el de Argentina y Uruguay, puede caminar por la misma senda de deterioro que algunos países latinoamericanos.

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¿Quién es... Pedro Vega?
Pedro Vega

Santander; Aries, mientras los astrólogos no alteran las certezas zodiacales; cosmopolita residente en Barcelona tras pasar por Paris, Bucarest y Madrid. Colaborador de diversos medios informativos, es autor de libros como “Crónica del antifranquismo”. Dedicado desde hace tiempo a la consultoría de comunicación de grandes corporaciones empresariales.

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