En defensa de la injustamente maltratada Dolera

Guillem Bota
26.11.2018
6 min

Lo de que Leticia Dolera se cisca en las mujeres cuando le place se ha sabido ahora, pero era vox populi en Barcelona. Fíjense si sería vox populi, que yo --que soy forastero-- me enteré de su veto a Aina Clotet por estar embarazada mientras comía en una marisquería gallega. No faltó más que el camarero pregonando el menú al grito de "percebes auténticos, naturales, no como los valores de la Dolera". Barcelona es un patio de vecinos, se sabía en el mundillo lo del veto a la actriz y se sabía que Dolera usaba el feminismo porque eso es lo que ahora mismo te hace salir en los papeles, o sea, te abre puertas; o sea, te proporciona contratos; o sea, money.

Las razones de la Dolera para incumplir la palabra de contratar a la Clotet son de sobra conocidas y se reducen a "haberlo hecho con condón, rica". O séase, como la actriz ha quedado embarazada, la musa del nuevo feminismo ha decidido no contar con ella, puesto que en la película hay escenas de desnudo y de sexo, y adónde vas a ir con esa barriga. Lo que sucede es que uno se molesta en buscar cuántas actrices han quedado embarazadas en pleno rodaje sin que ello les supusiera perder el contrato y necesita el doble de espacio del que yo dispongo en este artículo para escribir la lista. Pero ahí van unas cuantas: Penélope Cruz, Jodie Foster, Angelina Jolie, Helena Bonham-Carter, Julia Roberts, Madonna, Kate Winslet, Amaya Salamanca, Keri Russell, Kerry Washington, Marcia Cross, Claire Danes... Todas ellas --más las que me dejo--, eso sí, tuvieron la suerte de contar con un director de cine mínimamente capaz de llevar a cabo su trabajo. Sistemas de ocultar o disimular el embarazo de una actriz los hay a patadas, pero no están al alcance del primero que se pone tras una cámara. O sea, no están al alcance Leticia Dolera.

Uno llega a la conclusión de que si Dolera no está capacitada para dirigir debería dedicarse a sus labores. Mi señora madre, sin ir más lejos, siempre tuvo claro que lo suyo no era hacerle la competencia a Kubrick, con lo que se limitó a eso, a sus labores. Todo esto que ganamos en casa en ganchillos que poner sobre los muebles y en bufandas de lana para el invierno, pero sobre todo, todo eso que ganó también la historia del cine. Leticia Dolera debería tomar ejemplo de mi madre, y para que nadie crea que ese es un comentario machista, lo mismo pueden aplicarse los directores masculinos de cine incapaces de rodar nada interesante, que no son pocos y el ganchillo no entiende de sexos.

Dicho lo cual, y una vez sentada la capacidad --o sea, la incapacidad-- de la Dolera para dirigir cine, me veo en la obligación de defenderla de los sucios ataques de que ha sido objeto acusándola de traicionar al feminismo. Todo lo contrario. Como directora será una piernas, pero como feminista, ha demostrado madera de líder. El nuevo feminismo, como es sabido, intenta por todos los medios equipararse a los hombres, a poder ser superarlos, en lo bueno y en lo malo. No son pocas las mujeres que hoy en día zanjan cualquier discusión con un estentóreo "porque me sale de ahí", igualándose así a aquellos admirados hombres de pelo en pecho que la zanjan con un "porque me sale de allá". Por ese motivo, y no por otro, abusó de un menor Asia Argento, líder del movimiento Me too contra las agresiones sexuales a las actrices. ¿Creen ustedes que lo hizo por placer? De ninguna manera: era una forma de equipararse a los hombres. Por este ansia de igualase a los hombres, intentó con posterioridad ocultar el delito con el viejo método masculino de pagar unos buenos dineros a la víctima.

Leticia Dolera no hace más que comportarse como lo han hecho los hombres toda la vida, esto es, despreciando a las mujeres que quedan embarazadas y si llega el caso --no es que ella lo desee, por Dios, pero así son las cosas-- dejándolas sin trabajo. Esto es el nuevo feminismo. Le faltó solamente a la musa de los derechos de las mujeres incluir en el contrato de sus actrices la prohibición de quedar embarazadas mientras trabajen para ella. Mejor aún, la prohibición estricta de yacer con varón hasta finalizar el rodaje de la última escena, que es lo que ordenaría un macho de los de verdad. Le falta todavía un poco a la Dolera por aprender, pero a fe de que va mejorando, se la ve con ganas.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.

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