Elogio a los escoltas de Junqueras

Guillem Bota
24.01.2022
5 min

A mí me parece muy bien que le estemos pagando a Junqueras unos escoltas, hay que tener en cuenta que es por el bien de todos nosotros. Los policías que día y noche se apostan a la vera del líder republicano, no lo hacen para evitar que alguien atente contra él, puesto que es un pobre hombre que a nadie importa ya, incluso es dudoso que haya alguien que aún se acuerde de que un día formó parte del Govern. No, lo cierto es que la labor de esos esforzados policías es ni más ni menos que impedir que Junqueras se zampe todo lo que se halle a su alcance. El apetito voraz del líder republicano, que se acrecentó durante su estancia en prisión según ponían de relieve las imágenes de su silueta, podría dejar sin abastecimiento a la mayoría de hogares catalanes si no se le pusiera freno por la fuerza. Los agentes velan por la salud de Junqueras, es cierto, puesto que no puede ser sano comerse todo que está al alcance de la boca, pero sobre todo procuran que los catalanes no pasemos hambre en cuanto éste haya dado buena cuenta, por sí solo, de todo lo que debería alimentarnos al resto. Un Junqueras suelto y libre por Cataluña, sin una patrulla de Mossos que estén ojo avizor y le impidan dar rienda suelta a sus apetitos, provocaría una hambruna que ríanse ustedes de la que azotó Irlanda allá por el siglo XIX. En poco tiempo no habría nada que llevarnos a la boca. Ha hecho bien la Generalitat en movilizarse, nuestra seguridad exigía que unos escoltas velaran por Junqueras.

Esos policías que procuran por la salud de todos los catalanes y en menor medida por la del propio Junqueras, se enfrentan a situaciones de inimaginable peligro, puesto que el exvicepresidente se convierte en una fiera desalmada cuando aprieta el hambre, esto es, durante todo el día, incluso de noche, cuando parece que duerme. Los agentes que le tienen a su cargo han recibido entrenamiento especial, no dejan nada al azar y además cuentan con la ayuda de las más avanzadas tecnologías, drones incluidos, o su misión sería del todo inviable.

-¡Código rojo, código rojo! ¡El sujeto está a punto de pasar frente a una pastelería!

Y en ese momento se movilizan incluso los Grupos de Operaciones Especiales, para evitar en lo posible el libre acceso de Junqueras al interior de ese su lugar de perdición. Los comercios de comida macrobiótica, en cambio, no parecen despertarle similares instintos primarios. Pero sí carnicerías, supermercados, bollerías, negocios de comida para llevar, freidurías, pizzerías, restaurantes, heladerías, cervecerías, pescaderías, fruterías, fábricas de caramelos, lonjas, mataderos, domicilios particulares que han cometido la imprudencia de dejar abierta una ventana abierta a la hora de comer, tabernas e incluso animales sueltos, por lo que en sus paseos por la campiña deberán asimismo acompañarle los escoltas, no sea que se líe a mordiscos con una ternera que pacía despistada, ajena al peligro que sobre ella se cernía, la pobre.

Todo el dinero que los catalanes nos gastemos en los escoltas de Junqueras, puede darse por bien empleado si con ello evitamos que en poco tiempo --a causa del desabastecimiento-- se pongan de nuevo en circulación las cartillas de racionamiento, como en la infausta posguerra. Junqueras suelto, sin unos profesionales que le impidan saciarse, sería como Atila: no es que, a su paso, en Cataluña no volviera a crecer la hierba, es que acabaría comiéndosela, una vez hubiera terminado con todo lo demás que podía servirle de alimento. Honor, pues, a los agentes que se enfrentan al hambre de Junqueras y no dudan en poner en riesgo su vida para que nosotros tengamos algo que llevarnos a la boca.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Botap

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla.