El 'vasito' de agua

17.12.2018
Guillem Bota
6 min

Los catalanes somos muy solidarios, hasta el punto de que si cuatro convergentes presos anuncian que se ponen a dieta --ignoro si porque no les gusta el rancho carcelario o porque exigen eliminar los vis a vis con sus señoras, que ya está bien para una vez que se libran de ellas, tener que verlas a solas y con un catre a mano-- nos apuntamos a ello como si no hubiera un mañana. Nos apuntamos a nuestra manera, claro, esto es, sí pero no, es decir solamente la puntita. O sea, simbólicamente, que es como en Cataluña se hacen todas las cosas, desde proclamar independencias hasta divorciarse. Para ello, para simbolizar que nos solidarizamos con los que se han puesto a dieta a saber con qué motivo, hemos elegido un tótem: el vasito de agua.

Fíjense que todo colectivo que dice apoyar a los presos puestos voluntariamente a dieta, lo hace con un vasito de agua en la mano, y digo vasito en lugar de vaso porque, quién sabe por qué oculta razón, es siempre de tamaño poco mayor que el de un chupito. Desde el president Torra y los abueletes que le acompañaban en Montserrat, hasta el grupo de docentes y trabajadores de la Universitat de Girona que se sumaron hace poco al paripé, más todos los que en el intermedio se han apuntado al bebercio, no hay persona que quiera homenajear a los cuatro de la dieta que no sostenga en la mano el pertinente vasito de agua. El procedimiento estándar es el siguiente: una vez pronunciadas las perogrulladas de rigor respecto a la justicia española, trago de agua y a otra cosa, mariposa.

El humilde vasito amenaza con sustituir al lacito amarillo en la solapa, como signo de quiénes son los buenos catalanes. Cosas de las modas, el lazo ya está out, ahora se lleva el vasito. Quien hoy pretenda dar a conocer su independentismo, su fortaleza de ánimo, sus convicciones inquebrantables y su espíritu de sacrificio, se arma con un vasito de agua y aparece en público, previo aviso a la prensa, la cual dejará constancia del heroico gesto, especialmente si se trata de TV3 o de cualquier otro medio afecto al régimen

Mi teoría es que el hecho de que se trate de un vasito y no de un vaso, quiere demostrar que incluso en eso, en la ingesta de agua, los catalanes son pacatos. Si la famosa «huelga de hambre» (sic) no es más que una dieta para lucir tipito -¿será eso lo que de toda la vida se ha venido a llamar régimen carcelario, de la misma manera que existe el régimen de la alcachofa?-, lo suyo es que la ingesta de agua que le rinde homenaje sea también minimalista. Un vaso de agua como Dios manda, serviría para homenajear a quien de verdad abandona el comer, mientras que un humilde vasito ni siquiera lleno del todo, recuerda como quien no quiere la cosa al preso que no va a comer mucho en estas fechas. El vasito de agua solidaria que se bebe el fulano solidario ante la prensa, eso sí, se acompaña de solemnes palabras que subrayan el firme propósito de no comer en exceso durante las próximas horas. Todo un alarde de heroísmo y de tener en poco aprecio a la propia vida.

A un quiero y no puedo de las huelgas de hambre, procede un quiero y no puedo de beber agua en solidaridad, de igual forma que meses atrás hubo un quiero y no puedo de proclamar la independencia, y actualmente han creado un quiero y no puedo de gobierno, en un quiero y no puedo de exilio, sito en Waterloo.

Con tanto quiero y no puedo, ¿Para qué desperdiciar agua, con lo que escasea por culpa del cambio climático, a cuenta de unos tipos que ni huelga de hambre son capaces de llevar a cabo? Quite usted, con un vasito vamos que tiramos.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.

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