Pensamiento

El robo en nombre de la patria

26 marzo, 2015 08:36

Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, en épocas de feroces carestías y recursos limitados, las interacciones más usuales entre personas de distintos grupos, salvo las comerciales (simientes de un futuro de progreso y de paz), se basaban en “juegos de suma cero”. Lo que ganaban unos era lo que perdían los otros. El pasado nos surte de grandes hazañas de ejércitos corajudos y héroes admirables. Pero no hace falta lupa para observar que invariablemente se trataba de gentes que, para mejorar su situación, robaban directamente las posesiones del vecino. Hoy en día sólo son soportables sus formas (la música, la poesía o el relato del bardo) pero no sus evidentes móviles de fondo.

En España, ese latido carpetovetónico ha aprovechado los diversos momentos de debilidad del conjunto para exigir privilegios para los de casa

El nacionalismo tiene motivaciones que se hunden en la misma naturaleza. La más importante es la defensa y promoción de los apurados propios frente a los ajenos sin escrúpulos. Existieron unos tiempos en que esta actitud era indispensable para sobrevivir. Malthus observó que existía una lógica perversa en todas las sociedades conocidas que llevaba a que un crecimiento de los recursos resultara en un incremento de la población que los consumía, dinámica que volvía a hacer insuficientes los recursos y que las lanzaba de nuevo a la precariedad. Sin embargo, vivimos en una época afortunada en la que se ha salvado la brecha maltusiana gracias a la ciencia, la tecnología y las armas de la razón solidaria. Pero incluso en un mundo en clara progresión hacia los estados no-cero, los nacionalismos causaron en el siglo XX los horrores más innecesarios. Sólo la ignorancia, la ideología obsoleta y el cultivo de las peores pasiones por parte de los líderes hicieron posible esa regresión apoteósica.

En los últimos años, las telarañas intelectuales de ideologías que consiguieron credibilidad sólo por su oportuna oposición a otros sistemas periclitados como la dictadura franquista lograron arraigar en algunos lugares de Europa. De una Europa ya lanzada de lleno a la tendencia integradora en organizaciones más amplios superadores de los viejos egoísmos nacionales. En España, ese latido carpetovetónico ha aprovechado los diversos momentos de debilidad del conjunto para exigir privilegios para los de casa (a veces, los de la propia casa. Véase el clan Pujol). Este juego miserable ha sido practicado por las élites nacionalistas, junto a amplios segmentos de las clases medias y de estamentos profesionales. Existen espléndidos estudios (por ejemplo, el de José Vicente Rodríguez Mora) que indican a las claras que el País Vasco, a su vez, perdería nivel de vida si abandona España. Sólo mantiene sus inaceptables privilegios por la amenaza fantasma de su secesión y por los complejos de los diversos gobiernos. Pero no nos confundamos: ese juego es el más antiguo, el más homínido y el menos humano. Va en sentido contrario a lo que Robert Wright considera “the logic of human destiny”, es decir, ese progreso hacia los juegos de suma no-cero de unos humanos que disponen de conocimientos suficientes para lograr progresos sin discriminaciones si se colabora solidariamente.

No nos han engañado a todos, y los nacionalismos van de baja porque han sido desenmascarados. Como dice Michael Ignatieff en su espléndido libro “Sangre y pertenencia: viajes al nuevo nacionalismo: “a lo largo de su historia dentro de Canadá, el nacionalismo de Quebec ha consistido en sacar más y más de Canadá, no en salirse de Canadá.” El propio presidente Pierre E. Trudeau afirmaba sin ambages que su visión del nacionalismo de Quebec era que se trataba de un “juego idiomático” al que se aplicaban la élites locales para sacar “el máximo beneficio de Ottawa y asegurar su dominio sobre la política provincial.” O sea, justo lo que nosotros hemos conocido: el juego de suma cero y la regresión a la parte oscura de la Historia.