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Trapero desmonta el discurso 'indepe'

Josep Maria Cortés
9 min

El brindis en la comisaría de Les Corts fue un golpe duro en la prisión de los sedicentes. El pasado miércoles, los mandos de los Mossos, junto a familiares y amigos del exmayor del cuerpo brindaron por la absolución de Josep Luís Trapero. A la causa separatista se le caen los pretextos. Trapero ya no podrá ser utilizado por el mundo independentista como bandera frente al Estado autoritario y neofranquista; es más, no le propondrán que recupere el cargo de mayor porque le tienen miedo, cargado como está de información casuística y peligrosa para los políticos; buscarán a otro primo para el altar del sacrificio. Ahora saben que con él no pueden.

El divorcio entre la seguridad y la política ya se puso de manifiesto cuando Josep Lluís Trapero apuntaló en el Supremo las acusaciones que pesaron sobre Oriol Junqueras y Joaquim Forn en el juicio del 1-O. Como testigo no podía mentir y no lo hizo. Nunca estuvo en un plan para actuar en contra del orden constitucional, en connivencia con el Govern y las fuerzas soberanistas. Es más, urdió una estrategia policial para detener a los líderes separatistas si recibía órdenes judiciales.

La protopaella con camisa hawaiana en can Rahola de Cadaqués y otras posibles celebraciones, de lazo amarillo y cobla de la Bisbal, no convierten a Trapero en un delincuente; tampoco le señala la noche triste del 20 de setiembre del 2017, frente a la Consejería de Economía, cuando el jefe de los Mossos templó gaitas ante los Jordis subidos en un coche patrulla destrozado y arengando a las masas. ¿Por qué no dimitió aquella misma noche? Porque era mejor modular la situación que dejar la cosa en manos de Interior, pendiente de Juan Ignacio Zoido, un ministro flamígero y bochornoso. Para entonces, sabíamos que Pérez de los Cobos sería el encargado de coordinar el orden en Cataluña. Lamentablemente las órdenes de rango llegaban de instancias creadas por el anterior ministro, Jorge Fernández Díaz, amigo personal de Jordi Pujol, Marta Ferrusola, Antoni Duran i Lleida o Xavier Trias; sí, amigo de sus entrañables enemigos de jolgorios económico-políticos, en las tangentes de la ley.

Cuando una Administración comete un delito, como lo hizo el Govern, busquen culpables en la política. Este fue argumento de Olga Tubau, la abogada de Trapero, en su informe de la defensa ante la Audiencia. La letrada cerró su turno citando al respetado exministro de Gracia y Justicia, Manuel Alonso Martínez: "El ciudadano de un pueblo libre no puede expiar las faltas que no son suyas ni ser víctima de la impotencia o del egoísmo del Estado". Tubau leyó la exposición de motivos de la Ley de Enjuiciamiento de 1882; exclamó “no carguen sobre Trapero esta responsabilidad”; y rompió a llorar. La resolución absolutoria de la sala habla de la “prudencia” y de la voluntad de “minimizar daños” por parte del major y choca frontalmente con la sentencia del Tribunal Supremo, que condenó por sedición a los líderes independentistas y en la que se afirma que los Mossos tuvieron una “voluntad obstruccionista” el 1-O. En cualquier caso, el recurso de apelación será duro.

Josep Lluís Trapero, en una caricatura de Farruqo
Caricatura de Josep Lluís Trapero / FARRUQO

La contaminación del gesto alcanza a la justicia. A Trapero se le quieren colgar tics nacionalistas, que no son delito. Su afinidad a las gambas de Palamós y a los cremats de ron añejo no tienen nada que ver con el desempeño de la función. Si la política pilla a un cargo en algo inapropiado le invita a dimitir, como hizo ZP con su ministro de Justicia, Fernández Bermejo, por sus “gustos cinegéticos, “propios de señoritos”, practicados en compañías “inapropiadas”; sí, con estas palabras, más propias de un niño expulsado de una puesta de largo por mala conducta. Bermejo se marchó a casa al conocerse que había participado en una cacería, en Torres (Jaén), sin la preceptiva licencia de caza y junto con el juez Baltasar Garzón, apenas iniciada la operación Gürtel contra la trama corrupta del PP. Su caída, acompañada de una fotografía de cazadores, delante de una docena de venados muertos a tiros, fue tan evocadora como la del Rey emérito en Botswana. La licencia, una ilegalidad común y corriente en las monterías de la nobleza, le costó el cargo al ministro; pero lo que desgastó su imagen fueron las piezas exhibidas como un trofeo. A Trapero, por su parte, le traiciona el semblante. Mantiene sus nervios a flote, algo que no se perdona.

El exconsejero catalán Ramon Espadaler nombró a Trapero pasando por delante de otros cargos ascendidos mucho antes; desde aquel día figura en el centro de muchas dianas. Este hombre, criado en el barrio de La Guinardera, en Santa Coloma de Gramenet, es cabezudo y resultón; le gusta mandar y lleva el cargo sin aceptar sugerencias interesadas. Se echa al monte con facilidad, pero solo para filmar escenas de animales en libertad y valles nemorosos; busca “el redil del buitre leonado”, como escribió su paisana Mayka Navarro. De sus méritos habla a menudo Albert Batlle, que dimitió como director general de la policía autonómica en julio de 2017, después del nombramiento de Forn, como consejero de Interior.  

Si Batlle se fue, ¿por qué no dimitió Trapero? Por lealtad a su función y también por falta de claridad respecto a la peligrosidad del procés, digámoslo todo. Él nunca creyó que esto llegara tan lejos; aplicó la cintura a una apuesta de todo o nada, sin estadios intermedios. A lo largo del desafío separatista, Trapero vol i dol, sin entender que no se puede estar con Dios y con el diablo al mismo tiempo. No valía ser un águila de Napoleón y un oficial de Kutúzov en la campaña de Rusia.

En 2018, el exjefe de los Mossos no aceptó renovar el cargo como le ofreció el conseller Buch y se subió por las paredes cuando los de JxCat le quisieron meter como independiente en su lista; contaban con él sin su permiso. La red soberanista funciona así: primero te comprometo, a ti, a tu familia y a tu sueldo; después te exprimo y finalmente te ficho para un cargo que nunca llegarás a desempeñar. No hubiese sido el primero en picar; las cunetas de la política nacionalista exponen sin rubor su lista de cadáveres exquisitos. 

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¿Quién es... Josep Maria Cortés?
Josep Maria Cortés

Periodista de economía, realizó una parte importante de su carrera en El País y en los últimos años ha colaborado con La Vanguardia, Catalunya Ràdio y ED. Antes, desempeñó el cargo de director en Barcelona de la consultora multinacional de la comunicación Porter Novelli. Fue durante cinco años analista semanal en el programa Bon dia, Catalunya de TV3. Inició su carrera profesional en El Noticiero Universal y en El Correo Catalán, perteneció a la plantilla fundacional de TV3 y fue el primer corresponsal en Barcelona del diario financiero Expansión. Ha publicado, como autor y coautor, varios libros de investigación periodística, entre ellos, Memoria de Catalunya, del regreso de Tarradellas al pacto Pujol-Aznar (Taurus) o Los yuppies de Pujol llegan a la cima (ED).