Josep Maria Bartomeu: la subasta de Trocadero

Josep Maria Cortés
9 min

“Yo borro mis huellas”, dice Jr. “Yo cuento doblones”, dice el lampante papá Neymar. El fútbol es una ráfaga de momentos que dejan estela; en su medio, la rapidez del arte sobre la escena demuestra que solo existe el artista. Y el artista es lo que pierde el Barça de Josep Maria Bartomeu (Barto), un club que acusa a un futbolista fugado de haber roto su contrato de forma unilateral, lo que puede acabar en los tribunales (¿otra vez?). Pero la realidad es más sencilla: los catarís del PSG ingresan la cláusula de 222 millones y zasca, se acabó el jogo bonito.

Estampa de colega y oratoria nefanda, Barto es la imagen de Fedro pegado a su condición carnal, como el héroe platónico. Incapaz de volar, su entrañabilidad resulta sospechosa. Le dio un casi síncope el 7 de noviembre de 2016, cuando el juez De la Mata le inculpó junto a Rosell, Neymar y el Barça en el caso DIS. Para entonces, Barto y Sandro ya habían sido exonerados de delito fiscal a cambio de que el club asumiera la culpa y el coste, en un regate faltón, digno de los organismos deportivos opacos.

Josep Maria Bartomeu retrato

Lamentable y, desde luego, indecente. Todo había empezado el 6 de diciembre de 2013, cuando el socio Jordi Cases presentó querella contra Rosell por distracción de 40 millones de euros y un año más tarde (en enero de 2014), el juez Ruz la admitió, después de que la fiscalía y la Abogacía del Estado abrieran la vía penal del proceso al observar delito fiscal. Inopinadamente, las alcantarillas del Estado se manifestaban en el fútbol. Y todo fue muy rápido como sabemos bien: Sandro salía del cargo por piernas y Barto asumía la presidencia dispuesto a clarificar los números del futbolista brasileño. Todo concentrado en una rueda de prensa que ha pasado a los anales de la ignominia.

Cuando Neymar se va, vuelve la jerarquía. La destrucción creativa sobre las defensas contrarias ha dado un resultado menos fiable del esperado. Con Luis Enrique y Neymar​, el Barça ha rendido la hegemonía continental al Madrid de Florentino, la llaga que supura. Un entrenador como Lucho, atrabiliario y autoritario con los débiles (pregunten a Aleix Vidal y Jordi Alba), y un ácrata de la filigrana, como Jr., ya son historia. Solo queda Josep Maria Bartomeu, el fabricante de fingers (consejero delegado de Adelte Group) sin pasado industrial, el número dos de Sandro Rosell, aquel chico manirroto de extracción nepotista, que quiso estar en misa y repicando, ser comisionista de traspasos y presidente de un gran club.

Estampa de colega y oratoria nefanda, Barto es la imagen de Fedro pegado a su condición carnal, como el héroe platónico; incapaz de volar, su entrañabilidad resulta sospechosa

Las meritocracias del Barça se escriben sobre el calvario del gran fichaje de Neymar. Su venta, culmen del mercato, “salvará de la quiebra al club arruinado”, grita Joan Laporta desde el tendido (ya les digo que este outsider vuelve a ser el de 2003, el año del cambio). La grada del Camp Nou, habituada a la parábola de Messi, ansiaba de Neymar algún golpeo más, estilo tres dedos, por encima de la barrera. El paulista tiene algo único: es un jugador que arranca silencios vigorosos segundos antes de chutar. Crea la pureza del vacío, como aquel cancerbero de Peter Handke que sentía “miedo”, entendido como una forma del angst germánico ante la culminación de una obra de arte.

Parece que vuelve la hegemonía gala. El Saint Germain proclama la Ilustración y Nasser Al-Khelaifi se empolva la cabellera como un cortesano de la Francia de Orleans. La presentación de Neymar y el resultado de su subasta tienen lugar simultáneamente en Trocadero, plaza dura parisina con la Torre Eiffel de fondo y un susurro francbrasileiro flotando en el ambiente, como la koiné del Mediterráneo romano. ¿Qué lenguaje ofrecerá el fútbol global al siglo XXI? Barcelona, la bulliciosa urbe del turismo de masas, da un paso atrás; sus gentes no aprecian las verdaderas ventajas de su extensión castellana, una lengua que hoy hablan distraídamente, pero que ya no se atreven a amar por miedo a la comisaría política del procés.

La junta de Bartomeu se expresa en un globalish eximido de estilo. No es que haya muerto Proust, es que han caído Josep Carner y Carles Riba. El Barça de Barto ha liquidado la herencia de la Masía. Ha dilapidado la genética barcelonista tratando de idolatrar al mito futbolístico que va por libre, que quiere la gloria que todavía no merece y que ha estado a punto de ronaldiñizarse en los cuplés de medianoche al compás de las maracas y de su lamentable pandilla de toiss.

Barto tiene una biografía deportiva de perfil bajo. ¿Por qué tantas ganas de ser el presi del Barça sabiendo que esta silla electrocuta al más pintado? Mi reino por escribir una página; mejor dicho, por escribir apenas un párrafo y encima dictado por Carles Vilarrubí

La Ciudad de la Luz no es Barna. Allí se lleva la bohemia de bistró, una liturgia reservada a la gente triste en las novelas de Patrick Modiano. Cuando cierran la disco, el after no es un comodín agradable y los de la fiesta solo se cruzan de lejos con los bebedores crepusculares, en la amplia acera de Champs-Élysées. Se miran unos a otros con desconfianza aunque horas antes hayan compartido el grito de ¡allez Saint-Germain! en la grada del Parque de los Príncipes. En la Francia Norte y contrarreformista, el fútbol solo es un desahogo y las tardes de invierno se hacen eternas si uno desconoce el gusto por la vague frente a los escaparates y pasajes de Le Marais. Las ostras de La Rochelle se comen a deshoras, bajo la atenta persecución de los espías de Unai Emery, un tacticista plano, que manda en el vestuario del PSG.  

Barto tiene una biografía deportiva de perfil bajo. ¿Por qué tantas ganas de ser el presi del Barça sabiendo que esta silla electrocuta al más pintado? Mi reino por escribir una página; mejor dicho, por escribir apenas un párrafo y encima dictado por Carles Vilarrubí, vicepresidente de Relaciones Institucionales, que cuando dice “somos més que un club” quiere decir “somos el club de la República del mañana”. Vilarrubí tiene un pasado que cuidar; Barto, no. Representan ambos a dos extremos de una junta directiva no enfrentada pero sí dividida: los benedictinos frente a los saturnales.

Con la esquiva suerte del equipo en busca del sustituto del brasileño, reaparece la justicia. Hace ya mucho que De la Mata había decidido archivar el caso, pero DIS se sintió estafado y reabrió el sumario. La pelota sigue viva y después del verano todos a la Audiencia Nacional de nuevo a declarar, incluidos Jr. y Pai, que viajarán desde París. Demasiado ruido para el triplete de 2015 que ganaron Messi y Xavi, después de la rebelión de Anoeta, con una lección de fútbol y obviando a la banda. Barto aprovechó aquella inflexión para ganarse el favor de los socios. Pero no ha hecho nada más hasta estozarse en la subasta de Trocadero.

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¿Quién es... Josep Maria Cortés?
Josep Maria Cortés

Periodista de economía, realizó una parte importante de su carrera en El País y en los últimos años ha colaborado con La Vanguardia, Catalunya Ràdio y ED. Antes, desempeñó el cargo de director en Barcelona de la consultora multinacional de la comunicación Porter Novelli. Fue durante cinco años analista semanal en el programa Bon dia, Catalunya de TV3. Inició su carrera profesional en El Noticiero Universal y en El Correo Catalán, perteneció a la plantilla fundacional de TV3 y fue el primer corresponsal en Barcelona del diario financiero Expansión. Ha publicado, como autor y coautor, varios libros de investigación periodística, entre ellos, Memoria de Catalunya, del regreso de Tarradellas al pacto Pujol-Aznar (Taurus) o Los yuppies de Pujol llegan a la cima (ED).

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