Ada Colau: la carcoma

Josep Maria Cortés
10 min

Colau es un memorial de agravios contra Barcelona. Bajo su reinado hemos perdido todo esto: la Agencia Europea del Medicamento; la Barcelona World Race; la confianza del Mobile World Congress; la pujanza de Fira Barcelona; un plan de hoteles capaz de desbordar la mezquina rigidez que impone Joan Gaspart al frente de Turismo; la gentrificación justa del Raval, azotado por los narcopisos; el distrito tecnológico del 22@; el tranvía de la Diagonal completo; la mejora del frente marítimo, que une la Vila Olímpica y Diagonal Mar; el buen nombre de Montmeló, eje del motor bajo el emblema de la Fórmula 1, el gran laboratorio mundial; la potencia museística del MNAC y el MACBA, pilastras públicas de un mundo que se esconde detrás de las heroicas fortunas privadas (Vila Casas, Suñol, rescoldo de la portentosa colección Cambó, etc); la eficacia en la platea del Liceu, abandonada por la alcaldesa y coloreada de esteladas...

Ah, y también hemos perdido, afortunadamente, la multiconsulta con la que intentaba vaciarnos de razones frente a la sinrazón de una posible mayoría ensimismada. Y, en medio de este mar de sinsabores, hemos ganado la luz verde al proyecto urbanístico Espai Barça (¿lenitivo del revés romano?), ¡con un lustro de retraso!

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Pero más allá de los hechos, la alcaldesa despliega una atmósfera más peligrosa todavía: su enmienda a la totalidad frente al Estado de derecho; su rechazo frente al mecanismo constitucional que ella juró y que mucho antes se conjuró ante los retos del pasado. Colau conquistó en las urnas una posición de visibilidad, a cambio de defender una simbología que ha dejado de interesarle. Sabe que no gobierna quien ve sino quien es visto, pero se olvida de que ahora la facultad de ver sin ser visto pertenece a los ciudadanos, no a los gobernantes. Su equipo no puede representarnos porque nos produce vergüenza ajena cada vez que levanta la voz para englobar, en nuestra bandera de ciudad libre, las enseñas de los combatientes indepes que ultrapasan los límites en nuestro nombre y sin nuestro consentimiento. Sus mensajes de fondo incluyen siempre un pronunciamiento innecesario sobre el destino de la nación. Le preguntes lo que le preguntes, esta señora responde desde un interface, ni muda ni locuaz, sobre el modelo escolar, la defensa del catalán, el sesgo republicano de los nombre de la calles y cosas por el estilo, algunas de ellas alejadas del ámbito municipal.

Es la edil que oye campanas sobre una futura ciudad-Estado sin prestar atención al germen vivo del área metropolitana. Se ve a sí misma en el futuro como un condottiero genovés o como un duce florentino, a medio camino entre la autoridad catalana y la europea, sin pasar por Madrid. Tiene, eso sí, un punto romántico que tira; algo que sitúa su comienzo entre la esperanza y la melancolía, entre el mundo feliz y la maquinación de la izquierda perdida. Disfruta sin saberlo de un clima concomitante con las perlas de nuestro mar, como Alejandría, El Cairo, Beirut, Florencia o Venecia, ciudades de pasado brillante, que sin embargo afrontan con dificultad su futuro. Pero éste no era el pacto. La hicimos alcaldesa para que insuflara valores en la novedad taciturna de un siglo, el XXI, impotente ante la desigualdad. Sin embargo, ha abandonado a los excluidos y ha dado la espalda a la metrópoli brillante que le legaron sus mayores. Todo para acabar encerrada en su minoría, contumaz defensora de una supuesta Cataluña liberada del fuego abrasador de los aparatos del Estado. Mientras Barcelona naufraga, Colau se refugia en la mendacidad del arte de mandar, como lo aconsejaba aquel cardenal Mazarino (Breviario de los políticos; Acantilado), impío regente de Francia en la niñez de Luis XIV. Ella urde intrigas palaciegas para quitarse de encima el PSC y no dejarse comer por ERC, a base de ardor patrio. Eso es Colau: de puertas adentro, todo por el trono del Consejo de Ciento. De puertas a fuera, nada.

La hicimos alcaldesa para que insuflara valores en la novedad taciturna de un siglo, el XXI, impotente ante la desigualdad. Sin embargo, ha abandonado a los excluidos y ha dado la espalda a la metrópoli brillante que le legaron sus mayores

La primavera y el buen tiempo llegan después de un viento depurador, pero Colau no encontrará consuelo porque un día estuvo en el ojo de la tormenta y ahora no puede dejar lo mitológico para acoplarse con humildad en el dominio de lo existente. Sigue pensando en cambiarlo todo. Inmersa en su enmienda a la totalidad, no acepta el mercado, se deshace del arte y se refocila de boquilla en la barricada, como símbolo de lo irrevocablemente perdido. La ciudad del Doctor Robert, Rius i Taulet, Ildefons Cerdà o Pasqual Maragall, languidece. Seguimos siendo un buen emisor de cultura, pero perdemos plumas y nos ha abandonado el desodorante. La representación de la capital más grande del Mediterráneo está en manos de lampantes sin estilo; es cerril; acecha más que convence; amenaza más que enamora; destila más que filtra; rechaza más que integra; consolida más que crea; es endogámica más que expansiva. Y sobre todo pierde peldaños, a pasos agigantados, en el concierto internacional.

Las metrópolis son hijas del sueño y la pesadilla, están entre el infierno de Sísifo --el conocido mito que presenta a un héroe condenado a subir eternamente una bola pesada hasta una cúspide cónica de la que se desliza solo al llegar-- y la felicidad superadora del tiempo. Las urbes mayúsculas combinan sus miasmas ancestrales con la línea del horizonte. Así lo hizo la Barcelona de Vázquez Montalbán a través de su héroe de ficción Pepe Carvalho, mezclando la absenta del barrio chino con la mirada desde lo alto del Tibidabo; y así lo rubricó mucho antes el París de Henry Miller, cruzando el Montparnasse de Villa Seurat con el deseo de conquistar la luz clara del Egeo. Colau toma solo la primera parte de estos relatos de intenciones por deseo expreso de construir un lenguaje entre la piel de la calle y su historia. Desposee al ciudadano de sus potencialidades; trata de conquistar su corazón para desnaturalizar su fuerza en la cadena de valor en la que Le Corbusier situó la gran aportación de los núcleos urbanos compactos.

Eso es Colau: de puertas adentro, todo por el trono del Consejo de Ciento. De puertas a fuera, nada

La ciudad de los conversadores crepusculares y bebedores de quintaesencias se está muriendo en manos de centenares de cocineros convertidos en ejército industrial de reserva. El estereotipo le gana la batalla al spleen, algo así como decir que preferimos escuchar a Perales (con todos los respetos) que ir a un recital en directo de Pat Metheny o revivir al difunto Miles Davis en el Palau, cuando empezaba su repertorio de espaldas al público.

Al frente de los suyos, Colau corroe por dentro las ilusiones de muchos; es la carcoma del tiempo comprimido entre la caída del Estatut ante el Constitucional y el estallido del procés por imperativo de unos cuantos irresponsables. Ellos han hecho saltar por los aires el consenso institucional y ahora tratan de esconder sus vergüenzas vestidos de héroes ante el degüello de un Estado al que acusan de neofranquista. Colau les sirve de pretexto y les protege en su regazo de la intemperancia de los tribunales, entre euroórdenes, vistas, vistillas, registros e interrogatorios.

Los soberanistas y sus asamblearios de chiruca y chambergo utilizan las plazas de atrezo revolucionario. Barcelona tiene algo de aquel París metropolitano en el que se comía baguette sin harina y en el que todo parecía monótonamente una alegoría de Baudelaire. En la confusión de un combate falsario, los soberanistas están desarbolados y divididos. Dios les conserve el hígado porque lo que es la vista la tienen en Cuenca.

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¿Quién es... Josep Maria Cortés?
Josep Maria Cortés

Periodista de economía, realizó una parte importante de su carrera en El País y en los últimos años ha colaborado con La Vanguardia, Catalunya Ràdio y ED. Antes, desempeñó el cargo de director en Barcelona de la consultora multinacional de la comunicación Porter Novelli. Fue durante cinco años analista semanal en el programa Bon dia, Catalunya de TV3. Inició su carrera profesional en El Noticiero Universal y en El Correo Catalán, perteneció a la plantilla fundacional de TV3 y fue el primer corresponsal en Barcelona del diario financiero Expansión. Ha publicado, como autor y coautor, varios libros de investigación periodística, entre ellos, Memoria de Catalunya, del regreso de Tarradellas al pacto Pujol-Aznar (Taurus) o Los yuppies de Pujol llegan a la cima (ED).

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