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El gran problema económico de la izquierda

Gonzalo Bernardos
8 min

Desde la década de los 80, la derecha ha ganado el debate económico a la izquierda. Lo ha hecho tanto que una parte de los políticos socialistas han asumido y considerado como suyos principios económicos liberales. Por dicho motivo, en algunos países, el partido socialista o socialdemócrata ya no es considerado de izquierdas, sino como una formación centrista. En otros, como puede ser el caso español, no se sabe dónde está situado. Esta contradicción o indefinición ha generado una nueva etiqueta: los socio-liberales. Es decir, socialistas por fuera (en las formas) y liberales por dentro (en las medidas económicas).

La victoria ideológica de la derecha se ha basado en dos principales aspectos: pedagogía económica y escasos complejos. Ambos los resume la posición de Ronald Reagan, quien sigue triunfando después de muerto. La frase que más solía repetir a sus asesores económicos era: "No me interesa si es verdad o mentira lo que me decís, sino si los ciudadanos se lo creerán". Y acababa: "Si yo no lo entiendo, el americano medio tampoco".  Les pedía argumentos claros que justificarán su ideología económica y que fueran fáciles de transmitir a la población.

La victoria ideológica de la derecha se ha basado en dos principales aspectos: pedagogía económica y escasos complejos

En base a las anteriores premisas, fue creado y desarrollado el concepto teórico más influyente de política económica en los países occidentales desde los años 80: la curva de Laffer. La han utilizado casi todos los gobiernos de derechas e incluso algunos supuestamente de izquierdas (Zapatero en 2006). Tiene forma de campana (una grafía siempre buscada por los economistas) y relaciona la recaudación de impuestos vía IRPF con distintos tipos impositivos.

Posee tres virtudes y un solo defecto. Es un concepto sencillo (fue originalmente dibujada en una servilleta de bar), un gran argumento electoral y una aparentemente forma rápida y fácil de mejorar la economía nacional (incremento a la vez del PIB y de la recaudación). El problema es que casi siempre que se ha aplicado ha dado lugar a un resultado contrario al prometido. Es decir, ha constituido un engaño. En lugar de conseguir una mayor recaudación fiscal, ésta ha sido menor. En sentido estricto, sólo dos puntos de la curva de Laffer están contrastados: el primero y el último. En ambos la recaudación es nula, ya sea porque el tipo impositivo es cero o del 100% (nadie quiere trabajar y no cobrar nada). Por eso, su dibujo es similar al de una campana.

El resultado contrario al prometido generalmente ha dado lugar a un significativo aumento del déficit público y éste, convertido por los políticos de derechas en uno de los principales objetivos de política económica, ha constituido un gran argumento para declarar insostenible el actual Estado del Bienestar, rebajar prestaciones sociales a la población y privatizar casi todas las empresas rentables del sector público. En algunos países, con una débil oposición del partido socialista, en otros con su complacencia y en unos pocos siendo ellos los ejecutores de los recortes (por ejemplo, Schröeder en Alemania y Hollande en Francia).

El efecto electoral de la curva de Laffer es indudable. Excepto los partidos radicales de izquierdas, ya nadie se atreve a indicar en campaña que subirá los impuestos. En el Reino Unido, en la campaña de 1992, lo dijo el laborista Neil Kinnock, con la finalidad de reconstruir el Estado del Bienestar destrozado por Margaret Thatcher. Según numerosos analistas, fue lo que le hizo perder ante el gris John Major y constituyó una de las mayores sorpresas en la larga historia de elecciones del país. Blair, sucesor de Kinnock, aprendió la lección y jamás habló de subidas de impuestos. Para conciliar al laborismo con la nueva ideología se inventó un débil, pero efectivo, nuevo armazón ideológico: la tercera vía. En otras palabras, el socio-liberalismo.

El secreto del futuro éxito de la izquierda moderada no estará en el cambio de ideología económica ni en la asunción de una que no le es propia, sino en la explicación pedagógica de las virtudes de la original y los defectos de las otras

En las elecciones presidenciales del año 2000 en Estados Unidos, la curva de Laffer volvió a ser decisiva. La mayor controversia económica entre Gore y Bush era el destino del superávit presupuestario. El primero decía que lo iba a dedicar a comprar deuda pública con la finalidad de bajar el tipo de interés a largo plazo, impulsar la inversión y el crecimiento potencial de la economía. El segundo que se lo iba a devolver a los ciudadanos (bajadas de impuestos) porque habían pagado demasiado en el año anterior. El resultado electoral fue muy ajustado, pero también una sorpresa: ganó Bush, siendo unos meses antes Gore el gran favorito. Probablemente, una de las claves de su victoria estaba en las palabras de un amigo mío de Florida: "Gore es un sabio, pero no entiendo lo que dice. En cambio, a Bush le he entendido todo. A él le votaré".

En definitiva, el secreto del futuro éxito de la izquierda moderada no estará en el cambio de ideología económica ni en la asunción de una que no le es propia, sino en la explicación pedagógica de las virtudes de la original y los defectos de las otras. No es necesario falsear la verdad, como una vez tras otra realiza en campaña electoral Rajoy. Y especialmente es necesario evitar infiltrados en sus filas. En concreto, ministros con responsabilidades económicas, o candidatos a serlos, que dicen ser socialistas y realmente son liberales. En España, la lista es larga: Boyer, Solchaga, Aranzadi, Sebastián, Sevilla, etc.

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¿Quién es... Gonzalo Bernardos?
Gonzalo Bernardos

Profesor titular de Economía de la Universidad de Barcelona, y vicerrector de Economía entre enero de 2010 y octubre de 2012, he escrito 32 libros o grandes informes, entre los que destacan La gran mentira de la economía (Ed. Destino), ¿Cómo invertir con éxito en el mercado inmobiliario? (Ed. Netbiblo) y Economía (libro de 1º de bachillerato de la Ed. Barcanova). Tengo un gran problema y una gran virtud. Es la misma. Soy muy sincero, pienso lo que digo y digo lo que pienso, tanto delante como detrás. No necesito quedar bien con nadie, excepto con mi mujer, con mis hijos y conmigo mismo. Lo notarás en mis artículos.