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Dos porras de medir

Guillem Bota
09.03.2020
5 min

Parece ser que la policía catalana usa dos porras de medir, según si quien corta el trafico luce lazo amarillo o es un simple obrero que defiende su puesto de trabajo. Cuando digo la policía me refiero, claro está, a sus responsables políticos, que son quienes permiten que los de la Meridiana establezcan cada noche ahí su campamento desde hace meses, incluso con ayuda policial si se tercia, y mandan asimismo a los agentes a que desalojen a porrazos a los trabajadores de Nissan si se les ocurre manifestarse un ratito, un solo día, en la Ronda Litoral.

Uno comprende la reacción de los responsables políticos de la policía. ¿Cómo van a permitir que unos descamisados ensucien el buen nombre de la capital catalana, reclamando un plan de futuro para las plantas de Nissan? Aquí el único futuro que cuenta es el de la República catalana, y todo lo demás son monsergas.

Si quieren cortar el tráfico en la Ronda Litoral, que lo corten, pero reclamando cosas importantes como la independencia de Cataluña o la liberación de unos cuantos presos, y no el mantenimiento de su puesto de trabajo. El trabajo en Cataluña no importa, ya dijo Toni Comín hace tiempo desde Waterloo que si hay que sacrificar puestos de trabajo para alcanzar la independencia, se sacrifican. No el suyo, puesto que ni siquiera lo tiene, ya que no lo necesita para vivir así de bien, sino el de los catalanes de a pie.

El de los trabajadores de Nissan, por ejemplo, que ni siquiera tienen la decencia de gritar las consignas en catalán cuando cortan una carretera. A porrazos con ellos, que aprendan lo que hay que defender y en qué lengua se tiene que defender. Y si pierden su puesto de trabajo, bien perdido estará, así tendrán más tiempo libre y podrán sumarse a los que cortan la Meridiana, que esos sí que son gente decente.

En Barcelona, y tengo entendido que en otras ciudades catalanas, se cortan vías principales por motivos elevados. El derecho al trabajo no se cuenta entre éstos, como tampoco el derecho a la vivienda, a la educación o a la sanidad.

Si no me creen, vayan ustedes con una docena de vecinos a sentarse en una calzada para reclamar mejoras en el Centro de Asistencia Primaria de su distrito, y verán cuanto tarda el conseller de interior en mandar una brigada de antidisturbios a desalojarlos y, de paso, a enviarles a ustedes a comprobar en primera persona que el CAP, aunque en situación precaria, se ve todavía muy capaz de atender a unos cuantos contusionados. La culpa será de usted, por haber creído que tiene el mismo derecho a manifestarse que la gente que lo hace con lacito amarillo. Probablemente habrá recibido algún porrazo en la cabeza, pero delo por bien empleado si gracias a él ha aprendido cuáles son las prioridades en la Cataluña actual.

La liberación de los presos, es decir de los presos que les dé la gana a los que nos gobiernan, eso sí que es motivo de peso para manifestarse. Da igual que ya estén todos disfrutando de una vida que ya quisieran para sí los pobres trabajadores de Nissan, da igual que ya no pisen la cárcel más que para echar un sueñecito reparador, da igual que hayan conseguido trabajo con inusual rapidez y sin acercarse a la oficina de empleo: hay que cortar la Meridiana.

Con la ayuda de la policía, por supuesto, que no sólo ha de servir para darle la del pulpo a los trabajadores del sector del automóvil. De todas formas, corren el riesgo de que se acerquen por allí Lluís Llach o Pilar Rahola a mostrarles su apoyo, con lo que, puestos a elegir, yo preferiría recibir porrazos como los de la Nissan.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.