Un don nadie a los mandos

Guillem Bota
18.04.2022
5 min

Parece ser que más de la mitad de los catalanes desconocen quien es el president de la Generalitat. Eso no es ni bueno ni malo, ni siquiera regular. Es simplemente lógico. Si apenas nadie sabe a qué se dedica el president de la Generalitat, mucho menos van a saber cómo se llama. Además, ¿qué importancia tiene quién ocupe un cargo que no sirve absolutamente para nada y que ningún beneficio aporta a los ciudadanos? Lo sorprendente, en todo caso, es que casi la mitad de los catalanes sepa quién es dicho president, deben ser sus familiares y amigos.

Yo mismo, sin ir más lejos, me honro en pertenecer a esa mayoría de catalanes que nada sabe del president. De hecho, al leer la noticia de esa encuesta del Centre d’Estudis d’Opinió, caí en la cuenta de que tenemos una Generalitat. Lo había olvidado por completo. Y claro -pensé para mi- si hay Generalitat, debe de haber alguien que la presida. Pero mi curiosidad pudo sólo hasta ahí, se me hacía muy cuesta arriba, encima, averiguar la identidad de quien ostente el cargo. ¿Será hombre o mujer? ¿Alto o bajo? ¿Negro blanco? ¿Se llamará Iván o Raquel? Vayan ustedes a saber, a mí, como a la mayoría de catalanes, me importa un carajo la identidad del president o presidenta. Imagino que cobrará su buen sueldo y que con eso se dará por satisfecho. Yo me conformo con que no moleste, e intuyo que lo mismo piensa esa mayoría de catalanes que se despreocupa por completo de conocer su nombre y apellido. Echo de menos en la encuesta, una pregunta más: además del número de catalanes que no sabe quién es el president, estaría bueno saber cuántos son los que ni siquiera tienen ganas de saberlo. Yo me cuento entre ellos.

Y eso que debe de salir a menudo en TV3, pero claro, es que también hay muchos catalanes que han desertado de dicho canal, que parecía tener como único objetivo precisamente el de hacernos aprender de memoria el nombre de totos los presidents y consellers de la Generalitat. Sin TV3 que acuda al rescate ¿cómo vamos a saber los catalanes el nombre del president? No digamos ya su aspecto. Quizás me he cruzado con él por la calle o en el metro, o hemos estado compartiendo barra en mi bar de siempre, y no le saludado como se merece, con el puño en alto, o levantando cuatro dedos al cielo, o como quiera que se salude oficialmente a un personaje de su categoría. Si no conozco su nombre ni soy capaz de reconocer su cara, mucho menos voy a saber cuál es el saludo protocolario.

Es de esperar que en otras comunidades autónomas sí sepan quien es el presidente catalán, que ese desinterés hacia su persona sea cosa solamente de los catalanes, quienes sabemos de primera mano de su inutilidad. No quisiera yo que, en las cumbres de presidentes autonómicos, el nuestro quedara postergado porque nadie le reconoce y todos le toman por el camarero que trae las bebidas. O la camarera, en el caso de que sea presidenta.

En otras latitudes, que los ciudadanos desconozcan quien les gobierna, podría ser motivo de preocupación. No en Cataluña, donde estamos acostumbrados a tener a verdaderos inútiles al frente de la Generalitat y de todas sus conselleries. ¿Para qué perder ni siquiera un segundo de nuestro tiempo en averiguar el nombre de un inepto más? Si sabemos con total seguridad que jamás vamos a tener que agradecerle nada, que nunca va a llevar a cabo nada medianamente provechoso para los ciudadanos, es mucho mejor que permanezca por siempre en el anonimato.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Botap

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla.