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Ya lo decía Julio Iglesias

Jordi Alberich
04.10.2020
4 min

La inhabilitación del presidente de la Generalitat por el Tribunal Supremo aboca a la convocatoria de elecciones, y pone fin abrupto a un mandato tosco y estéril. Algo más de dos años para enrevesar aún más el conflicto político, y para obviar el gobierno de las cosas, precisamente cuando más necesario resulta el priorizar una economía y unos servicios públicos, que muestran un deterioro ya evidente. 

Por ello, la salida de Quim Torra ha sido recibido con esperanza, cuando no alborozo, por muchos, pensando que con él acaba el procés tal y como lo hemos conocido. Una lectura optimista de, especialmente, dos colectivos: el independentismo más racional y el constitucionalismo alejado de la realidad catalana.

Así, para los primeros, esencialmente Esquerra, representa la oportunidad de una victoria holgada que le permita acceder a la presidencia de la Generalitat y, desde ahí, arraigarse como el partido de referencia en Cataluña, iniciando un camino más sereno hacia la independencia. Confían que los votantes valoren su criterio frente a los despropósitos de Puigdemont y los suyos. Por su parte, los constitucionalistas, creen que la caída de Torra conllevará el debilitamiento del independentismo y, de manera natural, todo volverá a su sitio.

Particularmente, no veo así las cosas. Entre otros motivos porque los representantes de Esquerra han sido incapaces de definir un discurso público propio y diferenciado del independentismo más radical. Sorprende la enorme diferencia entre sus opiniones en privado y las que expresan en público pues, llegado el momento de la verdad, no quieren quedar rezagados ante la contundencia de Puigdemont. Así, muchos votantes, ante planteamientos parecidos por parte de Esquerra y Junts per Catalunya, o la nueva formulación política con que acudan a las urnas, optarán por el que consideran President residente en Waterloo, que ha conseguido convertirse en el icono de la causa.

Acerca del constitucionalismo, habría que recordarles que ya creyeron lo mismo tras la caída de Artur Más y, posteriormente, Puigdemont, equivocándose en ambas ocasiones. ¿Por qué ha de ser ahora distinto? Además, desde el catalanismo se acusa a la política española de no haber considerado ninguna salida al conflicto, ni de haber ofrecido ninguna propuesta de mejora del autogobierno. Pero lo que, en mayor medida, impide su lento retorno emocional a España, es la radicalidad y caos en que se ha sumido la vida pública española. ¿A quien puede atraer tal suma de despropósitos?

Finalmente, el sentimiento de rechazo a lo español ha arraigado de manera tan intensa como sorprendente entre una parte notable de la ciudadanía catalana. Muchas de estas personas, llegan a reconocer el sinsentido de la deriva política independentista, y sus consecuencias, ya evidentes, sobre la economía, la vida social e institucional. Pero, llegado el momento, no podrán evitar volver a votar lo mismo que hace un par de años. Esta emotividad explica que mientras cae el porcentaje de catalanes favorable a la independencia, la intención de voto permanece inalterable.

En este contexto, me parece que no nos esperan demasiados cambios. Todo señala que, bajo una u otra composición del Parlament que surja de las elecciones, las corrientes de fondo van a seguir tan intensas como hasta ahora. Una dinámica que, para los que tenemos ya una cierta edad, puede recordarnos el tema que lanzó a la fama a Julio Iglesias en Benidorm. Decía el cantante: “unos que nacen, otros que se van, la vida sigue igual”. Pues eso, la vida seguirá igual.

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¿Quién es... Jordi Alberich?
Jordi Alberich

Es licenciado en Ciencias Empresariales por ESADE. Socio y fundador, en 1988, de M&A Fusiones y Adquisiciones; Asesor general del Círculo de Economía e impulsor de Promoción de Humanidades y Economía, sociedad editora de La Maleta de Portbou.