El diplodocus de Acción Exterior

Guillem Bota
26.04.2021
5 min

A mí lo de Diplocat me ha sonado siempre a diplodocus, que fue el primer nombre de animal prehistórico que me aprendí, supongo que porque salía en los tebeos. El nombre está bien traído, porque se trata --el Diplocat, digo-- de un armatoste gigantesco que cuesta mucho de alimentar. Cuesta dinero de los catalanes, claro, y además, de su utilidad se sabe tanto como de la del diplodocus, es decir, nada en absoluto.

No tendremos los catalanes la suerte de que caiga un meteorito en la tierra y extinga el Diplocat y todos los de su especie, que hace años que nos esquilman unos dineros que nos irían la mar de bien para otros menesteres. Mientras esperamos el meteorito, debemos conformarnos con el Tribunal de Cuentas, que no es lo mismo pero para salir del paso nos vale. El Tribunal ha citado de momento a una veintena de altos cargos de la Generalitat --entre los cuales Artur Mas, Carles Puigdemont y Oriol Junqueras-- para que expliquen, si pueden, las "irregularidades y deficiencias" en la planificación, presupuesto, gestión y ejecución de los recursos destinados a la acción exterior. Sin sorpresa alguna --en Cataluña estamos más que acostumbrados a los tejemanejes de esta banda--, el tribunal denuncia la existencia de gastos para los que no existen justificantes y la realización de actividades fuera de las finalidades establecidas en la ley. Nada nuevo bajo el sol, que a eso se dedican la mayor parte de chiringuitos de la Generalitat lo sabe hasta la portera de Núñez.

El Diplocat es más bien un Tiranosaurus Rex que se traga todo lo que se pone a su alcance y, total, para conseguir que un par de diputados de sendos partidos residuales de alguna remota región europea, acepten hacerse una foto con Puigdemont en el Europarlamento. Uno estaría dispuesto a cantar las bondades del Diplocat si por lo menos hubiera conseguido algún resultado, si en estos momentos, no diré que el mundo fuera un clamor en favor de las pretensiones catalanas, pero por lo menos que algún estado medio serio hubiera llamado por teléfono a Puigdemont, ni que fuera para preguntarle la hora. Es que ni eso. Me parece muy bien que nos gastemos unos dineros que no tenemos en que vivan bien, desperdigados por el mundo, unos cuantos amigos del régimen, pero por lo menos que disimulen un poco, que muestren algún resultado tangible. Es que nos ponen muy difícil a los catalanes disculpar sus correrías. Y más todavía al Tribunal de Cuentas, que no tiene tantos remilgos.

Lo suyo sería que el delegado de, por ejemplo, México --uno de los países donde el diplodocus ha posado sus reales-- hiciera a final de año un balance en el que los catalanes supiéramos cuántas botellas de tequila se han pimplado en la delegación, cuantas excursiones han realizado a las ruinas de Chichén Itzá, cuantos fines de semana han pasado en Acapulco y a cuantos mariachis han alquilado para mejor pasar las aburridas tardes mexicanas. Entonces sí, entonces diríamos, hombre, pues el Diplocat tiene realmente utilidad, quién pudiera enchufarse en una de sus delegaciones. Pero para eso hay que aportar justificantes, claro, y eso es lo que no realizan y lo que con buen criterio quiere penalizar el Tribunal de Cuentas.

Aun así, en cuanto tuve noticia de que el Diplodocus es tan laxo a la hora de presentar cuentas, me faltó tiempo para entrar en su web para colocarme, que no cada día se tiene conocimiento de chollos de tal calibre. Entré en el apartado “Ofertas de trabajo” y, oh sorpresa, una sola frase me dio la bienvenida: En aquests moments no disposem de cap oferta de treball”. Deben de estar todos los puestos reservados para quienes los merecen, o séase, amigos y familiares, que, por si alguien lo ha olvidado, estamos en la Cataluña del procés.

Artículos anteriores
¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Botap

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.