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La difícil tarea de contar la verdad

Andrea Rodés
20.06.2020
9 min

Mala semana para la libertad de prensa. El lunes pasado, la célebre periodista filipina Maria Ressa fue declarada culpable por ciberdifamación, enfrentándose a una pena de entre seis meses y seis años de prisión. Al parecer, Ressa, fundadora y directora del portal de noticias online Rappler, llevaba desde el año 2012 destapando varios escándalos relacionados con el presidente filipino Rodrigo Duterte y los abusos cometidos por éste en su agresiva lucha contra las drogas, así que la “Justicia” filipina ha decidido silenciarla por las malas. “De esta forma estamos redefiniendo lo que va a ser el nuevo mundo, en lo que va a convertirse el periodismo”, declaró Ressa en una rueda de prensa al conocer su veredicto, que las organizaciones de derechos humanos han definido como un revés para la libertad de prensa y la democracia. "¿De verdad vamos a perder la libertad de prensa?”, dijo. 

También el lunes, la reportera de RTVE en Pekín Mavi Doñate reconocía en Twitter que se sentía “agotada, harta, cansada y enfadada de que no nos dejen grabar nada de nada. Allá donde vamos para sacar imágenes acabamos rodeados de 10 policías. Enseñas 20 veces la documentación y te hacen borrar todo… no sabéis lo que cuesta sacar una historia propia”. Doñate se refería a las dificultades que está sufriendo su equipo para informar sobre un nuevo rebrote de coronavirus en un mercado mayorista de Pekín, que ha obligado a confinar varios barrios colindantes y ha provocado largas colas de vecinos para hacerse el test.

No puedo hablar mucho sobre libertad de prensa en Filipinas, uno de los países del mundo más peligrosos para ejercer de periodista (más de 145 reporteros han perdido la vida en los últimos 30 años), según el Comité de Protección de Periodistas (CPJ), pero sí puedo hacerlo de China, donde ejercí de corresponsal durante cuatro años.

En China no hay libertad de prensa. El gobierno central dispone de un sofisticado sistema para intentar controlar toda la información que se publica en el interior del país (prácticamente, todos los medios de comunicación --desde webs de noticias locales a canales de televisión-- están controlados por el Partido comunista y sometidos a altos niveles de censura) y un portal online independiente tan crítico como Rappler hubiera sido cerrado hace tiempo.

Los periodistas extranjeros también están controlados, no tanto la información que publican, sino sus movimientos: para ejercer de corresponsal en China hay que disponer de un visado especial de prensa que te identifica como tal allí donde vayas. Una de las primeras cosas que hará el recepcionista de un hotel chino al registrar tu pasaporte es informar a la policía local de la llegada de un periodista extranjero al pueblo. En el caso de estar en una región políticamente “sensible” como Xinjiang, hogar de la etnia musulmana Uigur, o en cualquier otro municipio donde haya sucedido un acontecimiento “negativo” (una protesta, el derrumbe de un edificio, la contaminación de un río), tu visita puede acabar en que te devuelvan a casa o que te escolten en todo momento, dificultando la tarea de investigar.

En mi caso, tuve suerte. No trabajaba para un medio muy grande, así que les importaba bastante poco lo que yo publicara, y parte de mi estancia coincidió con los años de apertura política previos a los Juegos Olímpicos de Pekín: nos dejaron mover libremente por el país, Facebook no estaba censurado e incluso subsistían algunos medios de comunicación independientes --especialmente en la provincia de Guangdong, donde hablan cantonés, como en Hong Kong-- bastante críticos con el régimen del Partido Comunista. Sin embargo, al finalizar los JJOO, con la llegada de la crisis económica, los disturbios violentos en Xinjiang y, más adelante, un cambio en la cúpula del gobierno, el país dio un paso atrás en cuanto a libertades políticas y de prensa.

Recuerdo mis intentos de fotografiar la plaza de Tiananmen el día 3 de junio de 2009, coincidiendo con el 20 aniversario de la brutal represión militar contra los estudiantes, y ver como de la nada salían policías camuflados de paisano que abrían el paraguas delante de mi cámara para evitar que tomara alguna imagen o hablase con los transeúntes. También recuerdo haber tenido la ocasión de entrevistar al economista Uigur Ilham Tohti en su apartamento de la Universidad de las Minorías Étnicas de Pekín y conversar tranquilamente sobre los problemas de su pueblo. Tohti era un hombre afable, muy culto, deseoso de encontrar una solución dialogada con Pekín para lograr sacar a miles de uigures de la pobreza y reducir el extremismo religioso en la región. Tres años después de que me fuera del país, Tohti fue detenido y condenado a cadena perpetua, acusado de ser un “separatista” uigur, según la prensa oficial china. Se me partió el corazón.

No soy periodista de formación. Estudié Dirección de Empresas e Historia del Arte, y todo lo que sé sobre ética del periodismo me lo han enseñado mis “maestros” particulares o lo aprendí por mi cuenta, documentándome. Pero me quedó clara una cosa: periodismo es no opinar, es informar sobre unos hechos de forma objetiva y, mejor aún, usando un lenguaje claro, ameno y accesible para cualquier tipo de lector, desde el vecino del primero primera que no se entera nunca de nada a un doctorado por Harvard. 

También me quedó claro que el buen periodismo suele molestar: la verdad no suele gustar. Por eso me incomoda ver que en países democráticos como el nuestro, donde se respeta la libertad de prensa, una parte de ésta, sometida a la presión de la inmediatez y el poder del click , se limite muchas veces a retransmitir lo que escuchan en una rueda de prensa, sin verificar lo que les cuentan los políticos o las empresas. Eso no es ser periodista, eso es ser “un publicista mal pagado”, como dijo una vez Risto Mejide.

Por último, entiendo que haya gente que se queje de que la prensa “manipula” según sus intereses, que si hay medios de izquierdas o de derechas… Hay algo de cierto en todo esto. No hay nada más frustrante para un periodista que tener una buena historia y ver como le cambian el titular para que la noticia adopte un “tono” determinado; o que simplemente se la rechacen porque el contenido no se ajusta con la línea editorial del medio para el que colaboran. Una anécdota curiosa: en China trabajaba para un periódico que se definía muy de izquierdas. Al acercarse la Navidad me comentaron que iban a hacer un especial “Navidad entre rejas” y que cada corresponsal debería aportar una historia original de su país. Les comenté que en China la Navidad era poco relevante, porque hay pocos cristianos, pero dijeron que eso daba igual: lo importante era denunciar la falta de libertades. Entonces se me ocurrió proponer varios casos de disidentes encarcelados precisamente por practicar la fe cristiana al margen de la iglesia oficial, controlada por el Partido, y así denunciar que en China no hay libertad de religión. Su respuesta fue: “no, porque somos un diario ateo y de izquierdas”.  

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¿Quién es... Andrea Rodés?
Andrea Rodés

Andrea Rodés (Barcelona, 1979) es periodista y escritora. Licenciada en Administración y Dirección de Empresas por ESADE, amplió sus estudios con un postgrado en Historia del Arte en el Courtauld Institute of Art (Londres) antes de dedicarse al periodismo y la escritura. Fue corresponsal del diario Público en China y ha publicado varios libros de ficción y no ficción en catalán y castellano, entre  ellos: Por China con Palillos (Destino, 2008), El Germà Difícil (La Magrana, RBA 2012) o Cuando se vaya la niebla (Huso Editorial, 2019).