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Días impares

Por eso soy catalán y español, y por eso moriré siéndolo

Roberto Giménez

por Roberto Giménez

01.12.2015
7 min

Quien haya leído mis artículos en Crónica Global tendrá una opinión equivocada de mí, porque sólo hablo del monotema del procés con variantes y giros, pero del procés al fin. Les he de decir que, entre mis miles de artículos publicados a lo largo de mi vida profesional, los referidos al nacionalismo no llegan a un 10%. Los tengo contabilizados gracias al disco duro de mi Mac que conserva todos desde 1987.

El denominador común del buen nacionalista, sea cual sea su bandera, es el orgullo de pertenecer a una nación, y yo no tengo ese orgullo

Si ahora hablo de él, y lo que te rondaré morena, es porque se ha convertido en una pesadilla...

Hace un siglo, el escritor Ramón Gómez de la Serna escribió que todos sus artículos llevaban tinta roja. No porque fuera de izquierdas, sino que empleaba ese color como metáfora de que cuanto escribía le brotaba del corazón y, por lo tanto, la tinta era ya sangre. Sigo el planteamiento del maestro, por eso se me entiende fácilmente. No hago como el turolense Luis Buñuel al que le gustaban las dobles lecturas.

Dicho esto, voy al grano: aunque les haya podido parecer que mi defensa de la unidad de España me encasilla como un nacionalista español, les voy a defraudar. El denominador común del buen nacionalista, sea cual sea su bandera, es el orgullo de pertenecer a una nación, y yo no tengo ese orgullo. Diré más, y que nadie se me enfade por escribir lo que pienso: me parece una necedad [ese orgullo].

Uno puede sentirse orgulloso de algo que ha conseguido por méritos propios: haber acertado al elegir a la pareja de tu vida, formar una buena familia, tener unos estudios que te hayan permitido vivir como un señor, o sensibilidad para apreciar el arte, tener amigos en los momentos difíciles, no sólo en las fiestas; qué sé yo: que tu equipo de toda la vida gane los campeonatos. Ya saben, esas cosas comunes que te da la vida... pero no puedes estar orgulloso de algo que se te ha dado.

Nadie puede estar orgulloso de que le haya tocado el Gordo de Navidad. Estará contento, exultante, pero no orgulloso porque ha sido un golpe de suerte. Nadie elige la familia o la nación que te ha caído en suerte.

Ser catalán y español a la vez me es, con perdón de la comparación, una corona de espinas que de poder elegir no querría llevar

Si se encuentra bien, estará más satisfecho de haber nacido en el primer mundo que no ser un nómada o un paria de la tierra. Puedes haber nacido en el país más maravilloso del mundo, pongamos que hablo de España, y ser un mendigo.

No, no soy un nacionalista porque no me siento orgulloso pues lo que eres no lo has elegido, te lo han dado. Y aún diría otra cosa más: ojala no me sintiera español porque no tendría que padecer por serlo. Ser catalán y español a la vez me es, con perdón de la comparación, una corona de espinas que de poder elegir no querría llevar.

Ni siquiera me sirve la chanza de Albert Boadella explicando que abomina de todo nacionalismo: "Si existiera un nacionalismo que en sus rasgos de diferenciales dijera: somos los más burros de Europa, entonces me parecería un nacionalismo interesante, me caerían simpáticos y, tal vez, me apuntaría, pero ocurre lo contrario".

Como no tengo el sentido del humor de Boadella ni eso puedo decir, pero lo que sí digo, y aunque parezca una paradoja, es que hay pocos españoles como yo: mi familia tuvo que renunciar a todos los bienes que tenía para conservar su nacionalidad.

Hace ochenta años mi familia lo perdió todo por serlo. Y yo no voy a renunciar a esa maldita herencia... Por eso defiendo a España

Mi madre nació en Francia, sus padres eran aragoneses que emigraron al país vecino para ganarse el sustento que España no tenía para sus hijos más pobres. En Francia la familia prosperó. Mi abuelo era el masovero de una extenso viñedo con los propietarios viviendo en la capital: tierras de cultivo fértiles, vides y ganado. Allí nació mi madre y fue a la escuela. Las primeras letras que tiene son las francesas. Se le erizan los pelos cuando oye la Marsellesa. Esos recuerdos infantiles eran de la edad de la felicidad. Hasta que el nacionalismo se interpuso en su vida. El gobierno de la República de Laval aprobó un decreto-ley por el que todas las personas que trabajaban en Francia tenían que tener la nacionalidad francesa. Mi familia podía solicitarla, y se la daban, pero no existía la doble nacionalidad. Tenían que renunciar a la española.

Mi abuelo, que no tenía dónde caerse muerto en España, decidió que no quería renunciar a lo que era, y con un carro y un mulo volvió la familia Gracia Lacruz de Francia en la primavera de 1936, el peor año de la Historia de España. Se instalaron en Lérida con una mano adelante y otra detrás, sin un ápice de orgullo u altivez...

Por eso soy catalán y español, y por eso moriré siéndolo. Hace ochenta años mi familia lo perdió todo por serlo. Y yo no voy a renunciar a esa maldita herencia... Por eso defiendo a España.

España me duele, siempre nos ha dolido.

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