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Días impares

Nos jugamos todo

Roberto Giménez

por Roberto Giménez

19.12.2015
7 min

Conocí a Albert Rivera cuando nadie lo conocía, unos meses antes de ser elegido para el Parlament de Cataluña. No lo conocí porque lo buscara, sino que él me buscó. No fue mérito mío, sino una feliz coincidencia: yo era el director del semanario comarcal que más se vendía en Cataluña, y él vivía en la comarca donde se editaba la revista que dirigía, el Vallés era el nombre popular que tenía.

La dialéctica entre nueva y vieja política es tramposa, tanto como la de los de arriba contra los de abajo. Ni siquiera me convence la distinción tradicional entre izquierda y derechas

El encuentro fue natural y el encaje inmediato. No lo conocía, pero él sí me leía desde que se empezó a interesar por la política. Sobra decir que nos intercambiamos las tarjetas. Hace diez años tenía la misma sonrisa que hoy se ve por televisión. Aún no había aparecido en ese cartel de Adán con el que se presentó en 2006, en las primeras elecciones al Parlament.

Antes de aquellas elecciones tuve dos entrevistas, y después una cena en el 'Mirallet', un restaurante económico cerca de la Porxada de Granollers. Desde entonces, siempre he votado a Ciutadans en las elecciones al Parlament.

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El domingo no tengo claro a quién votaré porque coincido con el presidente del Consejo Editorial de Crónica Global que en su última carta decía que prefería votar a un tecnócrata que a un 'mesías', no es que diga que Rivera lo sea --porque Moreno se refería al gerifalte Mas-- pero sí ha irrumpido, como Pablo Iglesias, como un joven líder carismático.

La dialéctica entre nueva y vieja política es tramposa, tanto como la de los de arriba contra los de abajo. Ni siquiera me convence la distinción tradicional entre izquierda y derechas. Soy de la escuela clásica. Platón decía que los buenos senadores tenían que tener larga experiencia. No entro en la edad porque la República del filósofo, cuando del libro pasó a aplicarse en Siracusa, fue un fracaso, pero sí creo en que hay que elegir a los buenos. Y que lo bueno no sólo es mejor que lo malo sino, como dice el aforismo, es [lo bueno] enemigo de lo mejor. (Digo 'lo' y no 'el' porque no tengo edad para creer en buenos y malos).

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La energía de un político se consume cuando gobierna y mucho más rápidamente si gobierna en malos tiempos (los únicos políticos que aguantan los temporales son nuestros nacionalistas porque tienen la excusa perfecta para tapar su incompetencia: la culpa es de España).

Creo que Rivera se equivoca si cumple lo que ha prometido en campaña: que no votará a Rajoy ni a Sánchez, si alguno de los dos necesita sus votos para alcanzar la mayoría

Sí, el poder consume al político, pero aún lo consume más si, pudiendo gobernar, opta por quedarse esperando en la puerta para que el que gobierna acabe consumiéndose, y es justo que sea así: porque lo que en realidad están consumiendo es el pabilo y la cera de la nación, en espera del milagro que no llega...

Creo que Rivera se equivoca si cumple lo que ha prometido en campaña: que no votará a Rajoy ni a Sánchez, si alguno de los dos necesita sus votos para alcanzar la mayoría. Si con sus votos se cruza de brazos para ver como se consume el presidente del Gobierno, también él se estará quemando. Y hablo de Rivera más que de su partido, porque en este caso el hombre es el partido.

La pregunta del millón, y la planteada por el presidente Francesc Moreno en su última carta: ¿cuál era la mejor opción? Hay que esperar a saber para decidir, pero supongamos que tanto los populares como los socialistas necesitaran a Albert Rivera para formar gobierno.

Si la suma es con Podemos, no hay pacto posible, porque el derecho a la autodeterminación que propone Iglesias va contra el ADN más íntimo de Ciudadanos. Además de ser inaceptable.

Si vota a Rajoy, España puede ir mejor porque obligaría al PP a purgarse, pero, lo siento, yo soy catalán y lo que más me preocupa es acabar con este trabajo de zapa de los separatistas que encarna Mas, y un pacto Rajoy-Rivera sería leído por el gerifalte mayor de España como un ataque radical a todos los catalanes. Sería la bicha de los separatistas.

Estoy convencido de que una alianza del PSOE y Ciudadanos desmovilizaría a una parte del electorado separatista, especialmente los neo, porque el enemigo ya no sería Rajoy

Por el contrario, si el pacto de Rivera fuera con Sánchez, la respuesta separatista tendría la misma cerrazón, pero una parte de los catalanes que votaban a Convergència, la gente de talante moderado que no está encoñada por la locura de su gerifalte, no ven igual al PP que al PSOE, y esto podría relajar la pulsión separatista, especialmente si fuéramos a unas elecciones catalanas en marzo...

Como la política española se parece a una partida de ajedrez, estoy convencido de que una alianza del PSOE y Ciudadanos desmovilizaría a una parte del electorado separatista, especialmente los neo, porque el enemigo ya no sería Rajoy.

Pedro Sánchez no sería otro ZP porque Rivera le daría un zapatazo. Pero ese acuerdo tendría que firmarse cuando Mas hubiera convocado unas nuevas elecciones catalanas, no antes porque un pacto así llevaría a la CUP investir a Mas precisamente por el temor a mi vaticinio.

Este artículo es mera especulación, porque depende tanto del 20D como de lo que los batasunos decidan el 27D. La encrucijada es tan apasionante como peligrosa, porque nos jugamos mucho. Tal vez todo.

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