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Una Diada prietas las filas

Guillem Bota
18.05.2020
5 min

Ya estamos calentando motores para la Diada del 11 de septiembre, que eso es lo importante, y no que los catalanes no dejen de abandonar este valle de lágrimas con los pies por delante. Si algún iluso pensaba que el gobierno y la sociedad civil catalana darían más importancia a los fallecidos o a la crisis económica que se cierne sobre nosotros, que a las reivindicaciones de país, es que no ha vivido aquí ni siquiera un par de días. Esta semana pasada, la ANC adelantaba que prepara una manifestación entre real y virtual, o sea, entre real e imaginaria, lo cual constituye una mejora respecto a las anteriores, imaginarias todas ellas por lo menos en lo que se refiere a sus objetivos. No una manifestación reclamando más recursos para la sanidad, por supuesto que no. No una en favor de los que se están quedando sin trabajo y casi sin comida, ni pensarlo. Una manifestación del 11-S, para reclamar --una vez más-- la independencia, que de eso parece ser que comemos los catalanes, aunque es innegable que unos cuantos sí.

Y el viernes fue el conseller Buch, el de Interior, quien solicitó formalmente que se permitan las manifestaciones, siempre y cuando se lleven a cabo sin pancartas, con mascarilla y guardando los manifestantes entre ellos dos metros de distancia. Buch, ya saben, el que rima con ruc según nos recuerda por aquí Ramón de España --aunque quien más nos lo recuerda es el mismo conseller en sus apariciones--, no aludió ni por asomo a la Diada. Ni falta que le hacía, porque no hay otra manifestación que le importe, ni a él ni a nadie del gobierno catalán. De hecho, ni siquiera imaginan que nadie pueda manifestarse por ninguna otra causa que no sea la de Cataluña. Si el conseller Buch en sus paseos tropieza --Dios no lo quiera-- con una reunión de más de cinco personas y ninguna de ellas ondea una estelada, llama a los Mossos d’Esquadra para que los disuelvan por las buenas o por las malas, a poder ser por las malas, hasta ahí podíamos llegar, circulen, circulen.

Lo de manifestarse el 11 de septiembre guardando dos metros de distancia es una gran idea. Habida cuenta de que cada año disminuye el número de participantes, manteniendo esa distancia de seguridad se dará la sensación de lleno absoluto, sensación que será debidamente amplificada por TV3, con lo que tendremos unos meses más de matraca nacionalista, que de otra forma el otoño se hace largo y aburrido. Si pueden situarse a tres metros unos de otros, mejor todavía. Lo de obligar a llevar mascarilla es una idea si cabe más brillante, aunque yo la sustituiría por una mordaza, para alivio de todos los catalanes que no se prestan al aquelarre y están más que hartos de escuchar los poco originales gritos que se repiten año tras año, in-inde-independencia. Accesorio, el de la mordaza, que en el caso de Buch y su jefe Torra sería conveniente utilizar durante unos cuantos meses posteriores a la manifestación, como medida de protección de la salud. De la salud de los catalanes, digo.

Una Diada sin pancartas y con los manifestantes colocados en filas e hileras se asemejará más a un desfile militar que a una reivindicación civil. Y quizás de eso se trata, ya sería hora que --ni que sea merced a la colocación marcial de los participantes-- se reconozca que de movilización espontánea no tiene nada, y que hay unos generales que la organizan, unos capitanes que la supervisan y unos cabos chusqueros que procuran que todos los reclutas marquen bien el paso. Y prietas las filas.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.