Desobedecer, desacatar y desdecirse

Guillem Bota
07.10.2019
5 min

A algunos les ha sorprendido que la Generalitat haya accedido a retirar los lazos amarillos de los edificios públicos, después de que lo ordenara la Junta Electoral. Les ha sorprendido porque apenas una semana antes, el pleno del Parlament, pomposo y estupendo como sólo sabe ponerse el parlamento catalán, aprobó una resolución -presentada por la CUP- en favor de la desobediencia. Que un gobierno inste a la desobediencia civil ya es raro, habida cuenta de que eso suele ser cosa de ciudadanos, no de administraciones. Pero más raro es que a la hora de la verdad, la desobediencia no alcance ni a mantener unas horitas algún lazo, no sé, por lo menos alguno que quede medio escondido, ni que sea para salvar las apariencias, para poder decir bajito, sin que se entere el juez, «pst, hemos desobedecido un poco».

Todo tiene su explicación. ERC, JxC y la CUP aprobaron desobedecer, pero cada cual en su casa, cosa menos peligrosa puesto que el juez no sabe qué ocurre entre las cuatro paredes del hogar, y si lo supiera, dudo que le importara. Ya hace tiempo que el parlamento catalán no sirve para nada, y puesto que ni legisla ni trata ningún tema sobre el que tenga competencia, no es mala idea utilizarlo para que los diputados dejen clara su postura hogareña. Así, los chicos de la CUP, jóvenes ellos, se limitarán a no arreglar su habitación por más que su mamá se lo ordene, incidiendo en la desobediencia que ya le muestran cada mañana cuando la buena señora insiste con que se arreglen un poco para ir al trabajo, «que luego sales en la tele con esas pintas».

Por su parte, los diputados y diputadas de ERC y JxC, más adultos -por lo menos biológicamente- no bajarán la basura, no levantarán la tapa del inodoro al orinar y se negarán en redondo a fregar los platos, aunque sus cónyuges -quien los tuviere- o sus compañeros de piso se lo supliquen primero y los amenacen más tarde. Desobediencia antes que buena convivencia, y más si se han comprometido a ello en sede parlamentaria. Si una cosa tienen los diputados catalanes, y así lo han demostrado siempre, es ser consecuentes. Ellos no tienen la culpa de que los medios de comunicación y los ciudadanos malinterpretaran su compromiso con la desobediencia, bastante jaleo tienen en casa como para desafiar también a un juez.

La desobediencia a la catalana no es más que desobediencia en la intimidad, allí donde no alcanza el código penal. Por ello son también injustas las críticas a tantos alcaldes que han arriado la estelada del ayuntamiento, a pesar de haberse comprometido a desobedecer. Ignora el común de la gente que esos valientes ediles quizás tienen una estelada colgada en la pared de su dormitorio, donde debería relucir un póster del Barça, de un superhéroe o de una señorita tan ligera de ropa como de cascos. Y ahí seguirá por más quejas que suscite entre los visitantes ocasionales de la habitación, también en el caso de que los hubiere.

No tardaremos mucho en observar más desafíos de esa índole, es decir a la catalana. Será cuando se haga pública la sentencia, puesto que ya ha advertido el gobierno que los catalanes no la acatarán. No acatar una sentencia ajena es lo más fácil que hay, con decir «eso no lo acato» y seguir con tu vida como si nada, está todo resuelto.

-En esta casa no se acata la sentencia, y no se hable más. ¿qué te parece si hoy cenamos fuera y después vamos al cine?

Más difícil lo tendrán los acusados, que para no acatar su propia sentencia condenatoria deberían fugarse de la cárcel. Pero el resto, los catalanes en su conjunto, bien capaces son de no acatarla. A solidarios no hay quien les gane. En su casa, claro.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.

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