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Derroche de paciencia

Pedro Vega
19.10.2020
7 min

Tenemos demasiadas telarañas en el baúl de los recuerdos que nos hacen olvidar cosas que invitan a reflexionar sobre el presente. En la primera legislatura de 1979, superado el periodo constituyente que permitió aprobar la Constitución, la ultraderecha heredera del franquismo puro y duro, obtuvo un solo diputado: Blas Piñar, un notario madrileño que había sido procurador en Cortes y lideró Fuerza Nueva. Treinta años después, en 2019, una formación de tintes que recuerdan tiempos ya remotos, sacaba cincuenta y dos escaños: Vox, que esta semana presenta una moción de censura.

De poco vale pensar que de nada valdrá, dada la imposibilidad de que prospere. Pero conviene preguntarse qué ha pasado para que lleguemos a esta situación. Y recordar que en mayo de 1980, Felipe González presentó también una moción de censura contra Adolfo Suarez (UCD) que, obviamente tampoco prosperó. Sin embargo, pasó algo que ahora volverá a suceder: sirvió como altavoz de elevados decibelios para una alternativa que a no mucho tardar llegaría al gobierno. La alternancia en el poder es una muestra de vitalidad y fortaleza de una democracia que, de otra manera, puede estar herida de muerte. Por más que el resultado no guste a unos pero agrade a otros.

Con toda seguridad, quien más debería reflexionar sobre ello sea el Partido Popular, desvanecido y enredado en la movida madrileña que jamás hubiésemos pensado que fuese esto que ahora vemos. Pero también una izquierda, tal vez inoperante pero real, que pueda ver como una oportunidad hacer un esfuerzo para que la derecha se centre; salvo que su única pretensión sea eternizarse en el poder y evitar cualquier atisbo de alternativa. Siempre hay espacio para el debate y todo se puede pactar. La negociación y el consenso fueron los dos grandes ejes que permitieron diseñar ese Régimen del 78 que ahora permite decir y hacer cuanto les viene en gana incluso a quienes quieren o querrían acabar con él. Sin transacción y componenda, será difícil, por no decir imposible, salir del atolladero de crisis en que nos encontramos. De otra forma, es como ponerse en “modo Pilatos”, como si conmemorásemos cotidianamente el día mundial del lavado de manos.

En estas circunstancias, si resulta complejo entender qué está pasando a quienes más posibilidades tienen de hacerlo, es incomprensible para el común de los mortales, obligado a hacer un cansino derroche de paciencia que se traduce en hartazgo. Este es el caldo de cultivo del hastío y el desinterés, de la aparición de una nueva derecha de corte europeo, lepenista si se quiere, heredera de un franquismo subyacente, centralizadora y jacobina quizá sin saberlo, autoritaria en el fondo. Es lo que se lleva ahora: con ecos en diversos lugares del mundo.

Nos falta memoria y nos sobra visceralidad. Hemos pasado sin solución de continuidad de la llamada memoria histórica a la memoria democrática. Pues bien, historia sí que tenemos, pero nada más, entre otras razones porque nuestra democracia es joven. Recientemente, con el título de Propaganda de guerra y muertos, alguien tan poco sospechoso de franquista como Teo Uriarte, condenado en el Proceso de Burgos de 1970 a pena de muerte después conmutada, advertía de los riesgos de institucionalizar la vieja España del enfrentamiento con eso que se ha llamado memoria democrática. “Los discursos de la memoria histórica, falseadores de la historia, son de una utilidad palpable en la política del presente, aunque su uso tienda a la postre a liquidar la convivencia política por el fomento, precisamente, de la exaltación de una guerra civil”.

Aunque venía del saqueo de Amberes por los Tercios de Flandes a finales del Siglo XVI, en el acervo popular siempre se ha asimilado “la Furia española” al fútbol, incluso con Matías Prats y sus retransmisiones radiofónicas. Pero esa Furia es ahora aplicable sobre todo al Parlamento Español, donde la bronca y el griterío han sustituido a la institucionalidad y el debate legislativo. No están para eso, sino para representarnos. Tratar de seguir un debate del Congreso es ahora un ejercicio de masoquismo insufrible, con demasiada algarabía, estruendo y trifulca. Y sin que falten los improperios.

¿Cómo no va a haber alejamiento ciudadano de la actividad política? Los últimos datos del CIS --desbrozados por Ignacio Varela en El Confidencial-- lo explican: el 40% de los españoles creen que el principal problema que tenemos es la política, con todo lo que representa, por encima de las crisis sanitaria y económica o el paro. Por cierto: ¡flaco favor han hecho a la Monarquía --que a nadie preocupa (0,1%)-- con ese vídeo difundido hace días! Cual si la institución monárquica fuese patrimonio de la derecha. En las presentes circunstancias, gestionar el estado de ánimo del personal es tarea harto compleja. Caminamos de lo concreto a lo difuso, del grito a la distancia. Se nos va el año ya en un suspiro: en dos meses, Navidad. Pese a estar encerrados, el tiempo ha pasado aceleradamente.

¿Y Cataluña? Bien, gracias; como siempre. Según los datos del CIS, la independencia de Cataluña (0,2%) o los nacionalismos apenas preocupan a los españoles como principal problema (0,1%); el Presidente del Parlament anunció que votaremos el día de San Valentín; Ada Colau amenaza con volver a presentarse en 2023 para acabar de descuajaringar la ciudad… Realmente ¡poco bebemos para lo que vemos! Carpe diem, disfrutemos día a día lo que podamos.

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¿Quién es... Pedro Vega?
Pedro Vega

Santander; Aries, mientras los astrólogos no alteran las certezas zodiacales; cosmopolita residente en Barcelona tras pasar por Paris, Bucarest y Madrid. Colaborador de diversos medios informativos, es autor de libros como “Crónica del antifranquismo”. Dedicado desde hace tiempo a la consultoría de comunicación de grandes corporaciones empresariales.