El delito de explicar el ‘procés’

Guillem Bota
12.07.2021
5 min

A fuerza de ver los noticiarios de TV3, uno acaba sintiendo pena por todos los independentistas, hay que ver la mala suerte que tienen o lo poco que los quiere España. O el Estado español, que dicen ellos. Yo mismo, casi acabé convencido de que los pobres condenados a prisión lo fueron por poner unas urnitas de nada en la calle, nada que alguna vez no haya hecho cualquier hijo de vecino en uno de esos domingos aburridos y sin fútbol. Tampoco los que huyeron por patas son unos cobardes de tomo y lomo que dejaron colgados a sus compañeros, de eso nada: a fuerza de repetirlo TV3 ya tengo la completa seguridad de que se largaron porque en España la justicia les tiene manía y en cambio en toda Europa se les ama. O simplemente porque tenían ganas de conocer mundo, y ahora no les apetece regresar.

Hay que tener las ideas muy firmes y las cosas muy claras para ver cada día TV3 y no terminar creyéndose todos esos cuentos. Como último ejemplo, en Cataluña hace pocos días abrían los noticiarios con la noticia de las fianzas que el Tribunal de Cuentas ha impuesto a los cabecillas del procés, al considerar que usaron dinero público para sus fines partidistas. Pues bien, el titular que aparecía bajo la pantalla decía Multas millonarias por explicar el ‘procés’. Frente a un titular como este, el espectador piensa en un pobre hombre, llámese Junqueras, llámese Mas, llámese Puigdemont, que se encontraba en un ágape contando al resto de comensales qué caramba es eso del procés, y en esas que entró un funcionario a entregarle una multa de dos millones de euros por eso, por haberse ido de la lengua a la hora de los postres, hay que ver cómo se las gasta el Estado español, oiga. Ni una palabra de la presunta malversación, ni media de los presuntos millones esquilmados para sus propios intereses. Nada de eso. Las multas millonarias son “por explicar el procés”.

No es que dedicaran millones de euros de todos los catalanes a fines que solamente les interesaban a ellos. No es que los repartieran opacamente según sus particulares criterios. No es que se les hubiera avisado –incluso los mismos letrados del Parlament— de que lo que hacían podría tener exactamente las consecuencias que ha tenido. No, lo que ha ocurrido es que estaban contando a unos amiguetes qué cosa es el procés, y sin comerlo ni beberlo les han caído unas multas millonarias. Así lo cuenta TV3 y así lo creen los que se fían de lo que cuenta TV3, que al parecer todavía quedan algunos.

Igual que fueron muchos los que se creyeron a pies juntillas que las condenas a los líderes separatistas fueron “por poner urnas”, no deben de ser pocos los que en estos momentos están asustados en casa porque un día le contaron por Whatsapp a un conocido de Talavera de la Reina en qué consistía el procés. Si por lo mismo les han caído multas de dos millones a algunos, raro será que no le caigan a él.

-Dolors, no abras la puerta a nadie, que puede ser el cartero con una multa de dos millones, que yo hice lo mismo que Artur Mas.

-Si es que te lo tengo dicho, Jordi, si es que cuando se te calienta la lengua no tienes freno. Burro, más que burro.

Miles de hogares catalanes están en estos instantes cerrados a cal y canto, persianas bajadas, luces apagadas, televisores desenchufados, para evitar así la temida visita de Tribunal de Cuentas. Pánico desatado en todos los domicilios. Y todo, por culpa de TV3, que, con su manía de lavar la cara a los acusados de malversación, ha conseguido asustar a quienes alguna vez hablaron con alguien del procés.

-¿Adónde vas, Dolors? No salgas, que hemos de simular que aquí no vive nadie.

-A casa de mi madre. Desgraciado, que eres un desgraciado.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.